6
Nov

Una tarde cualquiera de verano

Desde la ventanilla los ojos de Rebeca se perdían en las manchas blanquecinas que iluminaban el monótono color de la pradera. Había comenzado a llover y los rebaños parecían huir en estampida en busca del abrigo de los árboles ante el envite de las gotas que caían con fuerza. Le hubiera gustado que el tren se detuviese en aquel momento, bajarse y jugar con ellos pero Adela le sujetaba fuertemente la mano.
—Rebeca dale esto al señor que nos lo está pidiendo.
Con timidez levantó la mirada. Le sorprendió el uniforme. Sobre todo aquella gorra que Paco no dudó en ponerle a la pequeña, ella se echó para atrás y abrazó con fuerza a su muñeca.
Sin mediar palabra y en vista del gesto de rechazo se lo calzó de nuevo y picó los billetes sin perder la sonrisa.
Unos pasos más y se encontró a Pepe que estaba más entretenido en las cuentas y los problemas de su libreta que en atender la demanda del pasaje.
—Ejem,… El billete por fa… —antes de poder terminar su frase se lo entregó, después de punzarlo lo dejó sobre el regazo del pasajero que no tenía ninguna intención de recogerlo.
Refunfuñando se dirigió hasta el final de la fila. Demasiados asientos para tan poca gente, pensó. Le hubiera gustado remodelarlo todo, concentrarlos en un mismo punto, pero no le daba tiempo, además Luís parecía reclamarle, como si tuviese miedo de arribar a su destino antes de ver su ticket revisado. Levantado y con la mano estirada, impaciente, incluso forcejeó con Paco.
—¡Démelo!
Ofendido Paco tuvo que reprimir empujar a Luís. Siempre hacía lo mismo. Nunca estaba conforme con nada. Era el más pequeño y le fastidiaba que nadie le dijera nunca nada, salirse con la suya, que no se lo consintieran todo.
Manuel apareció como intuyendo los problemas, venía tambaleándose entre la fila de asientos y paró justo enfrente de los dos al mismo tiempo en que Rebeca se había levantado y acercado hasta ellos.
—¿Puedo ir a la baño? —Miraba de reojo a Adela.
—Sigue hasta llegar al final, y en el otro vagón la primera puerta a la derecha.
Rebeca corrió sintiéndose liberada, de camino y sin soltar su muñeca se iba sentando en todos los asientos vacíos.
Paco tenía claro que el juego había terminado, se quitó la gorra y la chaqueta con rabia. La voz de Luís, que parecía ajeno a lo que acababa de hacer le devolvió a lo que estaban haciendo.
—Revisor ¿a qué hora llegamos a nuestro destino?
—Ya mismo —afirmó mientras posaba su disfraz en una silla.
—No —intervino Manuel que después de quitarse la chaqueta y la gorra que llevaba se colocó las de su hermano mientras con la mirada le recriminaba su acción. —Falta media hora señor —aseguró —siga con lo que estaba haciendo y disfrute de lo que queda de viaje.
Paco salió del cuarto cruzándose con Rebeca que importunaba con su juego de sillas vacías.
—Vaya, vaya con el señoritingo. Anda vete Paco, y no vuelvas, no te necesitamos para nada.
—Tú te callas Luís, siempre haces lo posible para disgustar a Paquito y fastidiar los juegos.
—No se ha estropeado Manuel, ahora tú eres el revisor lo que quiere decir es que lo que necesitamos es un maquinista. ¡Lo haré yo!
—Eso era lo que querías ¿no? —Adela, incluso Pepe, que dejó sus cálculos por un momento, asintieron ante la afirmación de Manuel.
—Sí —aseveró mientras se ponía el disfraz de maquinista. —Y ahora terminemos la ruta. Una cosa, ¿qué os parece si el tren descarrila? Con tirar las sillas…
—¡No! —contestó Manuel.
—Pues podríamos ser víctimas de un asalto… como en las pelis de vaqueros. ¡Me pido forajido! —Canturreó.
—Pero ¿no eres el maquinista? —Parecían todos sorprendidos.
—¡A cenar!
El tren había llegado a su destino. Pronto anochecería. Colocaron las sillas en su sitio, despegaron la estampa campestre de la ventana del departamento, tomaron a la pequeña Rebeca de la mano que se afanó en recoger su muñeca, apilaron las libretas de ejercicios de Pepe, y una vez desprovistos de los disfraces salieron de la habitación. Aquel verano estaba resultando tan divertido como habían soñado.

Carmen Rosa Signes Urrea (2011)

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4
Ago

Cercanías

E
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29
Abr

El cuadrilátero

Al encenderse la potente luz de los focos, vimos aquel cuadrilátero viejo testigo de encarnizadas peleas marcadas por el amor al deporte y por la obligatoria presencia de las apuestas. Mudo testigo de grandes glorias: Kid Chocolate y Stevenson, entre otros destacados contendientes, bailaron sobre su lona.
Al subir pudimos sentir el vibrar de unas cuerdas que amortiguaron el empuje de unos besos como en su día lo hicieran con los golpes certeros de vencedores y vencidos.
Desde lo alto de aquel espacio, observé algo que hasta ese momento me había pasado desapercibido, entre la penumbra de un rincón vi tres sillas alineadas que soportaban el cuerpo recogido de un anciano que parecía dormitar. En la discreción de su anonimato miraba en silencio nuestros ridículos pasos, juguetones y atolondrados, que mancillaban la memoria de su valioso legado. Marcado por la edad y por incansables horas de gimnasio, de duro entrenamiento, se podía imaginar sobre él un pasado lleno de triunfos, que posiblemente concluiría en el mismo lugar en el que comenzó.
Me impresionó sobremanera aquel encuentro. Y apenas sin mirarle, recelando por si una mueca de comprensible desprecio pudiera salir de su mirada, al temer que nuestro inocente juego de enamorados sobre aquella plataforma que significaba y comprendía toda su vida le hubiese provocado, partimos avergonzados con la certeza de su discreto parecer.

