Un extraño problema

Esta es una historia que sucedió en mi casa, pero que pudo haber sucedido en cualquiera y más específicamente en un lugar especial del dormitorio: el closet.
El asunto comenzó una mañana en que estaba preparándome para salir. Ya con el atuendo elegido y bien puesto, me detuve frente al closet para sacar mis zapatos y ahí me llevé una gran sorpresa.
Mi único par de zapatos consiste en un par color negro de piel de ternero que me acomodan perfecto en mis pies. Cuando estiré la mano para alcanzar uno -cualquiera de los dos -sentí un ligero puntapié en la pierna.
Se trataba del zapato derecho que indignado daba muestras de no estar de acuerdo con que me pusiera primero al zapato izquierdo. Lo bajé sin pensarlo mucho extrañado por la situación y entonces fue que el zapato izquierdo arremetió contra mis callos pisoteándome sin piedad para que soltara al zapato derecho.


Y ni uno, ni el otro me dejaban calzarlos y tuve que rendirme después de un buen rato de luchar contra esos dos que al parecer habían enloquecido.
Entonces opté por vestir otro par de calcetines - no sin antes cerciorarme que estos no pelearan también entre sí - y dejé a los hermosos zapatos negros refunfuñando en el closet castigados sin salir y me fui descalzo a mi cita.
Antes de marcharme les recomendé que pensaran en su mal comportamiento y que solucionaran su pequeño problema: ninguno es más importante que el otro, al final, los dos irán siempre al mismo lugar.

Goloso

Idea original: Armando
Existió una vez un niño al que todos llamaban Goloso. Goloso era un buen chico, pero cuando se trataba de golosinas se volvía poco más que demente por tenerlas. Peleaba con otros niños y hasta mentía a sus padres para obtener los suculentos dulces.

Pero su fascinación eran los helados. Simplemente no podía resistirse y se metía en muchos líos por causa de su adicción.

Una vez, estaba sentado en la plaza con sus amigos pasando la tarde con amenas pláticas y juegos, cuando el señor Benito apareció con su carreta de helados y paletas de fruta. Ya sabían todos lo que pasaría; Goloso se volvería loco y querría comerse todos los productos del carrito sin importarle nada ni nadie.

Pero ya el señor Benito estaba advertido y no le vendió, ni le regaló nada, solo se fue de largo y Goloso se quedó algo pasmado.

Esa noche deliró con fiebres por la falta del dulce y pidió con tanto afán en sus sueños ser el dueño del cono de helado más grande del mundo; uno que nunca terminara.

Al siguiente día, fuera de su casa lo esperaba un nuevo vendedor de helados y le ofreció uno de regalo. ¡Goloso aceptó encantado!

Sostuvo en su mano un barquillo de chocolate. La primera bola de helado fue de vainilla. Luego una de pistacho, Otra de menta, Fresa, mango, chocolate con chispas de colores. Café, moca, cereza, miel, y hasta algunos sabores exóticos, como camarón con piquín y pechuga de pato.

Una tras otra las bolas de helado se fueron apilando hacia arriba. Una línea infinita se perdió después de varios metros hacia el infinito. Atravesó nubes y el cielo azul hacia el espacio.

Goloso no cabía de la emoción; su sueño vuelto realidad. Y mientras más pensaba en alguno otro sabor, más helados aparecían. Pero después de varios días se fastidió de tanto comer lo mismo y su panza era como una gran pelota a punto de explotar.

Quiso deshacerse del helado y no pudo. Trató por todos los medios, pero no lo consiguió. Y desde aquel día, el pobre Goloso no come otra cosa que helados de distintos sabores y a todas pares donde va, lleva su barquillo en la mano con una torre de helados que llegan más allá del cielo.