30
Abr

En el desván

En la parte más alta de la casa, en un cuartucho diminuto donde apenas llegan unos cuantos rayos de sol por las desvencijadas rendijas de una ventana, dejaron olvidado a Simón.

Simón fue el mejor amigo de Patty, la pequeña pelirroja de cara pecosa que lo cuido por poco mas de diez años.

Pero Patty creció. Ahora no tiene tiempo para Simón. Ella se pinta las uñas, habla todo el día por teléfono, hojea revistas con sus amigas, y duerme abrazada a un nuevo y esponjado oso que llama Tito en honor del joven que se lo regaló.

Simón lleva tres días acurrucado en un rincón del desván. Le asusta la oscuridad. Se cubre la cara con sus manitas de trapo para no ver las sombras que danzan a su alrededor. Se le han hinchado los ojitos de tanto llorar y las mejillas se le han puesto blandas por tanto mojarse con las lágrimas.

La cuarta noche sintió que alguien lo observaba desde la penumbra.
- ¿Quien está ahí? – preguntó Simón con voz temblorosa.

- ¡Un cachivache! -Contestó una voz.

- ¡Acá otro cachivache! -Dijo una voz mas entre risitas de complicidad.

Simón extrañado se acercó al lugar de donde venían las voces. Para su sorpresa se encontró una muñeca rota del torso y una zapatilla de ballet bastante desgastada que le saludaban sonrientes.

Eran cachivaches, esperpentos abandonados. Ya no servían, eran inútiles. Allende de que los niños habían dejado de ser niños y nos les importaban mas. Como muestra de compasión, los arrumbaban en el desván por no tener corazón para tirarlos a la basura.

Desde aquel día Simón dejó de sentirse solo y triste. A sus nuevas amigas la muñeca rota y la zapatilla rosada, se les unieron una lámpara descompuesta, una escoba maltratada, una pelota desinflada y un patín sin ruedas. Todos eran cachivaches. Todos tenían algo en común, eran viejos y no servían. Pero para ellos la vida empezaba apenas en el desván. Sin clausuras empezaban a ser ellos mismos, sin reservas, sin miedos. Durante el día permanecían quietos y en silencio, pero las noches las convertían en tramas llenas de música y poesía. Eran artistas de su propia vida. Las arañas tejían grandes telones de seda y las luciérnagas alumbraban el escenario con sus panzas. Los grillos tocaban sus violines y la luna sonreía contenta mirando por la ventana.

Todo es verdad… ¿has visto cachivaches en tu desván?

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26
Abr

Hoy juguemos a:

Los Encantados


Ya casi dan las siete de la tarde. Mis hermanos y yo tratamos de terminar la inmensa torta de frijoles con queso que nos sirvió nuestra Nana. Está apurada de que terminemos de cenar porque dice que hoy cumple aniversario la telenovela Rina, y no se quiere ir a verla sin levantar los platos.

Por fin, después de apurar la comida con la leche, salimos con las panzas infladas al porche de la casa. En un rato más se acercaran los otros vecinos para comenzar a jugar.

Cuando nos sentimos más livianos, salimos corriendo rumbo al poste de luz que está a media cuadra. Mamá nos grita desde la sala que regresemos temprano, antes de las nueve. Seguimos apresurados al encuentro de los amigos y asentimos con la cabeza las palabras de mamá como si nos estuviera viendo.

Ya en el punto de reunión de cada noche, alguien sugiere que juguemos a los “encantados”. Todos de acuerdo, esperamos unos minutos para ver quien llega tarde. El último en unirse al grupo, será el primer castigado y la hará de “encantador” hasta que otro lo suceda.

Entre la bruma aparece Memela, la chica pecosa de la casa de enfrente. Llega agitada y con cara de angustia diciendo que por poco y no la dejan salir. Resultó que no había terminado la tarea.

Estamos todos listos para empezar. Nos colocamos alrededor de Memela mientras ella cuenta hasta treinta. Ya cerca del final del conteo, todos salimos corriendo disparados a diferentes lugares. Ella tendrá que acaparar a alguno de nosotros y tocarlo gritando “encantado”. El susodicho no se podrá mover, al menos que llegue un compañero y lo toque de nuevo gritando “desencantado”.

Si Memela acumula a tres encantados, entonces ella se libra del castigo y ahora le tocará turno al primero que encantó.

Bueno, es algo raro concatenar quien empezó y todo eso a medio juego y después de corretear por más de una hora, pero siempre nos divertimos mucho.

Lo que más fastidia, es que la señora de la esquina, la mamá de Saúl, siempre le está gritando para que regrese a casa. La doñita es medio puritana y dice que andar en la calle a estas horas es de vagos. Cual vagos? Si solo somos niños jugando. Seguro la pobre mujer vive en otra dimensión.

-Encantada!-

Oh, por estar aquí platicando, ya me encantaron. Bueno, mientras espero que alguien llegue a salvarme, pensaré que juego haremos mañana.

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