CRSignes 2003

Publicado en Cuba en la antología del Certamen de microcuento El Dinosaurio 2008. Gallina y otros cuentos. Colección: Dienteperro. Editorial: Caja China.

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14
Mar

En Correntilla

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2
Mar

Si el lector no va al libro…

Una tarde el bibliotecario se paró ante algunos vecinos que hablaba frente a un muro de la calle sobre el que alguien había escrito; comentaban que no había hueco que no presentase, en perfecta caligrafía, una palabra o un signo de puntuación continuando un texto que se hacía cada vez más interesante; pero siguió su camino de regreso a casa.
A la mañana siguiente las calles amanecieron totalmente pintadas. La primera reacción de las autoridades fue la de buscar al culpable. Todas las miradas se fijaron en él por que aquellos escritos, que tenían enredadas a las fuerzas policiales, contenían cuentos, poemas, recetas de cocina, haikus, descubrimientos, biografías, novelas y un sin fin de formas literarias reproduciendo ideas, idiomas y todo el arte que suelen contener los libros. “Las Rimas y Leyendas” de Bécquer, “El Quijote”, “Romeo y Julieta”, “El Príncipe” de Maquiavelo, “El Principito”, “El Alef”,… y un largo etcétera de títulos conocidos o por conocer que más bien parecían una extensión de las estanterías de la biblioteca, estaban de esta singular forma al alcance de todos.
Como nadie le había visto hacerlo no pudieron acusarle por lo que fue advertido seriamente y conminado para que no se repitiera aquel mal vicio si deseaba perdurar en su empleo.
Las fachadas de la ciudad quedaron eclipsadas ante la mayor cantidad de graffiti registrados en el mundo. Desde todas partes acudieron expertos de policía, parapsicólogos, estudiosos de la materia, pero ninguno fue capaz de explicar el fenómeno.

Había abierto como todos los días a las nueve en punto. A los cinco minutos comenzó a temblar. ¡El despido inmediato!, pensó. Un grupo de vecinos, encabezado por el alcalde, se acercaba hacia el mostrador. Para su sorpresa, en lugar de amonestarlo le pidieron libros. Libros que además comenzaron a leer.
No concluyó allí el peregrinaje de lectores. Fue tal la asistencia en la biblioteca que tuvo que aconsejar la lectura de otras obras, pues muchos eran los que pedían ejemplares ya prestado.
De la noche a la mañana aquellos graffiti, que decorando muros y paredes habían redescubierto la lectura, desaparecieron. Los pocos testigos de aquel fenómeno tan portentoso como el que los hizo aparecer, dijeron a las autoridades que simplemente se fueron borrando despacio, casi al ritmo de la lectura de sus palabras.

CRSignes 31/05/09
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16
Dic

La novia sangrienta

La novia sangrienta. ©CRSignes2010

Publicada en el número 1 de la Revista Red Ciencia Ficción, especial Zombies. "La novia sangrienta. ©CRSignes2010"

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10
Oct

El Campo de Magnolias. De Joan Castillo

El vigilante. Brassaï (pseudonym of Gyula Halász) (9 September 1899–8 July 1984)

