Comienzos

Llevábamos un año juntos, y cuatro años hacía que nos vimos por primera vez, momento de echar la vista atrás y recordar aquellas pequeñas cosas que nos unieron. Eran nuestros comienzos... Recuerdos que siempre estarán ahí.
Comienzos
A mi amado esposo
De ollas y azúcar prestado,
de dulces naturales y frutas maduras.
De aromas exóticos para mi olfato virgen.
De colores oxidados y fuertes.
De amores escondidos en cada cucharada.
De un poco de frío, un poco de viento y lluvia y tu calor
De aquella macedonia que sobró.
De tus manos tecleando antes de manosear mis senos.
De aquella cama que destrozamos.
Cocos, arenas claras, y .barquitos portugueses.
Pan de diez pesos bajo el brazo y tú paseando por la orilla.
De mis trenzas jugueteando en el parque,
esa foto que tanto te gusta.
Tres días, una casa prestada y la primera pelea.
Dos noches, unos crêpes improvisados,
y una declaración.
CSignes 2007
Por el hijo amado

Mientras por la ventana entraban los albores del día como una prolongación del renacer constante, al mismo tiempo en el que el último grito materno se dejaba sentir, vino al mundo Ricardo.
Dos días atrás, Leonor había tenido un mal sueño que le hizo despertar con la sensación de que su hijo sería perseguido. Le angustió que el primer sonido en llegar a sus oídos nada más dar a luz, fuera el grito de un ratón que intentaba huir del depredador del que al final fue preso. El eco de la muerte del roedor se confundió con el llanto del recién nacido, y éste, a su vez, con las palabras de la matrona felicitándola por el feliz suceso.
En los años venideros, aquella madre se abnegó por darle toda la educación que estuviera en su mano, sentía especial predilección por Ricardo, y aquél niño se ilustró como antaño lo hiciera ella. Leonor, tuvo que soportar las protervas acciones de un esposo del que se separó pronto. Inglaterra necesitaba un rey, y como es natural su hijo mayor fue nombrado corregente; mientras el legítimo rey Enrique se entretenía. Las disputas con sus hijos por su comportamiento díscolo fueron constantes. Enrique pudo repelerlas hasta que Ricardo logró conquistar a su bien amado Juan, su hermano, hijo predilecto de Enrique, acólito ser que le respetaba sin cuestionarlo. Gracias a este hecho, el rey se vino abajo.
El episodio que marcó el nacimiento de Ricardo casi estaba olvidado, Leonor había sido testigo de su exitosa vida, y lo único que enturbió su optimismo fue ver como Juan, aprovechando la ausencia de su hermano que luchaba en Tierra Santa contra Saladino, le arrebató el trono de Inglaterra. Pero hasta eso fue superado.
Corría el año 1199 y en él: batallas monumentales, intrigas perversas, secuestros, incluso naufragios. Leonor debía pensar que ya nada podía truncar la vida de su hijo, no contaba con una irrelevante disputa, cuyo resultado se tradujo en un enfrentamiento del que Ricardo salió malherido; un pequeño rasguño en el cuello que acabó infectándose, y por el que la vida se le escapó. Un homicidio involuntario, dejado en manos de la mala fortuna; un hecho insignificante, como la vida de aquel roedor que sucumbió entre las zarpas de su verdugo al nacer Ricardo.
Leonor lloró nuevamente ante su hijo, aunque en esta ocasión, junto a sus lágrimas, se le derretía el alma.
CRSignes 150106
A través del tiempo

Toco la aldaba de bronce envejecida. Un solo golpe resuena. Sorprendida, asustada, siento el taconeo cercano, la puerta se abre. Del interior surge la figura esbelta de una doncella ataviada con un traje isabelino negro, delantal y cofia blanca. “Temo no poder servirte —me dice —, espera a tomarte esta galleta, y podrás entrar”. Le hago caso y muerdo. En un abrir y cerrar de ojos, alcanzo el tamaño de la puerta. No sé si es ella que se alarga o yo la que se encoge. Cruzo el umbral y me reciben con júbilo los invitados a un banquete de té, tarta y pastas. Sentada entre un conejo que come aprisa, y el anfitrión que se presenta como el sombrerero loco, justo enfrente de mí, sentada una niña. “Es Alicia, y me ha seguido”, —dice el conejo. “No, Alicia soy yo”, —le digo. “No, es ella”, —contestan todos. “¡Soy yo!”, —insisto. Me miro en ella, y no me reconozco. Decido regresar sobre mis pasos, encontrar el camino de vuelta, pero no veo más que mi reflejo en un espejo de plata. Cuando retorno mi mirada, la mesa ha desaparecido, y el conejo, el sombrerero, las tazas, tartas, todo, todos menos la doncella. “Este no es tu tiempo Alicia. El tuyo ya pasó”, —dice mientras me entrega otra galleta que muerdo.
“Me llamo Alicia, tengo 15 años, y hoy me convertí en mujer.”
CRSignes 250309
Casino

