Conjuro

A Danila le aguardaba su criado con la cabalgadura ensillada. “Espérame aquí”, le dijo. “y por el amor de Dios, no me descubras”.
Ya la noche entraba en sus horas centrales, y la dama se acercaba cautelosa hasta una mansión de las afueras. La construcción se presentaba sórdida y oscura; apostados en la puerta, un par de lebreles gruñían amenazantes. La escasa luz no impedía ver lo que sucedía. Un anciano, vestido con amplios ropajes, gesticulaba con aspavientos mientras de su boca surgían incomprensibles vocablos. El suelo presentaba un dibujo emergente, realizado con sal; en su interior, extraños símbolos. Tuvo el impulso de salir huyendo, pero no pudo.
-Tengo entendido que habéis acudido por mal de amores.
-Os equivocáis. –Mintió aterrada, su voz temblaba como el pávido de una vela. –Debo marcharme.
-Nadie se va sin solucionar su problema.
La puerta se cerró de golpe. Danila, a punto estuvo de desmayarse.
-Mi dama, tome asiento. La primera parte del ritual concluyó ya.
Antes de sentarse, en una carcomida banqueta, rebuscó un abanico con el que recuperar el aliento.
-Salim Al Kaleb, es un hombre de palabra. ¿Lleváis el oro?
-Si ciento cincuenta reales os complacen, así es.
Danila era consciente de que, por su atrevimiento, se había condenado ante Dios, y que si la descubrían, le aguardaba una muerte segura. Pero no podía permitir que el hombre que amaba la despreciara por otra. Había decidido aliarse con el diablo, si era necesario, y gracias a este sanador nigromante, podía conseguirlo.
En la tediosa espera, pudo ver a Salim, manipulando hierbas, barro y cera, para crear el muñeco que le entregó.
-A esta figura que es mi parte del trato, hecha con cardamomo y muérdago; formada con la tierra y el agua que da la vida; sólo le falta el fuego que le de vigor, y esa es vuestra encomienda, éste trabajo es en equipo. Ahora os toca a vos culminar el embrujo, debéis lanzarlo al fuego del hogar, y ya nunca más os separaréis de vuestro amado.
Danila, montó a caballo y cuando apenas había recorrido la mitad del camino, se detuvo, tomó aquel espantajo, y temerosa de Dios con sus propias manos lo deshizo, sintiendo libre su conciencia. En su casa la aguardaban dos alguaciles. Creyó librarse al haber destruido el muñeco, pero en su cuarto prendido, aún pudieron rescatar la prueba que la condenó por brujería.
Carmen Rosa Signes Urrea 9 de agosto de 2007
El arcano número 4. El Emperador
¿Cuántos más seguirán? En el peor de los casos, y cuando lo requiere, del interior de mi mano parece escapar la ira, que con forma imprecisa, bien de su filo punzante, por su atronadora llama, o con la mano desnuda, blande al viento contorneadas gotas, que tiñen con sangre su trazada. El temor ante mi imagen, perversa y cruel, visible reflejo en los ojos desencajados de los que me acatan, no es lo único destacable. Ese es mi aspecto más feroz, pero tengo otros; variable rostro que no necesita de artificios ni de golpes de efecto. Altanero, por mi apostura, conquisto incluso caminando. Lo habrás visto, y lo verás una y mil veces. ¿Qué importa el cuándo, el cómo o el dónde? Tarde o temprano reaparece; me instalo a tu lado y por encima. ¡No podrás escapar!
El efecto enmascarador del tiempo, que incansable oculta la evidencia, con bituminosa capa, no puede evitar que se repita. Es el vivo reflejo del triunfo. Ante mi presencia: temor y respeto. En mi presencia: justicia y sabiduría. Todo cabe; lo bueno y lo malo se reparte como en una lotería. Nada es previsible, tan sólo ese afán de poder y gloria, que lo caracteriza. Maratoniana migración de recursos anclados en el deseo. Quién no nace con poder, lo consigue; pero no es más el querer o el desear, que el tenerlo seguro.. Hay que nacer para estar ahí, bien alto. ¿Es difícil de imaginar que alguien pueda abarcarlo todo?
Retozando en las sombra, ocultos detrás de mis actos, otros aprovecharán el empuje, la fuerza. La imagen del emperador, del rey, del monarca se queda clavada, se extiende hasta en los quicios recónditos de la mente. Es intemporal. Por codicia o por admiración, contabilizamos los días anhelando el encuentro; atrae la envidia incluso cuando surge de lo más profundo del odio. ¡Desearás ser como yo!
La salvación, quizás... alcanzarme. A nadie le amarga un dulce y puede que, si eres fríamente justo, y tratas la crueldad con calidez, el amenazador rastro, de los que te aventajamos, pase de largo por tu reino.
Carmen Rosa Signes 060706



