Un tango por San Jehudiel

El exquisito sonido de aquel tango, sorteaba la tarde espesa y húmeda del arrabal bonaerense. El calor resbalaba sus gotas sobre las siluetas alargadas de los paseantes, que se dejaban acariciar por el embrujo de la canción surgida de un viejo gramófono… y bailaban, o más bien se deslizaban a su compás. Catalina aguardaba a su amante. Aspiraba despacio el humo de su pitillo, mientras sostenía con la otra mano una copa de coñac. Lejos de ocultar su pecado, lo exhibía sin reparo. Había dicho que su esposo no la deseaba, que sólo se había casado con ella por su belleza, que quería sentirse arropada por los brazos de la pasión, aunque sólo fuera con el baile. Por eso bailaba como nadie. Se lanzaba en brazos de cualquier compadrito, para pasar con él la tarde y, por que no, la noche. Nunca se dejó ver dos veces con el mismo hombre. Era sumisa en los comienzos, e implacable y cruel en las despedidas.
Manuel había entregado su vida a la persona equivocada, y ésta, en lugar de evitarle el escarnio, lo exhibía en los suburbios. Aquella situación le encendió los celos. Al adentrarse en el arrabal le pareció reconocerla a cada paso, en cada esquina, en brazos de todos los hombres con los que se cruzaba. Aquella sería su última aventura.
En la noche cerrada seguía sonando la música. Las baldosas barridas por las pisadas de los bailarines, brillaban. La pericia de aquellos hombres y mujeres le hipnotizó. Creyó reconocer en ellos, la pasión olvidada de su esposa. Mientras tanto Catalina seguía aguardando. Ni siquiera alcanzaron a verse.
De entre las sombras dos figuras surgieron al unísono. La primera se acercó hasta ella, la segunda se situó frente a Manuel, y dándole una medalla le dijo:
— Es una historia vieja, una canción conocida, amigo mío. ¿Por qué dejarse atrapar por los celos, cuando fuera de este ambiente existe otro canto más amable y dulce?
Catalina se entregó al baile. El último giro terminó con ella. La sangre de la puñalada salpicó su rostro. Murió de la mano de un amante despachado. Se derrumbó sobre sus brazos con el ritmo final del tango. Sin comprender lo sucedido todo el mundo aplaudió.
Manuel se alejó de allí, sin ser consciente de nada. La figura que le convenció había desaparecido. Sobre su mano abierta una medalla de Jehudiel.
CRSignes 251009

Dirección para referencias de este mensaje
6 comentarios
Un besito!
Besos.
Carmen
un gran trabajo con los angeles, Prima...
Carmen
Entras muy bien con un ambiente tópico y típico: el arrabal bonaerense, el gramófono, amante, pitillo... Pero no por ello es malo sino todo lo contrario.
En dos frases retratas a la mujer: "Nunca se dejó ver dos veces...", "Era sumisa... y cruel".
Una imagen vale más que mil palabras y en el texto hay muchas:
- Manuel, cual Othello persiguiendo su Desdémona
- "En la noche cerrada seguía sonando la música. Las baldosas barridas por las pisadas de los bailarines, brillaban.".
Pero para imagen, el desenlace que llenas de pictoricidad: "último giro, sangre, se derrumbó..."
Una historia intensa llena de pasiones, traiciones, odios y hasta el arcángel Jehudiel.
Me ha encantado, ¿te animarías a hacer un guión para un corto basado en tu relato?
De nuevo te agradezco la lectura, espero que el resto de historias de esta serie, sigan atrayéndote.
Besos.
Carmen
Dejar un comentario