El suelo reflejaba la desmesurada ostentación del casino. Objetos de dudoso gusto, decoraban un salón que bullía en animada actividad.
El ambiente enrarecido acabó por irritarla. Comenzó a sudar. Las mesas escondían algo más que los trucos de la casa para no perder. Mentiras y falsedades en cada una de las historias de aquellos jugadores compulsivos, apilando deudas, fortunas y, de vez en cuando, alegrías ante la acertada forma de jugar de algún espabilado tahúr. Entre el canalillo de su vestido rojo satén, las gotas de sudor paseaban de forma molesta.
—Señora, ¿le sucede algo? Parece que a su pareja no le importa demasiado que sufra. ¡Es sólo un juego Madame! En el que su partenaire encima tiene suerte. —Dijo el crupier sin apartar su mirada del exagerado escote.
—Si nos disculpan se lo robo un momento.
—Cómo no. Mientras sólo sea eso lo que nos sustraiga…
En aquel momento, en la terraza, se reproducía un paraje tropical. Las micro-gotas de la refrescante recreación le aliviaron el sofoco. Próximos a la barandilla, protegidos de miradas indiscretas, le levantó la manga del chaqué para manipular los botones del panel de mandos.
—Lo siento, lo siento… No podré continuar la farsa.
—Va bien. —La voz del procesador le infundía seguridad.
—Nos pillarán, bueno me pillarán. Estoy demasiado tensa, fue un error no introducir parámetros para muestras de cariño en tu programación. ¡Me hace tanta falta el dinero…!
—No imagino en qué ayudarían esos datos, escapa a mi lógica, pero con una partida más obtendrá lo que necesita.
—Me habían hablado bien de vosotros, si el resto de cosas… —le besó —no pienso separarme de ti en la vida. Brrrrr —estaba tiritando— Han cambiado el ambiente y hace demasiado frío.
Entraron mientras les rodeaba un remolino de micropartículas de hielo. El androide le pasó el brazo sobre los hombros.
—Veo que se encuentra mejor. Les estábamos aguardando. ¿Comenzamos?
—Gracias. Pero alguien cambió la programación de la terraza, poco le faltó al frío para lastimar mi salud.
No le había bajado la manga al androide, mientras le besaba la colocó en su sitio. El crupier le guiñó el ojo con complicidad.
A la media hora salían del casino rumbo hacia su planeta de origen, el androide con el dinero suficiente en la cartera y ella con una sonrisa de satisfacción que le iluminaba el rostro.
CRSignes 271108
Amor en penumbra

Dejaron en penumbra la habitación. Los asistentes, primerizos y veteranos, inquisidores algunos, escépticos en su mayoría, aterrorizados otros, se mostraban impacientes. La presencia entre ellos de personajes públicos y periodistas, daba al espectáculo una categoría impropia de una situación tan extraña como ilusoria. Florence Cook se había convertido en el acontecimiento de moda desde finales del siglo XIX.
Entre los asistentes, William Crookes, había dedicado desde 1875, cuando Florence era tan sólo una niña, su tiempo en investigar el caso de aquella mujer preparada para materializar el cuerpo del espíritu que se hacía llamar Katie King.
La médium, situada en el fondo de la sala, entraba en un trance capaz de provocar fenómenos nunca pensados, y que tan sólo él, había estudiado.
Los fluidos surgían desde la nariz, la boca y los oídos de Florence, conformando el cuerpo que avanzaba sigiloso hacia los invitados. La figura, surgida de la unión de la energía canalizada de la médium, deambulaba esperando las preguntas de los asistentes. Florence apenas si abría la boca. Con los ojos cerrados, como desmayada, parecía ajena a lo que sucedía. Katie la domina.
Envuelta en blanco sudario, siempre cerca de la fuente que la creó, deja que pregunten y observen. Su bello rostro, pálido y triste, tiene una amarga noticia que comunicarles. Aquella será su última aparición.
William se siente morir. No sabe por qué, pero lo idolatra; desconoce cómo pero cree estar enamorado. Vive obsesionado. Desde sus investigaciones y con ellas, la ha defendido, para acabar admirándola. La desea, no comprende su marcha.
Katie se coloca a la altura del científico, que con la respiración entrecortada la aguarda. Siempre ha estado allí, a su lado, ella lo sabe, pero no puede más. Su misión se ha cumplido. Comienza a desvanecerse, hasta desaparecer.
La busca en los ojos, al fin abiertos de Florence, que sale del trance entre los aplausos de los presentes que se marchan.
La amó, y ese sentimiento murió con ella. Un secreto a voces, desvelado por sus gestos, su admiración y el celo en defenderla, aunque siempre argumentó el carácter científico de su presencia.
¿Fue Katie consciente de aquellos sentimientos? Y si no fue así, ¿mereció saberlo?
Hermoso sería pensar, que algún encuentro privado los uniera de nuevo. Tanta dedicación, mereció un premio.
CRSignes 250109
La chica Biograph
A Florence Lawrence (2 de enero de 1886-28 de diciembre de 1938)