El chofer del bus se disculpó con su único pasajero, Pedro, por dejarlo un kilómetro antes de la entrada del pueblo “hasta aquí llego” —le dijo, “no entro a ese caserío ni por todo el oro del mundo.” —reiteró, trazándole la ruta para llegar a la taberna del Gago, dónde podía conseguir las instrucciones que le llevaran a su destino. Empezó a caminar por una senda tan pedregosa que en algunas ocasiones debió hacerlo con manos y pies para no caer. Al subir la última loma alcanzó a ver que una bruma gris oscura arropaba por completo las que parecían chozas arruinadas. En la medida que avanzaba reparó en que la gente se veía borrosa, inescrutable.
Hombres y mujeres vagaban semi desnudos mostrando sus partes íntimas. Los machos llevaban los cabellos, bigotes y barbas ensortijadamente sucios. Las mujeres aparentaban no sentir pudor alguno al mostrar sus nalgas y pubis repletos de pelos. Sus miradas como su andar, parecían vagar hacia la nada, se movían como simios borrachos, sin rumbo. Y sin embargo parecían alegres, reían hasta más no poder con sus bocas desdentadas. Sobre sus cuellos colgaban crucifijos de cuentas moradas.
Sin duda, se encontraba dentro de un pueblo espectral poblado de miserables que parecían fantasmas o viceversa. Siguió la ruta que le había trazado el chofer para llegar a la taberna, y llegó. Era la última construcción del pueblo y la única que no lucía arruinada. Frente a ella, un camino ribeteado de tulipanes que sin duda le conduciría al campo de magnolias.
Entró al garito y observó que todas las mesas estaban ocupadas por los hombres y mujeres andrajosos, que hablaban, cantaban y reían en voz alta. Sólo advirtió una mesa ocupada por un hombre distinto, de ojos vivaces, vestido a pantalón y camisa verdes divididos por una finísima correa amarilla. Caminó hasta el bar y pidió un café y una botellita de agua. El hombre del bar le atendió en seguida, y al darse cuenta que era un forastero le preguntó.
—¿Ha ha hacia dónde se se, se dirige el ca ca caballero?
—Al campo de Magnolia, —contestó Pedro entusiasmado.
El hombre lo miró con asombro y no volvió a abrir la boca a pesar de que Pedro le hizo unas dos o tres preguntas.
—No te contestará, —le gritó el cliente vestido de verde.
—¿Puedo sentarme con usted? —Aprovechó Pedro, un poco tímido. —El hombre asintió.
—¿Porque no me contesta el gago? —Preguntó.
—Por qué él prefiere esperar a que regrese, ya que todos los que entran por ese hermoso camino regresan, algunos enajenados como los que ves aquí, y los demás, difuntos en penas, como los que vienen a consumir de noche. Adivino que tú vienes en busca de una mujer.
—¿Como lo sabes?
—Porque a eso vienen todos.
—¿Y tú, que haces aquí? ¿Vienes también en busca de una mujer?
—No, —se defendió rápidamente el hombre. —Soy como un consejero, un mal consejero para ser exacto ya que mi trabajo es persuadir al caminante para que no penetre ese sendero, y nadie me hizo caso nunca. Más bien, aprovecho los visitantes como tú para poder mejorar el funcionamiento de mi vejiga. ¿Puedo pedir una cerveza?
—Todas las que se te antojen, —contestó Pedro —siempre que escuche con atención lo que quiero decirte.
El hombre pidió la cerveza y empezó a beber con avidez; Pedro se dispuso a contar lo que quería contar, pero el hombre le paró en seco.
—No tienes porque hacerlo —le dijo con amabilidad. Yo conozco tu historia, es la de todos, señor.
—Me llamo Pedro, y si conoces mi historia ¿porque no me la cuentas tú? —preguntó de manera burlona.
—Siempre que no falten las cervezas, lo haré. —respondió el hombre, y empezó. —Una noche bastante fría, tú regresabas al hogar caminando desde tu trabajo; al pasar por un parque viste a una jovencita descalza, sentada en unos escalones al lado de la estatua de una niña orinando; llevaba una raída blusa color beige, una bufanda color marrón desteñido y sus cabellos recogidos dentro de una boina gastada del mismo color, pero lo que más te llamó la atención en ese momento era su desabrigo ante esa noche tan fría. Sentiste pena por ella y le pediste llevarla hasta tu casa a lo que ella, luego de muchos ruegos, asintió. Camino a casa tú le preguntaste como se llamaba y te contestó que aún no tenia nombre, preguntaste por igual que dónde vivía y ella te contestó, señalando al Este, que vivía en el campo de las magnolias amarillas, donde la Luna brilla como un cristal encendido y todos los pájaros son de cartón azulados. Luego le inquiriste si tenía frío, hambre o sed, y a todo ello te contestó que si, por esa razón te quitaste el sobretodo y la cubriste. Tu abrigo se impregnó de un olor como el de las azucenas que es el olor de ella. Por último le preguntaste que porque andaba descalza y ella te contestó, que era la única forma de estar en contacto con su madre, la tierra. ¿Cierto?
Pedro no contestó, se encontraba ensimismado. El hombre siguió.
—Al llegar a la puerta de tu hogar ella se adelantó, se paró en frente del porche y te miró a los ojos —tú jamás había visto a una mujer con los ojos amarillos y te preguntó si tú estabas seguro que ella no te molestaba, y tú le contestaste que no, que no estaba molesto en lo absoluto, y en ese momento te avergonzaste porque percibiste un ligero temblor en tu cuerpo cuando viste parte de sus senos blancos bronceados a través de uno de los agujeros de su blusa raída, y no quitaste la vista de su pecho como queriendo apretujarlo en contra tuya para sentir su calor, su tiesura. ¿No es así?
—Sigue, sigue, —contestó Pedro con el rostro encogido por la sorpresa.
—Pídeme la otra cerveza —dijo el hombre. Y Pedro pidió dos cervezas porque él también empezó a beber cerveza. El hombre siguió la narración.
—Cuando entraron a tu casa, ella se dirigió a la chimenea y colocó su boina sobre la alfombra, al lado de la chimenea, donde se sentó, mientras tú te dirigiste a la cocina a preparar la cena. Dispusiste la mesa sobre la alfombra y cenaron a la luz y calor de la chimenea. Para esta ocasión ya tú tenías un deseo casi irreprimible de abrazarla porque cada vez que ella bajaba a prender algún bocadillo tú mirabas por encima de su blusa para vislumbrar sus pezones.
En ese momento a Pedro se le ruborizó el rostro.
