23
Jun

El reloj de Euclidiana Fontana de Victor Valledor

De tan joven se rebalsa en belleza. La Euclidiana Fontana como así la conocen, anda paseando sus caderas como si detrás de ellas se anclaran todas las miradas de todos los hombres de la tierra. Gira en torno a la plaza y de allí al muelle a esperar la llegada del gran barco que anuncian desde hace veinte años.
La primera noticia se tuvo cuando la niña tenía nueve años. Ya han pasado veinte, como si una nube de relojes redondos con agujas de sílex fuera regenerando el tiempo y comiéndose la vida de todos por igual. Sentada sobre durmientes de madera anciana, espera a que la chimenea diga aquí estoy llegando Euclidiana, vengo a buscarte. Pero la chimenea no aparece, sólo aparece el horizonte con su delgada línea de ojos misteriosos y con sus labios salados y apretados a los corales nonatos de las ilusiones irremediables.
Vuelve en el atardecer. Vuela sobre la tierra dando inestabilidad a las raíces y a los frutos a los que ruboriza sin compasión.
Los ancianos confirman que sólo suceden por la noche los hechos trascendentales y que esas mismas circunstancias son las que alimentan las pasiones y las leyendas de los pueblos que aún sostienen su peregrinación sobre un mundo imaginario. Que las matrices se vuelcan sobre las calles y construyen ornamentos de viento a los monumentos que soportan estoicos los peores temporales de la ignorancia.
Euclidiana repite el fenómeno de la espera durante años impregnados de tedio, de aburrimiento conseguido a fuerza de no cambiar nada en la nada de esas personas concluidas.
En tanto y en cuanto las voces sigan, la vida continuará. Mas todo sería culminación si la chimenea negra apareciera en el horizonte y se llevara a Euclidiana hacia donde Ella desea ir.
El consejo de los ancianos deportados de las redes y de las capturas, se reunió en la estación meteorológica abandonada a raíz de que ya no era necesario saber el modo en que se comportaría el clima. Ya no se zarpaba a capturar peces; los últimos habían sido muertos hacía más de una década. Los más intransigentes propusieron decir toda la verdad a Euclidiana antes de que la belleza se alejara de su cuerpo. Otros, más volátiles y soñadores propusieron guardar el secreto y dejar que la niña siguiera rebalsando ya que no había otra en el pueblo con esas condiciones naturales.
Finalmente llegaron a una decisión que sorprendió a los ancianos, aunque fuera propuesta por ellos mismos. Harían imprimir mapas, con detalles de todos los puntos importantes del pueblo, nombres de calles, números de propiedades, accidentes geográficos y características del clima y del terreno que circunda el mar. Se les repartiría a todos los habitantes, por lo tanto llegaría a manos de Euclidiana y ésta comprobaría que un barco de gran tamaño no podrá nunca llegar a ese puerto pues carece de calado suficiente. Así se hizo.

La mujer más bella nacida desde la fundación del pueblo tomó el mapa y leyó detenidamente. No comprendió el objetivo de aquel mapa y comenzó a recorrer calle por calle y número por número, muelle por muelle, madero por madero hasta que divisó a lo lejos la gran chimenea de un barco que apuntaba su proa hacia el puerto.
Se paralizó. Su corazón hablaba más que su boca. Esperó cuatro horas hasta que pudo divisarlo perfectamente. Un enorme trasatlántico blanco, con grandes banderolas al viento y mástiles erguidos como amantes en la primera cita. Corrió a su casa, tomó la valija preparada desde siempre y corrió nuevamente al puerto. Miró con una sonrisa amplia. El gran barco seguía avanzando. Lo hizo hasta que se detuvo y ancló a unos mil metros de la costa. Del gran y portentoso objeto marino partió una pequeña embarcación con dos marinos negros; amarraron justo debajo de Euclidiana y la invitaron a embarcase con ellos. Euclidiana descendió la pequeña escalera, se sentó en el medio del pequeño bote, y los dos remeros comenzaron a mover las palas que revolvían el agua del mar. La mujer más hermosa de todas las mujeres hermosas olió por primera vez el mar desde dentro del mar. Observaba a su pueblo que se alejaba y la soledad de aquellas casas, de su casa, la cual podía divisar y ver que había olvidado la puerta abierta.
Por fin embarcó. Un sonido de máquinas trabajando por mover aquel artefacto y la alegría profunda de Euclidiana por haber cumplido su sueño marítimo.
El trasatlántico giró sobre su quilla inmensa y se alejaron.
Un anciano muy anciano se acercó al muelle y con lágrimas vio que el mar se llevaba a la belleza. Pensó, con un dejo de tristeza y de justificación humana:”El funeral más triste acaba de suceder en el mar”

Victor Hugo Valledor. Argentina.

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