30
Mar

Maloras


Terminó la hora de la comida. El último comensal ayuda a levantar los platos y llevarlos al fregadero donde la nana ya los espera para dejarlos relucientes.

Con natural desenfado, los “grandes” empiezan con una tanda de bostezos y lagrimeos por el sueño que se siente después de un buen almuerzo. Despistadamente cada uno se retira a sus habitaciones a tomar una siestecita; unos minutitos dicen para hacer mejor la digestión.

El ruido del chorro del agua cesa, lo cual indica que nana es la siguiente en ir a dormir. La casa se viste de quietud y como actores de película muda, los chiquillos salen sigilosos hasta el patio.

Es pleno meridiano. Hace tremendo calor y el sol se ha ocultado tras las nubes que anuncian la borrasca. Clima ideal para juegos y andanzas de niños.

Una pelota panzona aparece en escena y empieza dar botes y rebotes por los adoquines del traspatio. Risas y algarabías van desplazando al silencio. Un cometa se alza sobre el cielo ayudado por el viento y acaba en agonía enredado en un cable de electricidad. Otra vez la pelotota rebota contra bardas tumbando macetas y alguno que otro ladrillo suelto.

Las miradas de complicidad y temor se acompañan con un silente momento. Los chicos retienen la respiración esperando ver aparecer en cualquier instante a alguno de los “grandes” para reprenderlos por lo sucedido y por el ruido que hacen. Nadie aparece. Con un suspiro de alivio reanudan la diversión.

Pero un minuto después, escuchan un grito:
- ¡Maloras! Siempre tienen que andar con sus travesuras a deshoras. ¿Que no pueden dormir un rato?

Todos los pequeños corren disparados a diferentes lugares de la casa. Entre risas cortadas por la falta de aliento comentan:
- ¡Nos pilló la nana otra vez!
- Hay que tener mas cuidado.
- Tú tiraste las plantas.
- Pero tu gritabas más fuerte…..

Así se va otra tarde dando paso a una negra noche. Ya las malas horas pasaron y los “maloras” reposan tranquilos esperando el regalo de un nuevo día.

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17
Mar

Virulongo y Virusillo


Ya había languidecido la tarde y el sol aun vigente, con bostezos se despedía del día. Dentro de la casa de la familia Cornejo Conejo, el pequeño Nando también bostezaba y se rendía sin remedio a un extraño sopor que se apoderaba de su cuerpo.

-Parece tener fiebre. –dijo mamá coneja. –Habrá que llamar al galeno. ¡Pronto a por él! –Indicó a papá conejo que apresurado dejó la casa para ir en busca del médico.

Al poco rato llamaron a la puerta. Un extraño personaje esperaba en el umbral. Una rana enana color verde olivo, con batín blanco y lentes que se sostenía quien sabe como de su cabeza ya que no presentaba ni orejas, ni nariz.

-Soy el doctor Saltón Tom, he venido a reconocer al enfermo.

-Pase, doctor, al final del salón.

El galeno llegó de tres saltos hasta la cama donde yacía Nando el conejito, con la cara roja y los ojos llorosos, y de inmediato comenzó con su examinación.

Con sutileza, tocaba a Nando midiendo con un raro artilugio quien sabe cuántas cosas. Y se asombraba de pronto con los resultados, y sus ojos se abrían como platos.

-Tss, Tss. Esto no está nada bien. –Repetía después de un par de chasquidos con la lengua. –Creo saber que es lo que tiene el pequeño.

-¿Qué es lo que le pasa?- Dijeron al unísono mamá coneja y papá que recién llegaba.

-Los síntomas son inequívocos de que ha sido afectado por un par de virus. Los llaman Virulongo y Virusillo. Van por ahí infectando niños con sus malvadas mañas. Lo hacen para robarles su energía que después ellos comercian en lúgubres mercados negros de otras tierras.

¡Canallas! ¡Cobardes! -Gritaban los padres conejos. -¿Qué podemos hacer?- Dijo mamá con preocupación.

-Tengo el remedio aquí mismo. – Diciendo esto, sacó de su maleta varios frascos de cristal de colores vistosos. Le dio al conejito Nando una dosis de un líquido rojo, otra de un líquido azul, y una pastillita de sueños. - Mañana estará mejor.- Concluyó.

Siguieron al doctor Saltón Tom hasta la entrada, que antes de irse, les recomendó cerrar bien puertas y ventanas y no exponer a conejito. Los granujas virus todavía andan por ahí sin recibir su merecido.

Le pagaron con dos terroncitos de azúcar y se alejó dando saltitos.

Detrás de unos árboles torcidos, Virulongo y Virusillo, miraban perplejos como se les escapaba de las manos otro chiquillo.

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8
Mar

Clarisa, la vaca blanca.

En un ranchito alejado del pueblo, y situado detrás de un hermoso y verde valle, vive un personaje especial. Se trata de una vaca, Clarisa. Una vaca totalmente color blanco. Y eso la tenía tan deprimida que ni leche podía dar. Pero, le sucedió algo que le cambió la vida para siempre.

Un día, después de una mañana esplendorosa, unos nubarrones empezaron a cubrir el cielo del valle. El ranchero preocupado por sus animales de la granja, dejó el apero tirado y despavorido corrió a meter al granero a sus tres cerditos, seis gallinas, un burro, dos caballos y a su vaca blanca.