—No te me pongas así, mi querido, —a todos les ha pasado, además debes esperar que concluya —tranquilizó el hombre, y continuó. Terminado de cenar, ella te dijo que necesitaba bañarse. Tú accediste y ella entró al cuarto de baño. Tú te encontrabas tan voluptuoso que al escuchar el agua cayendo sobre el piso de la ducha quisiste fisgonear, y al llegar a la puerta del baño la abriste sin querer, ella estaba frente a frente a ti completamente desnuda ya que no había corrido la puerta de la cortina. Se enjabonaba los cabellos con ambas manos. Tú te extasiaste observando los pelos que se deslizaban húmedos debajo de sus axilas, hiciste una mirada relampagueante por todo su cuerpo antes de que ella se tapara. Pero ella no se tapó, por el contrario, te dijo que le gustaba como tú la mirabas, y te invitó a enjabonarla. Tembloroso, accediste.
En ese momento Pedro interrumpió
—¿Pero cómo puedes saber todo eso con lujo de detalles?
—Esos hombres a tu alrededor y los que viste en tu trayecto hasta aquí me lo han contado decenas de veces. —contestó el hombre, y continuó. Tú, palpitante de deseo sensual, pasaste la esponja por su espalda pero no terminaste. Esa piel tan tersa y olorosa te enardeció. Lanzaste la esponja y empezaste a desabotonar tu pantalón mientras penetrabas tus dedos a través de su selva negra. Ella no lo evitó pero si te preguntó sobre lo que tú querías hacer con ella, y tú le contestaste acalorado que la quería follar, y ella te dijo que no, que prefería que tú le hicieras el amor, pero tú estabas demasiado encendido para hablar de follar o de amar, y bajaste por completo el pantalón, y los calzoncillos, y...
Pedro le cortó.
—Has cometido un error —dijo. —Cuando ella me pidió que quería hacer el amor, la comprendí, entendí que ella no sólo quería un simple deleite entre sus pudores y los míos, sino que necesitaba más que penetración y besos pasajeros, cariño, amistad, ternura que fue lo que a partir de ese momento traté de entregarle.
—Bueno, —dijo el hombre, la cuestión no está en follar o hacer el amor sino que te quedaste prendado de ella, al final de una larga jornada de sexo ella se durmió sobre tu brazo derecho con parte de su melena encima de tu pecho; cuando despertaste no estaba y jamás la volviste a ver. Solo te quedaste con el olor de la azucena que permanecerá por siempre en tu sobretodo, por eso has venido, a buscarla.
—Hice el amor con ella sobre la alfombra, —se defendió Pedro, —durmió tal y como dices, al despertar, no estaba. Hasta ahí estás en lo cierto, pero salí a la calle abotonándome la camisa y corrí como un desesperado hasta el parque donde me esperaba, porque me lo dijo “Te esperaba para decirte que volveré esta noche si es de tu gusto”. y le dije que si, y me repitió “Pues espérame.” Y regresó esa noche y todas las noches de todos los días durante semanas y meses, hasta que una mañana me dijo que al otro día no la esperara, que no volvería, que su campo de magnolia le llamaba porque hacia tiempo que no se acunaba bajo el fulgor de la luna encendida, ni caían sobre sus hombros los pajarillos de cartón azulado. Le hacían falta, me dijo, como estaba segura que le haría falta yo. Y no regresó ni al otro día, ni al día siguiente, ni a la semana, y por eso visité todas las jardinerías que encontré en la guía telefónica, para indagar cada pueblo del Este donde hubieran campos de magnolias, y los visité todos, éste es el último.
—Al parecer no te comportaste con ella como hicieron los otros, si es como dices, —indicó el hombre de verde, sorbiendo un largo trago de cerveza. —de todas maneras, yo que tú, no entro, y si lo haces mi deseo es que la encuentres. —finalizó.
Y entró. No bien había recorrido unos cuantos metros cuando sus ojos se extasiaron ante una extensa y ensortijada llanura sembrada de magnolias de variadas especies. Corrió por el campo como un chiquillo, buscaba palpitante de alegría alguna pista que la llevara a ella pero no encontró mas que magnolias de flores blancas brillantes en todo su derredor. Cansado, se recostó sobre la hierba y decidió esperar la noche. En ese momento sintió que algo se posó sobre su hombro izquierdo, lo agarró, era un pajarillo como de cartón azul cielo, le acarició, lo puso en la palma de sus manos y salió volando haciendo zig zag en el aire como un gesto de alegría, fue cuando la temperatura de color del campo varió a un tono desusadamente luminoso, miró hacia arriba y pudo ver la luna como si estuviera hirviendo entre un color blanco sonrosado. Sin embargo, percibió un olor nauseabundo, como el hedor a animales podridos que brotan de algunos árboles y flores. En ese momento observó a algunos hombres y mujeres recogiendo semillas de color morado que ensartaban con esmero en finas lianas del mismo árbol. Entendió que ese no era su lugar en aquel vergel por lo que continuó caminando hacia el Este, hacia donde voló el pajarillo, hasta encontrar un río. Descubrió en lontananza cientos de pajarillos azules alborotando sobre una mata de magnolias y allá se dirigió chapaleando las suaves corrientes debajo de sus pies. Observó fascinado las flores amarillas y debajo un pequeño huerto de azucenas en flor. Intuía su presencia inmanente a esta parte del bosque, y de nuevo un pajarillo se posó sobre su hombro, esta vez no lo tocó porque al parecer el avecilla no quería que le tocara. Miró alerta hacia todos los ángulos del horizonte y no la vio. Se envolvió en el árbol como si estuviera abrazado a ella. Allí permaneció toda la noche, deslumbrado en la extraña luz de la luna. En la mañana, el pajarillo seguía sobre su hombro izquierdo, al parecer no quería abandonarlo. Cortó un par de tallos de las azucenas y un ramillete de magnolias amarillas y sin poder eludir la tristeza, regresó. El hombre de verde, junto al gago, lo esperaban, y entraron a la tasca a terminar las cervezas.
—¿La la la encontraste?, —preguntó el gago casi al unísono con el hombre de verde, sorprendidos ambos por el extraño pajarillo.
—Si, —contestó Pedro.
—¿Te te te laaastimó?
—Si, me lastimó, Gago, —jamás podré vivir sin ella.
Agradeció a ambos sus atenciones y regresó a su hogar. Colocó el pajarillo azul encima de su cama; plantó los tallos de azucenas en una maceta y acomodó el ramo de magnolias dentro de un florero en su mesita de noche. Un deseo poderoso, como una fuerza irresistible lo llevó a mirar por la ventana. El parque lucía desierto, pero borrosamente se vislumbraba alguien sentado en los escalones al lado de la estatua de la niña orinando. La tenue bombilla encima de la estatuilla mostraba que la figura llevaba una boina, al parecer, roja. Se frotó los ojos para ver mejor y pudo figurar que llevaba los pies descalzos.

