3
Mar

HABÍA UNA VEZ...



Hay un comienzo, un inicio del suceso, una idea que se proyecta sobre tu escritorio sucio (la mesa de la cocina) con virutas de goma de borrar, de tabaco de liar y cenizas.

Te observo, toda la vida igual, mientras enjabono el filtro de la cafetera y las borras de café se meten bajo las uñas ¡Mujercita! me aúllas - dame el olorcito de la inspiración. Ahora de espaldas sigo en la rutinaria labor de la cocina y pongo el artefacto al fuego de gas mientras el agua aún me chorrea por las manos.

Das un golpe contra la mesa y la primera idea se te ha esfumado, toca encender el cigarrillo, pero antes te planto la taza humeante que hueles tan fuerte hasta quedársete humedecidos los orificios nasales ¡Ya sé! vuelves a aullar y con la segunda idea te tragas la primera para hacer un borrón entre los folios manoseados y ahora con una gotita marrón.

Te quito la pequeña porcelana y me bebo el fondo abandonado por la segunda, me siento frente a ti y sigo observándote, levantas tu hocico apretado al no caberle tantas palabras sueltas a la mente y escribes rápido sin poner los ojos en lo que haces, los pones en mí.

Cojo el paño que me cuelga en el lado izquierdo del delantal y te lo paso por la boca, protestas apretando los labios ¡Es magnífico! vociferas entusiasmado. Sé que mi gesto se ha tragado a las dos ideas y ahora es una tercera la que lo engloba, te brillan las pupilas, alucinan.

Me levanto y vuelvo al fregadero, ahora me siento sobre el poyo y juego balanceando los pies que me cuelgan. Te miro atentamente mientras la rapidez del lápiz me impresiona, -será un gran cuento- me digo. La sonrisa se me escapa.

¡Ajá! Lanzas tu pedacito de madera creador de historias sobre la mesa, te levantas de un salto y te diriges hacia mí ¿Ya está? – Te pregunto, pero tú me subes la falda y el delantal, me acaricias los muslos y me contestas: -No, Mujercita, es ahora que vamos a empezar el cuento:

- Había una vez un escritor licántropo en la cocina de un burdel en el bulevar de la 27…

CHAJAIRA 28 de febrero de 2010


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3
Mar

Las mujeres que amó

Alejarse del hogar ya fue todo un logro. La soledad forjó su especial forma de sentir, de creer, siempre en oposición a sus pensamientos. No podía seguir así. Debía descubrir, conquistar, convertirse en el ser ambicioso que hubiera querido aquella madre que murió demasiado pronto entre sus brazos. “Hijo mío, algún día conquistarás a una mujer”. Y ¿cuándo será eso?—Le preguntó. “Tú sabrás cuándo”. Su madre, hermosa como pocas, no había tenido tiempo de educarlo, quizás se precipitó. Sabía que de ella había heredado el cabello rubio y la sonrisa, pero no los ojos. ¿De dónde le venía aquella penetrante mirada de azul intenso? Si hubiera conocido a su padre, seguramente éste le habría dicho aquello de que las mujeres son engañosas y falsas, y se lo habría creído.

Le tiraba la piel, tenía frío. El sol estaba levantándose. Agradeció la llegada de tan cálido aliado.
Una noche en vela dando vueltas a su deseo le animó. Apareció a tientas por la esquina de la casa. Desde el quicio de la ventana, el humeante pastel dejaba escapar su aroma en dirección a sus pasos. Lo tomó presto, era su primera conquista.
Vociferando, aquella mujer salió buscando al ladronzuelo. ¿Gruñía? ¿Qué extraño lenguaje era ese? Le recordó a su madre. Los ojos azules eran la señal que estaba buscando.

Lo había tramado minuciosamente. La llevaría a casa, más adelante ya pensarían en mudarse. Aunque él era reacio a abandonarlo todo.
Apenas sintió el tacto frío y escamoso alrededor de su tobillo, se desmayó. La tomó en brazos, ya podía regresar. Sintió alivio al notar el húmedo fango bajo sus pies. Poco a poco se fue adentrando en la ciénaga. Tenía ganas de despertarla, de enseñarle todas sus cosas, de explicarle la razón de su conquista, de su necesidad.

El agua del pantano no llegaba nunca a calentarse, el sol con dificultad apenas si alcanzaba el fondo. El frío húmedo pudo más que la impresión, y despertó.
Miró el tímido pero aparentemente complacido rostro de aquel monstruo rubio, sin comprenderlo, antes de gritar y convulsionarse desesperadamente. Los decepcionados ojos de un azul intenso de la bestia se desdibujaron del reflejo del agua cuando se sumergió con ella entre sus brazos.
En el fondo pantanoso de la ciénaga ahora descansa la bestia junto al los restos de las dos única mujeres que ha amado.

CRSignes 060209


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3
Mar

La habitación de los clavos. De Fledermaus

Notaba las sacudidas del corazón en el pecho y en la garganta. Como oleadas de un océano enfurecido. Y la boca seca, y una necesidad de ir al baño que podía devenir en vital. Eran las doce del mediodía. Estaba en la que fue mi casa. En la que fue mi habitación. Algo había arrancado el papel de la pared, en una esquina, abajo, a la izquierda de la ventana. Alguien había estado clavando clavos en esa esquina hasta la extenuación. Clavos. Viejos, oxidados, casi negros. Clavados en la pared, en la esquina. Decenas. Centenares, puede que mil. Estaba lúcido, no soñaba, y oía el murmullo de la calle.
¿Qué ser ofuscado podía haber hecho aquello? Ni rastro de puertas o ventanas forzadas. Sólo la llamada hacía unos días de una vecina. “Se oyen ruidos en su casa”. Ruidos. Esperaba encontrar polvo, moho, hasta musgo. Había esperado encontrar una estantería caída, una mesa rota por el peso de artilugios abandonados encima, y encontré clavos clavados en una esquina de mi habitación.
Y ante los clavos, en el suelo de la que fue mi habitación, una silueta. Humana. No era algo pintado, era rugoso, algo pegajoso que se había quedado seco.
Intentaba evitar extrapolar una hipótesis, porque la idea que acudía a mi mente era que alguien había sido quemado allí.

Fledermaus 22/09/06


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