Llovía y llovía sin parar. Los truenos y relámpagos tenían asustados a todos los animales, menos a uno, a la vaquita. Clarisa se sentía de lo más contenta con el aguacero, tanto que decidió salir y mojarse en la lluvia.

Caminaba calmosa por el arrecife cerca del río, donde ya se sentía un lodazal. Se entretuvo mordisqueando una planta de laurel cuando de pronto una enorme luz cayó dentro del río.

Extrañada, se acercó y observó. Del agua, emergía un extraño ser color verde. Envuelto en un resplandor se acercó a Clarisa y le habló:
-Hola vaca, veo que no me temes. Soy habitante del Asteroide Castalia, y he venido a buscar un cometa que se desprendió de mi hogar. ¿Me podrías ayudar?

Clarisa pestañeaba incrédula, sin prejuicios, recordó donde había visto un cometa. Llevó al extraño hasta un monte alto y le señaló el lugar. En una cerca de alambre, un cometa colgaba atrapado. El ser verde, flotó hasta el cometa, lo liberó, y lo vio alejarse entre la lluvia más allá de las nubes. El cometa emitía cientos de colores mientras subía.

El hombrecillo agradecido, le otorgó un regalo a Clarisa y desapareció. Desde aquella tarde de lluvia, Clarisa pasea feliz por el campo mostrando a todos sus grandes manchas color negro. Ahora, es una vaca pinta como todas las demás vacas de la región. Y es la mejor produciendo leche.

Lo curioso de este caso, es que la vaca, sigue siendo color blanco. El hombrecillo verde le regaló tres mágicas palabras: “confía en ti”.

Clarisa sabe que es blanca, pero ahora ella comprende que ser diferente no es malo, y que puede ser igual o mejor que cualquiera. Ahora ella sabe, que los demás verán de ti, lo que tú quieres que vean.

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8
Mar

Cuando no estas

Tu camita se quedó sola,
la almohada reclama y se queja
buscando tus mejillas de sol
Pero no te siente, solloza y llora

Tus cochecitos no ronronean
Callaron los motores invisibles
Porque ya no hay nadie
Con quien jugar carreras, ya no roncan

El oso de peluche mira el vacío
Sus ojos negros no brillan
Tu abrazo está lejos, no existe
Y tan solo lo abraza el hastío

Y en medio de tu habitación
Espero ansiosa tu regreso
Añorando entre lagrimas
Tu sonrisa alegre
Tus ojos bellos como estrellas
Tus manitas suaves como nubes
Y tus palabras que como gotitas
Inundan mi corazón:
Mami te quiero

Cuando tu no estas
Siento que no tengo un cielo

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5
Mar

Chiquitín


Cinco amigos se creían olvidados por el tiempo, pero un día, los descubrieron y pasaron de ser cacharros empolvados, a las más vistosas, deslumbrantes y coloridas aeronaves que jamás hayan volado.

Cinco hermanos, heredaron de su abuelo un almacén donde éste guardaba desde hacía años, cinco modelos de aeroplanos. Los jóvenes quedaron encantados con el hallazgo y se dieron a la tarea de remodelarlos.

Una mañana, el sol se despertó con el rugir de los motores de las avionetas. Una a una, surcaban el cielo rasgando las nubes con sus grandes alas. Rojo, batía sus alerones brillantes, seguido por Azul dando volteretas y mostrando orgulloso sus dos franjas color blanco. Amarillo, volaba junto a Cometa, ligeros se dejaban acurrucar entre el viento. Por último, se elevaba Chiquitín, el avión mas pequeño de los cinco. A este le costaba mas trabajo mantenerse en el aire, así que su piloto, solo lo subía por unos minutos y después lo aterrizaba con cuidado.

Chiquitín, sentía tristeza porque sus amigos eran grandes y poderosos, mientras que el a pesar de haber sido reparado, todavía tenía secuelas de aquella terrible guerra donde apenas se salvó. Para colmo, era objeto de las burlas de Rojo que se sabía el mejor de todos.

Después que fueron regresados a su andén, Rojo no paraba de hablar de lo maravilloso que era volar mas allá de las nubes, algo que solo el podía hacer y miraba con lástima al pequeño avioncito que en un rincón se despachurraba con su pena.

La noche llegó silenciosa, todos dormían placidamente. Todos menos uno. Chiquitín salió sin hacer ruido. Se acurrucó entre la hierba y miró al cielo. Sumido en su tristeza, miró de pronto cientos de destellos que se aproximaban. Eran perseidas casi transparentes que revoloteaban a su alrededor. Con sus ojos suplicantes, pidió un deseo.

Al siguiente día, Chiquitín recordaba su deseo; pensó que había sido un sueño. Pero aún así, sentía unas inmensas ganas de salir y volar.

No esperó a su piloto, abrió el portón y corrió hasta elevarse. Poco a poco empezó a deslizarse por el azulado infinito. Fue inevitable sonreír y suspirar al sentir el aire acariciando su fuselaje. Chiquitín nunca se sintió más feliz. Ese día se convenció de que los sueños no son efímeros, que siempre se pueden hacer realidad si se desean con todo el corazón.

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