Joan Castillo
©Derechos reservados.

SEGUIREMOS SIEMPRE PENSANDO EN TI, AMIGO JOAN. TE AÑORO

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15
Ago

Fotógrafos en las Islas Columbretes 10

Fotógrafos en las Islas Columbretes 10 ©CRSignes2008
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20
Jul

Bienvenidos a la N.W.T (New Weapon Tecnology)

Montaje fuente imágenes Internet

A Ricardo

Las armas más crueles resultan
Humanitarias si consiguen provocar
una rápida victoria. (Adolf Hitler)

Bienvenidos a la N.W.T (New Weapon Tecnology). Atención damas y caballeros: se ruega no sobrepasen la cinta de seguridad y que durante aproximadamente dos minutos permanezcan con los ojos cerrados. La empresa no se hace responsable de las posibles lesiones provocadas por la negligencia de nuestros visitantes. Todas las normas de seguridad e higiene están incluidas y ampliamente especificadas en el catálogo anexo de la W.G.S. (Word Guns Simposium), y su simple presencia les obliga al total cumplimiento de las mismas.
Durante la dispersión nuclear precedida de un agudo pitido (momento en el que deben cerrar los ojos), serán testigos de su eficacia —la intensa luminosidad del proceso no impedirá que puedan contemplar lo que sucede pese a permanecer con sus párpados cerrados—. Este hecho no implica ningún riesgo para su visión. La fuerza lumínica generada por la deflagración, proceso que no será revelado —estaríamos tarados al hacerlo, advertimos la presencia de dos de nuestros competidores entre ustedes—, está convirtiéndose en una de las armas de destrucción masiva de mayor uso, sobre todo para aquellas conquistas en las que se busque el respeto a todo, menos a la vida.
Después de finalizada la visita se les entregará un cuestionario en el que podrán valorar sus impresiones y, por que no, si lo desean realizar una primera oferta sobre el muestrario.
Somos conscientes de la necesidad urgente que alguno de nuestros clientes tiene por nuestros productos y esperamos no defraudarles. Ahora, y con el fin de ofrecerles un pequeño refrigerio y unos minutos de descanso antes de la siguiente demostración, acompáñennos a una sala anexa en la que encontrarán: paños de hidrógeno líquido, atmósferas de éter fluctuante, un relajante yakuzy de metano, y debido a la presencia extraordinaria de mascotas como la carcoma espacial del general, un cajón para que pueda evacuar sus excrementos. Esperamos que comprendan la premura de esta visita debido al gran número de solicitudes abiertas presentadas para la misma, así que sean breves.
Les advertimos de que para la siguiente demostración se requiere de un tiempo no inferior a cuatro horas, debido a que nos trasladaremos hasta el emplazamiento preparado para la misma.
Para aquellos que finalicen de este modo la visita recordarles que nuestra empresa les hará entrega de unos recordatorios: souvenirs del planeta extinto que acabamos de aniquilar con nuestra bomba estrella.
Gracias por asistir y les esperamos en una nueva ocasión. No olviden pasar por caja antes de salir.

CRSignes 21/02/10

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29
Jun

Fotógrafos en las Islas Columbretes 9

Fotógrafos en las Islas Columbretes 9 ©CRSignes
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16
Jun

El Olor de la Cebolla de Joan Castillo

"Joan nos ha dejado" Con esta frase amanecí ayer. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, una sensación que aún hoy tengo. El dolor de la pérdida de un amigo, de alguien con el que has compartido, aunque sea en la distancia, tanto, es indescriptible. Tal vez es esa misma lejanía la que le da a este hecho un toque surrealista, pues nunca se ha tenido la amistad del todo, me refiero a que faltaba el contacto, el verse, sentirse, llorarse, y reírse juntos.
Durante todos los años en los que lo conocí (desde el 2002), la vida siempre sentí que se hacía fácil en su presencia. Era cordial, encantador, afectuoso y muy buena persona. Tenía talento, y lo mejor de todo, no era dado a los alardes, simplemente era natural. Es por esa naturalidad que la mejor forma que tengo de homenajear al hombre, al amigo, al hermano, a Joan, es dejando un texto de su autoría, de esos que tanto nos gustan por buenos, para que lo leáis.
En este El Olor de la Cebolla, se palpa el amor y la admiración que sentía por nosotras, las mujeres. Es un cuento con un erotismo desbordante, sensual. Olores, sabores y sensaciones que se alían en una historia palpitante. Al terminar de leerlo, te da la impresión de que has ejercido de voyeur, y has disfrutado haciéndolo.

