"La Loli"

Estaba harto. En más de una ocasión había logrado bloquear su paso, devolverle el importe de la entrada y conminarla a no regresar jamás bajo la amenaza de denunciarla, pero siempre se me escabullía. Suponía que aprovechaba las aglomeraciones para colarse por alguna esquina confundida con el resto de espectadores.
Recuerdo el día en el que llegó la nueva acomodadora, debió pensar que era un áspero de mal genio. Primero no iba a dejar que se apropiara de mis clientes más adinerados, aquellos que soltaban siempre un duro de propina por un buen servicio; y segundo era mujer, ¿dónde se había visto una mujer acomodando? Creí que se llevaría más de un pellizco en el culo. Seguro que le provoqué algún quebranto con mis contestaciones.
— ¿Ha habido muchas acomodadoras en la ciudad? —preguntó.
— No, eres la primera y no es mentira. —Le contestó mi compañero.
Pero ese era el menor de mis males. Era domingo, la película de tensión e intriga, llena de estampidos y muertos, no era tolerada y habíamos llenado. Cada media hora nos turnábamos para controlar, linterna en mano, que todo el mundo se comportara correctamente. Sabedores de nuestro poder nos divertía ver cómo se le atragantaban la pipas a más de uno.
En la primera ronda encontré alguna parejita haciendo lo propio en “la fila de los mancos”, pero no siempre los ponía en vereda. Eso sí, era divertido ver cómo al paso de la linterna se quedaban quietos, inmóviles.
La tercera ronda le tocó a la nueva, aguardé que saliera para supervisar su trabajo, no me fiaba mucho.
— ¿Algo extraño? —le pregunté.
—No… Bueno sí. Algunos espectadores se quejaban de una musiquilla extraña, como un tintineo…
Entré despacio para ver si pescaba a Loli de una vez.
“La Loli”, así era conocida, había sido una mujer hermosa como pocas que encaminó mal su vida. Cayó en la prostitución y la calle y el alcohol hicieron el resto. A sus cuarenta y cuatro años aparentaba tener más de cincuenta. Las cuatro perras que sacaba las ganaba en los cines ejerciendo de “pajillera”, embadurnando sus manos con la simiente de algún que otro desesperado, al no encontrar otra ocupación con la que ganar los cuartos para poder comer.
Y ahí estaba yo intentando frustrar sus esfuerzos. Ante todo estaba mi empleo, aunque no negaré que de vez en cuando hacía la vista gorda.
CRSignes 100309

Dirección para referencias de este mensaje
7 comentarios
Sí, conozco el paño. No solamente de oídas si no que en una ocasión fui testigo directo de el hecho en un cine del final de Las Ramblas (bajando a mano derecha) de Barcelona. Existían ciertamente estas señoras aliviadoras de la tensión masculina.
No tuve ocasión de probar sus servicios, tal vez por falta de liquidez en aquellos años de mi juventud. Corría el año sesenta y seis de nuestra era (siglo pasado) y yo tendría unos diez y seis años. ¡Qué bien me hubiera ido entonces un trabajito de aquellos!
Curioso, duro y simpático a la vez texto.
Saludos Monelle.
No la conocía. Había visto la otra de la esquina, la del burdel, pero esta es muy acertada.
Manel, aunque repitas me encanta oír como hablas bien de mi trabajo, a quién no le gusta que le regalen los oídos. Gracias por seguir ahí, por tu apoyo, y esas sugerencias que tan bien me hacen.
Besos.
Carmen
Un beso, Carmen
Besos.
Carmen
Gracias Manel, gracias Monelle.
Fran
Saludos.
Carmen
Dejar un comentario