16
Ago

NO HAY DESPEDIDA



Hace algún tiempo puse aquí un texto titulado “Confidencias” donde una vez tuve una despedida interrumpida, suceso que me valió para ser capaz de soportar la enfermedad y la muerte, ambas caprichosas, antojosas y malcriadas; te vacilan, te sacuden, te sumen en la confusión y aprendes a ser guerrera de lo inesperado.

Junto a él me era fácil ser valiente, con su dolor era capaz de ignorar el mío, con las lágrimas que le vi derramar agotado en su sufrimiento hacía que las mías sólo fueran agua salada. Demasiadas noches y días tuvimos que pasar por aquellos pasillos y cubículos de vampiros blancos, rojo y blanco, dolor y descanso, pero al final estaba la alegría de volver a casa, la ironía de jugar con los sucesos haciendo juegos de palabras, tramar alguna pillería para aquel cuerpo en el que mandaba su alma… y allí estaría mamá con sus suspiritos y sonrisa perpetua aún estuviera pendida de un frágil hilo y, yo, derechita a la cocina a poner aromas de café mientras Juan le inventaba un mundo divertido repleto de pecados, para terminar, en el abrazo de mi pequeña asustada y recordarme que además de ser hija era madre.

Mas llegó el día en el que no me esperaste, decidiste marcharte sin despedida, sólo un pequeño gesto al tocar tus manos heladas cuando unas máquinas te obligaban a permanecer. Me dejaste la peor parte del último aliento inconsciente, lo hiciste así porque sabías que la Pilichi aguantaría, siempre lo hace… pero que sepas, que me has destrozado el corazón, que me has roto en trocitos que iré recogiendo como siempre, sin que nadie se dé cuenta, porque a pesar de mi dolor, ya nos hemos dicho, muchas veces –sin decir- lo mucho que nos queremos.

No se te olvide en mis sueños, enviarme dibujitos y versos.

Carmen Expósito 11 de agosto de 2010

free b2evolution skin
10
Abr

Confidencias





Un día cualquiera de mis doce años, una madrugada cualquiera y una ambulancia cualquiera se llevó a mi padre al hospital.
Después de escuchar a mi madre volver cada mañana llorando me dijo:

- Arréglate que vas a ir conmigo.

No hubo más palabras, no me cogió la mano en la guagua ni tampoco al cruzar la calle, ni al entrar por la puerta bulliciosa del cuartel de la enfermedad. La seguía con el terror más grande que nunca había sentido. Aquella imagen de mujer de mediana edad, erguida y de mirada perdida para siempre, se clavaba en mi interior de infante que iba a crecer de golpe.
Atravesamos una sala que ponía en grande y de color rojo “U.V.I., ENTRADA RESTRINGIDA”, al fondo una puerta, un cubículo donde apenas cabía una cama, estaba mi padre conectado a una cantidad innumerables de cables en su pecho y cabeza, sus brazos y manos acribilladas de agujas y mangueras:

- Entra a ver a tu padre.
- No quiero mamá
- Debes hacerlo.
- Pero no quiero verle así, mamá.
- Debes hacerlo ahora, quizás sea la última vez que lo hagas, despídete de él.

Me miró reteniendo toda la angustia que supone a una mujer enamorada y madre entregada. Sabía que si no me obligaba a pasar aquel mal trago, cuando creciera no se lo hubiera perdonado.

- Debes entrar sola, no permiten sino una sola persona y no estarás más de cinco minuto. Papá igual no te contesta bien, ha sufrido una embolia cerebral incluso puede que no te reconozca.

Ni siquiera respiré, comprendí que era algo importante, tenía que hacerlo, ahora pude verle bien entre aquellos artilugios, le di un beso en la mejilla con miedo a hacerle daño al tocar cualquiera de aquellas mangueras:

- Hola papá.

Sus ojos verdes se abrieron como jamás los he vuelto a ver, en todo su esplendor, no llevaba la muerte en ellos sino luz, toda la luz de la inmensidad en aquellos ojos:

- Pilichina (me dijo con un amago de sonrisa, me había reconocido. Intenté contener una lágrima)

No dijimos nada más y si hubo algo más no me acuerdo, fueron los cinco minutos más largos de mi vida, tanto que no pude acabarlos, me levanté de aquella banqueta que se había puesto a su lado como el asiento del adiós, le volví a besar:

- Ya he de irme.
- No te vayas mi niña (con su brazo velludo me agarró con fuerzas la mano).
- No me dejan estar más tiempo, ahora entra mamá.
- Está bien, hasta luego entonces.

Fue la primera vez que sentí que mi padre me quería, no reconoció a nadie más que a mí. Mi padre se escapó de esa y aún sigue luchando a sus ochenta y un años enfrentado otras enfermedades que pueden ser igual de mortales.
Ahora para decirnos que nos queremos no usamos las palabras, solo nos miramos durante unos segundo fijamente. Sus ojos verdes se han empequeñecido y cegado pero miran con el mismo amor de siempre.


Chajaira

free b2evolution skin
free blog themes