¡Ay Joan! ¡Cuánto te añoraremos!
Espero y deseo que su familia, y las personas que le han querido más allá de todo, como yo lo he querido, comprendan y acepten mis palabras, pues han surgido desde la admiración y el cariño que he tenido y siempre tendré hacia esta gran persona, este excelente escritor, este gran hombre que es y será Joan Castillo.

Bill Brandt (3 de mayo de 1904 - 20 de diciembre de 1983)

EL OLOR DE LA CEBOLLA

Hace ya tanto tiempo que la abandoné, a Ana, que no sé si hice bien en regresar. Me parece que nada ha cambiado. No hago más que acercarme a nuestra casona y ya siento el desagradable olor de los condimentos, ese olor a carne tostada por la cual hace dos años me fui; antes de entrar ya molesta mi olfato ese tufo mezclado de pescado frito y manzana fresca, el mismo hedor por el que una vez me quejé y sólo me dijo que podía largarme cuando quisiera. Y me marché, y ahora no sé porque volví.

Acabo de entrar y ya tengo el estómago revuelto con la hediondez a huevos fritos con mantequilla en escabeche de oréganos y pimentones que inunda la sala. No quiero, aunque se que terminaré sentándome en ese sofá que hiede a bacalao precocido. Tendré que acostumbrarme de nuevo a verla llegando de la carnicería con esos filetes de res chorreando sangre que tanto me asquean y el olor de la cebolla, ese olor protervo que desencajan mis ojos en un rojo encarnado que me produce lágrimas hirvientes y dolorosas. Prefiero no subir a nuestra habitación porque ya sé como aturdirá los nervios de mi nariz esa repugnante emanación de vainilla, hierbabuena y azafrán que golpea fuerte desde que abro la puerta.

Volví, y puedo reparar que ella está donde le gusta, en la cocina, y sé perfectamente lo que está cociendo ahora solo por el ruido que hacen las cacerolas, porque hasta eso aprendí, sé cuando está cocinando una paella, un guiso, un asado, tanto por el olor como por el ruido que hace con los tenedores, los cuchillos y los cucharones; así como interpreto al dedillo los olores, por igual aprendí a identificar en los ruidos que salen del cuarto de la grasa —como suelo llamarle— sus estados de ánimo. Porque Ana cocina silbando, cantando, tocando las ollas, las cucharas, y comiendo. ¡Que barbaridad! Ahora mismo sé que está untando los pastelillos de la miel que cubre su cuerpo desnudo, lo que significa que está contenta, que espera a alguien. ¿No será a mí? Quiera Dios que no cante su detestable estribillo: ¨Amo mi cocina, laralalalara, amo mis guisados, laralarala…

Creo que ella no se ha dado cuenta de que estoy aquí, sentado en este sillón donde tantas veces hicimos el amor rodeados de frutas y cajas de chocolates bendecidos por el fétido olor del arenque estofado. Parece ser que quise perderme porque no podía soportar la pestilencia de las zanahorias escaldadas, ¡como detesto el hedor de los pescados y mariscos hervidos! Y ¡como tiemblo cuando escucho los golpes secos de la cuchilla sobre la madera cuando descuartiza un pollo fresco! Y ¡como lo disfruta ella!. Quizás ahí pueda estar la clave de mi regreso, el que no pude reconocer, y aceptar a tiempo que la cocina es su credo y su única religión, a la que debí someterme.

—¿Quién está ahí?

¿Cómo diablo sabe que hay alguien aquí si entré disimuladamente porque quise darle una sorpresa? Nunca vi unas manos más hermosas que las de Ana y sin embargo no recuerdo haberlas visto desprovistas de ese hedor combinado de ajo, cebolla, pescado, o vegetales. Nunca pude acariciar esos senos tan hermosos sin tener que soportar la terrible peste del vinagre, y besarla a ella —es innegable— es como besar a una diosa por esa lengua tan suave y su saliva siempre tibia y agradable ¡Pero me maltrata ese aliento de fresa, de limón o de chocolate! Y que decir de introducir la lengua con todo y boca dentro de su gruta caliente como un volcán apagado a recoger las almendras y nueces previamente introducidas por ella como si de un juego se tratara…

Ella no sabe que soy yo quien estoy aquí, desconoce que regresé, y está donde siempre, con sus amores de siempre, me la imagino introduciéndose los guineos por los agujeros de su estrecha vulva y su ano, mientras disfruta con deleite el golpeteo de la cacerola hirviendo las habichuelas, y el movimiento de las carnes cuando penetra la cuchara, escucho sus manos lanzando la harina para hacer los bollitos, mientras se introduce el cucharón, aún caliente, por su vagina. Estoy seguro de ello porque me llegan como un eco sus siseos, sus gemidos suaves de satisfacción. Esos ecos —supongo— llegaron hasta mi tranquila isla y al parecer favorecieron mi decisión de regresar.