“La chica de Biograph” gritaban, y se hacía un corro a su alrededor. Había conseguido, primero que nadie, convertirse en estrella de la gran pantalla. Su candor en la interpretación y su belleza aniñada obraron el milagro.
A Florence al principio no le importó que su nombre no trascendiera, ningún actor salía en los créditos; pero a poco ella saltó a otro escalón. Se alimentó su vanidad, y junto a ella la ambición de quién sí supo ver en todo aquello un negocio.
La industria cinematográfica crecía, y lo que hasta hacía bien poco no dejaba de ser un fenómeno casi de feria, comenzaba a verse, sin exagerar, con los ojos del arte. Las masas buscaban sensaciones renovadas, y en aquel siglo, el XX, recién estrenado, todo tenía sabor a nuevo. Pronto casi ya ni podía salir a la calle, la gente la buscaba, le escribía, incluso la imitaba; la adoraban. Con una buena campaña publicitaria lograron elevarla al nivel de los mitos, ya no era esa chica de las mil caras, sino Florence Lawrence, una estrella. Pero la fama es voluble y tan efímera como la que consigue un jugador que, en el último minuto, marca el tanto que salva a su equipo del descenso. Y los suelos tapizados en rojo se fueron decolorando. Pronto los demás estudios descubrieron la picardía de ensalzar sus propias estrellas, y por momentos, el cielo se iluminó con los favoritos de un público creciente, exigente. A Florence le siguió Mary Pitford “la novia de América”, Douglas Fairbanks, Valentino, Chaplin, y tantos y tantos otros que entre ellos casi eclipsaban el fulgor de sus antecesores. Por si eso fuera poco, después de recuperarse de un accidente en un rodaje, le dieron la espalda; inventó una y mil formas con las que sobrevivir, y durante veinte años lo logró. Pero a Florence le pudo la soledad. Había sujetado la antorcha de la gloria en solitario, y no asimiló bien pasar el testigo del éxito. No soportó transitar del todo a la nada. El vestigio de su travesía, por ese Olimpo renovado, calló en un saco sin fondo. Nadie la contrataba, nadie la recordaba ni la deseaban. Y se abrió una grieta en su corazón.
Florence, dejó el mundo una tarde de diciembre de 1938 en la habitación de un hotel, sola. Una sobredosis de barbitúricos cerró sus ojos para siempre.
CRSignes 200807
La caja de música

María y yo habíamos llegado a un acuerdo. Aficionados a las antigüedades, nos faltaban tanto los medios como los recursos para adquirir cuanto nos apetecía, así que el trato consistía en comprar objetos que no sobrepasaran nuestro ajustado presupuesto.
— ¿Dónde está el truco? – Preguntó María. —Seguro que te ha costado más.
Su forma ovalada escondía una mariposa metálica que parecía real; bajo ella, una llavecilla; y tras el llavín, la cerradura que ocultaba el resorte, que precedido por un silbido, avivada el insecto y disparaba la música persistente que acompañaba sus movimientos.
Conseguí la caja de música en un rastrillo. Aquella delicada pieza encerraba un secreto que posiblemente había pasado inadvertido. Temí que fueran a pedirme una fortuna por tan extraordinario artilugio, pero no fue así. Era tal su encanto que dejabas cualquier cosa que tuvieras en mente para entrar en un estado de relajación perfecto. Por tal cualidad decidimos acomodarla en la habitación de nuestro bebé.
Despertamos con el llanto de la pequeña y el sonido ralentizado de la caja de música que había caído a tierra. Sabedores de su cualidad pacificadora, le dimos cuerda y regresamos a la cama. Un segundo después, el llanto desconsolado volvía a acompañar al sonido desacorde del ingenio. En esta ocasión, María decidió quedarse con la niña.
Pasado un rato, resolví intercambiarme con ella. Caminé despacio para no hacer ruido; aquella musiquilla sonaba dulce. A pocos pasos de la habitación, los sones se tornaron tétricos. Entré. María, con la tez blanca estaba paralizada viendo como la niña, suspendida en el aire, era zarandeada por un engendro mecánico surgido de las entrañas de una caja irreconocible, que había mutado tanto de tamaño como de forma. La mariposa había metamorfoseado a gusano. El cuerpo de la pequeña, que se agitaba nerviosa mientras lloraba, volvió a caer sobre la cuna. Como pude, la tomé en brazos y junto a Maria huí de la casa espantado.
Regresé con el día esperando que al terminar la cuerda la caja hubiese vuelto a su estado primigenio, pero había desaparecido.
Durante más tiempo del esperado, no nos sentimos con ánimo de dejar sola a la pequeña. Hacíamos incluso guardias nocturnas hasta que comprendimos que había desaparecido el peligro. Ese mismo día, la prensa destacó en titulares la misteriosa desaparición de un bebé. La foto que encabezaba el artículo, mostraba sobre la cómoda situada al lado de su cuna, una caja ovalada.
CRSignes 280308
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