Historia de un títere

Si el salitre no hubiese endurecido los hilos de los que pendía, nunca lo hubiésemos encontrado. Cayó a tierra. Yacía cubierto de polvo y suciedad; su cuerpo desvencijado y revuelto, acentuaba la inmovilidad. Sin la prolongación de sus apéndices, apenas si retornaría a la vida, era difícil reparar en la especial forma de su cuerpo enjuto y alargado; en los delgados miembros partidos por las articulaciones; en la cabeza redondeada coronada por un cónico sombrero rojo, con aquella nariz puntiaguda hundida hacia el interior.
Papá le sopló con fuerza y me entregó el muñeco. “Ve y sumérgelo en agua jabonosa. Si lo recuperas te contaré su historia”.
Era de madera, el tono azul de su camisa contrastaba con el amarillo del pantalón de peto, tipo tirolés; el sombrero había perdido la pluma; y el rosa de sus mejillas estaba descolorido. No pude devolverle la forma, tal era el nudo orquestado por sus cuerdas. Intuí que sin la cruzada superior su recuperación sería imposible. Corrí hasta papá que había regresado al desván; entre sus manos una fotografía que mostraba un viejo carromato de madera; junto a él, un anciano sonriente sostenía varios títeres de hilos, y justo enfrente, desparramado por el suelo, un grupo de niños parecía divertirse.
“¿Quién es papá?”, le pregunté. La respuesta vino de la boca de aquel muñeco narigudo que se movía grácil delante de mí, una vez que papá desenredó los hilos. “No le conozco”, la voz sonó aguda, versión falsificada de la de un niño. Entonces, aquella protuberancia nasal comenzó a crecerle. Cualquier movimiento del muñeco se veía precedido por aquella nariz, que parecía querer libar de todos los objetos de su contorno. “No le hagas caso pequeña. Cuando falta a la verdad le crecen las narices. El de la foto es tu abuelo, mi padre, y se pasó la vida animando sus creaciones. Pinocho fue una de ellas, pero no supo comprender, y aún no comprende que no se puede intentar ocultar la verdad, negar lo que uno es. “¡Maldita puta con alas!” Farfulló el muñeco. “Nunca aprenderás hermano”, contestó papá.
Antes de salir del desván, vi cómo bajaba su cabeza a la vez que su nariz retornaba al tamaño original. Mientras desenredaba nuestros hilos, papá me contaba un relato que comenzaba el día en el que nació hacía ya mucho tiempo.
CRSignes 230809

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8 comentarios
Muy pintoresco y descriptivo este relato.
Besos
La última vez que alguien se soprendió conmigo era porque no me había apreciado con justicia. Es como el desear suerte, que lleva escondido una negación de la capacidad, en este caso del escritor...
Ir más allá y dar vida a los cuentos "de siempre", forma parte del "oficio de escritor" guste o no guste.
Es un texto reciente, como se aprecia en la firma: "CRSignes 230809" que parece tan sólo un pelín más largo de lo habitual.
Como novedad también tenemos el lenguaje soez y rudo del niño/muñeco.
Y como es habitual empleas una pictoricidad digna de fotógrafo y con abundantes recursos literarios, como por ejemplo esta perífrasis: "cuando falta a la verdad" (decir mentiras o mentir) en lenguaje coloquial.
Me ha gustado.
Besos a los dos.
Carmen
Encantada!!!
Muchos besitos, Carmen!
Besos Loli.
Carmen
besos : )
Besotes.
Carmen
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