¡Antonio, sé que eres tú, recibiste mi carta y volviste!

Si, claro, su carta que leí ayer, pienso que si, que esa carta tuvo que ver con mi regreso tan inesperado, la carta… la carta… aquí está:-¨Querido Antonio, ¿porque no vuelves a encerrarte en mi sudario de vellos negros para observar desde nuestra ventana la mediocridad de mis vecinos con tu estaca atravesada entre mis nalgas? Te necesito, Antonio mío, necesito ver tu pañuelo tapando la nariz porque odia el olor a la cebolla de mis manos, mientras tu proyectil perfora mis extrañas como si buscara mi alma, o quizás la encontraste y te la llevaste amor mío. Te la llevaste a esas tierras lejanas dejando mis agujeros vacíos de ti, de la rudeza de tu bate de carne caliente apaleando mis hendiduras ¿Por qué amor? ¿Qué te hice que no fuera mezclar tu semen con bizcocho para alimentarme y de esa manera complacer tus más sanos deseos? Regresa, Antonio mío, regresa a introducirte entero entre mi cueva para que puedas observar la oscuridad que te aterra, y a comerte mis labios, y beberte mis caldos mientras trituro y acaricio con mi lengua las fresas del otoño. Aún te quiero, Ana.¨

¡Antonio, coño, no te hagas el de rogar, sé que estás ahí, volviste como todos!

¨!Como todos!¨. Sí, todos regresan a Ana, todos, hembras y varones, regresaron como regresé yo. Y seguro estarás pensando hacerme lo que a ellos, lamer sus nalgas después de 30 días sin bañarse, recoger a lengüetazos y beber sus sudores de ajo, de cebolla y de mugre. Eso les hizo a todos, a varones y hembras que hoy la reniegan, y eso tratará de hacerme a mí: Meterme un rábano por el culo para chuparlo y comerlo mientras acaricia mis testículos; empujar un huevo hervido en su vagina para que yo lo saque con mi lengua, lo pele con mi boca y no los comamos entre ambos sin utilizar las manos. Es lo que ha hecho con todos y por eso la temen.

¨!Como todos!¨. Por eso la carta, me imagino que esa misiva se la hace a todos, y me llama a la cocina para hacer el amor sentados en la estufa con sus hornillas encendidas ¿Cuántas nalgas de hombres y mujeres habrán salido de esa cocina achicharradas? Desea la cocina para escuchar el aceite hirviendo y combinarlo con el sonido de mi sangre que también hierve cuando se sienta encima del refrigerador, abre sus piernas y con sus dedos abre sus labios para mostrarme el último reducto de su intimidad, se introduce un vino de cocina entero y agarra mi cabeza con dos cucharones y me obliga a beberlo hasta la última gota.

¡Antonio, coñazo, si deseas puedes irte por donde mismo llegaste!

¿Podré irme? ¿Tendré fuerza para abrir esa puerta, o la abriré y después no podré llegar al aeropuerto? ¿No habré regresado para comprobar el insólito placer que disfrutaron sus anteriores amantes cuando orina en sus bocas abiertas llenas de galletitas y luego le restriega su vulva para comprobar que se tragaron hasta la última pizquita? ¿Acaso no volví para conocer el secreto placer de sentir un cigarrillo encendido en mis testículos mientras Ana acaricia mi pene atado con hojas de vergel y de albahacas mientras me obliga a degustar un bistec encebollado? ¿O para ser colgado con la cabeza hacia abajo para azotar mis nalgas con un plátano hasta que el dolor produzca una erección a mi falo y un posterior orgasmo? ¿O para que yo recoja con mi lengua las hormigas feroces que coloca en sus nalgas mientras aprieto su cuello hasta dejarla sin aliento? ¿No es eso lo que quiero? ¿Carne al carbón con mermelada de ajíes? ¿O que me baje al sótano amarrado y desnudo para que horrorizado, me huelan y laman sus lobos hambrientos? ¿Acaso no fue la búsqueda de esos dolorosos placeres por lo que regresé? ¿O acaso la amo?

¡Antonio, coño, acábate de ir y déjame para siempre!

De nuevo me llega ese maldito vaho de la cebolla y de nuevo no sé porque estoy aquí. Pero no puedo negar que me embriaga, me dejo envolver de esos olores apestosos de huevos, rábanos y apios guisados…y cebolla; y camino –no lo puedo evitar- Me dejo ir en pasos cortos y titubeantes hacia esa cocina donde no hay duda que me espera una experiencia perversa e inevitable.

Y la encuentro, a Ana, como siempre, en un rinconcito, descalza, frágil como una muñequita de porcelana desnuda, titiritando de frío y de miedo, con un racimo de uvas blancas que muerde con tanta impaciencia que algunas caen en su regazo y se humedecen de sus lágrimas; me descubre y penetra sus grandes ojos azules en los míos en una mirada carente de sensualidad, pero con un deseo enorme de ser amada afectuosamente, decentemente.

Mientras el rugir de las ollas me asegura un suculento manjar de bienvenida… me pierdo en los universos de su vorágine… en el olor de la cebolla.

Como los otros: varones y hembras.

©Joan Castillo
28 de Noviembre 2005

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Amigo Joan, allá donde estés deseo que seas feliz. Te quiero mucho.

