22
Feb

El arcano número 5. El Papa. Papa Luna

- ¿Perdonaría Cristo a los discípulos si le hubiesen rechazado como a mí? ¿Sentiría piedad de sus almas si, una vez elegido, otros hubiesen venido a sustituirlo?

Desde la cueva podía concebirse como Cristo predicando ante la multitud. Las gaviotas y vencejos revoloteando y el sonido de las olas golpeando los acantilados, le devolvían el clamor de su proclamación, al momento de su glorioso nombramiento como Papa en la Obediencia de Avignon.
Viejo y ajado, descendía las escaleras labradas en la gruta hacia el embarcadero oculto, por el que poder huir si alguien lograba franquear los muros de la fortaleza.
Peñiscola se levantaba desafiante al mar y hacia todo aquél que osase conquistarla. La firmeza del baluarte reforzaba aún más la postura inflexible del Pontífice, que agonizaba en la soledad de su encierro, desterrado de su reinado terrestre pero no de su vínculo divino, precisamente aquél que le concedió el privilegio de su representación en la tierra.
El cisma le transformó en proscrito.
¿Pero quienes eran aquellos que cuestionaban su mandato?
Posiblemente acólitos ignorantes que tan sólo servían para las obras menores de la Iglesia y políticos infieles buscando redención.
El protervo modo con el que lo habían exiliado, condenándolo a la más obscura de las persecuciones, tan sólo comparable a la sufrida por los primeros cristianos, tarde o temprano les pasaría factura.
Serían condenados por ello.
Y una y otra vez descendía a la gruta buscando quizás, en el retiro de aquel escondite, la conexión directa con el Altísimo, que le aguardaba con los brazos abiertos, como quién espera al hijo que ha tenido que escapar injustamente y que, abandonado a su suerte, lucha y sufre por el reencuentro con sus seres queridos.
Desde la ventana de sus aposentos, su pensamiento se perdía buscando el delirio que ha hecho de lo terreno, en contraposición con lo eterno y lo divino, acaso más anhelado, el suplicio de su existencia.
Sabe bien que el comportamiento díscolo es de los otros. Sólo el Altísimo podrá juzgar sus actos.
Enjuga unas lágrimas matizadas por la humedad que le llega con el choque del oleaje. Silenciados lamentos en el temor al homicidio de la Iglesia, cuyo camino se ha visto truncado.

- Sí, Cristo perdonaría porque su mandato se basa en la piedad y la comprensión. Mi único consuelo es que a pesar de todo el pueblo siga amándole.

Carmen Rosa Signes 100106

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20
Feb

El arcano número 5. El Papa

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20
Feb

el arcano número 6. Los enamorados

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20
Feb

El arcano número 6. Los dos caminos

Lleva toda la noche cabalgando y le vence el cansancio.
Los perfiles del horizonte dibujan, al fin, conocidas montañas.
Por la vereda que conduce al río, los vaqueros guían su rebaño. Pasa con desdén sin reparar en ellos.
El camino se divide en dos. Debe escoger...

La joven contempla la corriente, abstraída de su labor. Está sola, sus compañeras han partido ya.
De entre sus manos escapa una prenda que, flotando sin rumbo, dibuja, sobre la superficie del agua, el baile de la corriente, hasta que una roca la detiene en su huída. Permanece impasible mientras la ligera prenda de un rojo y sedoso tejido se aleja. En la distancia, aquel ropaje, semeja la llama de una hoguera sin humo.
Saca las manos del agua y las airea pausadamente al viento y al sol que parece querer calentar un poco.
Recupera la prenda sin poder evitar empapar sus ropas. Sus senos se clarean por entre la liviana blusa. Entonces, desnuda su cuerpo y se tumba en la hierba.

Mientras su cabalgadura repone las fuerzas en la tranquila orilla, puede contemplar, en la trayectoria de uno de los caminos, la salvaje belleza que retoza sobre el verde manto, jugando con su cuerpo, viendo pasar las horas, desprendiendo deseo, juventud y ansias de vivir.