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15
Jun

Fotógrafos en las Islas Columbretes 8

Fotógrafos en las Islas Columbretes o ©CRSignes2008
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8
Jun

Regreso a casa

©CRSignes2010

Había oído hablar de aquellos lugares repletos de desperdicios y miserias, pero nunca pensó que encontraría allí a su padre. La última vez que lo vio, discutía con su madre por la custodia de los hijos. Sorprendentemente y a pesar de haberla conseguido quería desaparecer.
¡Fantasías! Cómo puedes afirmar que lo haces por ellos.
Tú siempre tan suspicaz. Todo es efímero —concluyó.
Nunca más supieron de él, hasta dos días atrás. Albert recibió una notificación en la que se le convocaba para el retiro obligatorio del ciudadano Albert Ripling de Back-out Distrit, el vertedero de la ciudad. Un sector frecuentado por vagabundos y maleantes.
Temía averiguar en qué se había convertido su padre. Sentía vergüenza como cuando de niño le preguntaban sobre él y no sabía qué decir.
Un oficial le servía de escolta.
Sabemos que la medida puede incomodar, pero el alcalde quiere quitar de las calles a todos los hombres buenos.
¿Buenos? Está hablando del hombre que nos abandonó.
El condado no juzga los hechos personales. En ningún archivo consta que Albert Ripling haya cometido delito alguno. Por lo tanto la custodia corresponde a los familiares si los tuviera, en caso contrario a algún centro público.
Pues llévenlo allí, no quiero saber nada de él. Ojo por ojo…
Si persiste en su actitud deberé informar de su anormal comportamiento.
Tendría gracia. ¿Por qué no se le persiguió al abandonarnos?
El ciudadano Ripling cumplió alistándose en la expedición New Celux. A su regresó, herido y agotado, nadie le atendió a pesar de que todos los familiares recibieron las correspondientes indemnizaciones. Cuatrocientos millones de cromo laser por los perjuicios que la separación pudiera haber ocasionado.
Aquella narración le dejó pensativo. Recordó que su madre un día llegó con mucho dinero.
Venga niños, nos mudamos. Vuestro padre al fin pagó una parte de lo que nos debía por ley.

Un hombre agazapado, que se encogió con temor, miraba de reojo.
Ya me robaron ayer. ¡Márchense!
Albert reconoció la cadencia de su voz.
Levántese, este hombre ha venido a buscarle —dijo el oficial.
Alargó la mano lo justo para que Albert pudiera tomarla, y vio en su rostro aquello por lo cuál de niño lo admiraba. Comprendió muchas cosas que ya no importaban, era el momento de recuperar el tiempo, el amor, abandonar el rencor.
Venga padre, no se asuste. Es hora de regresar a casa.
¡A casa! Sí volvamos, tu madre debe estar esperándonos.

CRSignes 11/10/08

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31
May

Fotógrafos en las Islas Columbretes 7

Fotógrafos en las Islas Columbretes 7 ©CRSignes2008
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19
May

El oasis portátil

©CRSignes2010

El cortejo de la princesa recorría el mundo en una caravana sin escalas. El derroche de medios, que hacía de la misma un espectáculo extraordinario, quedaba eclipsado por la soledad reinante a cada paso.
El rey no soportando ver que su hija tuviera que crecer rodeada de aquella inconmensurable sequedad, ni quedarse anclada en un punto fijo del mar de dunas que cubría el planeta, puso a trabajar a los ingenieros y científicos en la construcción de una nave autosuficiente. Aquel vehículo sería portador de un microclima que les protegería de la desertización, el calor y una muerte segura fuera en aquel medio. Árboles y plantas de las especies más tupidas impedirían que el sol alcanzara el piso, permitiendo mantener en su interior un ambiente húmedo eternamente regenerado por un sistema que aprovechaba la energía solar para crearlo.
Aquella muchacha ni tan siquiera recordaba la belleza del cielo azul, ni el brillo de las centellas nocturnas; fue encerrada en el ingenio mucho antes de que concluyera su construcción. Creció al tiempo que la vegetación que la protegería. Su padre no pudo ver el proyecto terminado.
Acompañada por una corte de fieles sirvientes se lanzó en la búsqueda de aquel futuro que soñaran para ella. Por eso después de soltar amarras, navegó rumbo al horizonte desdibujado por el calor en busca de alguna señal que les condujera hacia otro oasis.
Aprendieron a vivir hacia dentro. Cedieron ante el destino incierto y dejaron de tener comunicación con el exterior. Con el tiempo, en aquel vehículo que mantenía la ruta fijada, cualquier contacto o el recuerdo de la vida tal y como fue, se olvidó. Habían dejado de confiar en encontrar ese algo durante tanto tiempo anhelado.
Dentro del mundo creado por un padre que no hubiera visto con buenos ojos las relaciones que su hija comenzó a tener con uno de los técnicos de mantenimiento, relación que culminó el día en el que se casaron enamorados y felices, se convirtió en el principio de una nueva era.

Por su aspecto en la lejanía su contorno invitaba a engaño. Para aquellos viajeros que habían confiado su suerte en las bondades, casi inexistentes, del desierto en el que una gota de agua podía hacer surgir un perfil verde, vital, llegar a él podía significar la diferencia entre la vida o la muerte. Muchos fueron los que tarde, en su último hálito, descubrieron la imposibilidad de alcanzar aquel oasis portátil y murieron en el intento.

CRSignes 16/05/10

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