Sobre peanas, desperdigadas entre la floresta, descansan las colmenas. Las abre con cautela para extraer su elixir y llenar los cubos. El olor dulzón atrae los insectos y los centinelas de aquella corte, desconcertados, revolotean nerviosos.
Cumple con un ritual de siglos, su madura experiencia, le proporciona el cuidado preciso. Sobre su cuerpo desnudo una fina gasa la protege de las picaduras. Nada la distrae de sus obligaciones. El sol del medio día marca el fin de su tarea. Agotada, se acerca hasta la orilla del río y humedeciéndose las manos refresca su cuello, sus senos y remoja sus pies antes de sentarse en la linde para recuperar las fuerzas.

La serena belleza del maduro rostro le cautiva al extremo opuesto de la otra senda. Ve como rellena con mimo los cántaros y repletos los tapa. Pequeños hilos de dulce tejido, acompañan el recorrido de sus manos, se enredan en su cuerpo proporcionándole una delicada y apetitosa prenda.

Debe escoger..., su futuro depende de ello, pero su mirada se pierde en el infinito...

Carmen Rosa Signes 210206

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18
Feb

Paseando por La Habana 3

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14
Feb

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14
Feb

En rojo

La luz difusa de la lámpara, enmascaraba en rojo el ambiente ofreciéndole intimidad. En aquel recogimiento, Roberto aguardaba la llegada de Irene, impaciente. Ultimaba los preparativos del aniversario con la que ansiaba regalarle. Sobre la mesa, la cena fría estaba casi servida. Seguía trinchando la carne jugosa, como a ella le gustaba, no podía reprimir chuparse los dedos a cada movimiento del cuchillo que rasuraba a la perfección aquellos filetes sonrosados, aún calientes. Se le hacía la boca agua.

Escuchó el sonido de las llaves y los pasos de su amada.

-No entres en el cuarto mi vida. -Dijo mientras se sentaba en el sillón. -Ven a mí antes de que me vuelva loco.

Irene se sentó sobre sus rodillas, sus manos jugueteaban sobre el pecho desnudo de su amante, caracoleando entre sus dedos el abundante vello.

-¡Estate quietecita! Sabes que eso me pone a cien.

-¿Me quieres hacer creer que no es lo que buscas?

-Sabes con certeza qué es lo que quiero, pero antes… He pasado el día pensando en ti… Cazando para ti… -Con cada afirmación, Roberto le desabrochaba uno de los botones de la blusa. -… Cocinando para ti. –El pecho de Irene, desafiante, quedó al descubierto mostrando sus pezones rojos y grandes. Roberto se lanzó sobre ellos y Silvia agradeció el gesto gimiendo de placer.

La tomó de la mano para guiar sus pasos, y al pasar junto a la mesa ella exclamó emocionada.

-¡Lo hiciste!

-Te lo prometí para el aniversario. ¿Cómo olvidar el día en el que nos conocimos? Este año ha sido el más importante de mi vida. Ven, te preparé el baño.

No esperó a que ella se quitara la ropa, él mismo la desnudó.

-Disculpa Silvia, debí limpiar, ser más cuidadoso.

-Tranquilo –comentó ya con los pies dentro de la bañera repleta del rojo y espeso contenido, aún tibio.

-No he podido conservar la temperatura adecuada del baño. No supe cómo hacerlo.

-No te preocupes, te perdono, la próxima vez será. Para ello sólo tienes que retrasar la hora de la muerte, dejar que fluya lo más rápidamente posible la sangre de la víctima, no matar antes de hacerlo, parece vil este comportamiento, pero es menos inhumano que arrancarle la vida al tiempo que el corazón. Venga, pásame la esponja, embadúrname de sangre el cuerpo, restriégamela, y vete. Enseguida estaré contigo, para degustar ese banquete sangriento. Nuestra alianza con la muerte.

CRSignes 8 de noviembre de 2007

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