Flor de caña
A Federico García Lorca, y a aquella mulata anónima de la que se enamoró

El sol cae con aplomo, calentando el embaldosado centenario de los callejones habaneros que le llevan hacia su destino. Federico, camina, se detiene, contempla, no desdeña conversaciones mundanas, familiares, vulgares formas, ni sonrisas, ni peticiones; nunca rechaza un buchito de café, o de ron, puede que incluso tolere insultos. Busca el encuentro fortuito, persigue aquello que le obsesiona, y pregunta, interroga. Necesita saber. De vez en cuando descansa de los calambres de las caminatas interminables. Algún mango reverdece los patios desvencijados de las cuarterillas. Desde la silla que le ofrece una negrona inmensa, se recrea en la vida que se esconde tras sus puertas. Allí sentado, con la taza de café humeante recién molido en la mano, rememora las tardes de verano de su tierra; pero el acento distinto, el calor sofocante, los sonidos,… le sacan del hechizo, y sorbe el elixir amargo y oscuro, dulcificado con el azúcar de caña.
— Gallego, hábleme de la madre patria —le dice la mujer mientras su rostro se ilumina con una gran sonrisa.
Pero Federico tiene las ideas fijas, no desea más que encontrar el objeto de su deseo. Se mueve por los pasadizos de calles buscando los ojos, el cuerpo de una mulata que ha visto en un cuadro.
Desconoce su nombre, solo puede recrear con palabras: el tono de su piel, el brillo de su sonrisa, aquellos ojos claros, y las voluptuosas formas con las que consigue ensalzar a la mujer cubana, como la más bella del mundo.
Oculta sus sentimientos tal vez por el miedo a ser juzgado. Muy pocos conocen de su ensueño, de aquel amor imposible acorde a su forma de ser. Nada más contemplar su imagen, aflora en él: el trovador, el poeta infame y desgraciado, que se contenta tan sólo con aspirar a su amada en la distancia. Él, rodeado siempre de mujeres que no se resisten a su encanto, inteligencia, a su arte, ve cómo su deseo esconde la fiebre desesperante del amor platónico, de aquel que se busca aún a sabiendas de que no va a ser correspondido. Sabe que antes incluso de que se marche de la tierra que le ha acogido y embrujado, lo único que le quedará será la imagen de aquella mujer hermosa, colgada del muro de sus deseos, y que le acompañará siempre.
CRSignes 061209

Dirección para referencias de este mensaje
4 comentarios
Carmen, este texto es muy bueno. Normalmente eres muy cuidada y exquisita tanto en la elección y colocación de las palabras como de la distribución del texto en general. Es decir tus escritos acostumbran a ser como relojes suizos. Este es más, es una joya.
No he contado las líneas, ¡aunque sé que normalmente no pasas de 30! y está todo, ahí, condensado como en un chip:
- Descripción del lugar (¡quí estás jugando con ventaja!) al que añades la ambientación del calor al que añades un contraste.
- Romanticismo, amor no correspondido y morbo sintetizados en la acción de buscar "la mulata del cuadro", jugando con amor platónico y a la vez con un "moreno objeto de deseo".
Así, sometes al personaje a dos conflictos: la futil búsqueda de su amor y al mismo tiempo, de disimular o esconder sus emociones. ¡Cosa difícil para un poeta!
Y para finalizar acabas con unas frases dignas de citar:
"Sabe que antes incluso de que se marche de la tierra que le ha acogido y embrujado, lo único que le quedará será la imagen de aquella mujer hermosa, colgada del muro de sus deseos, y que le acompañará siempre.
Besos.
Carmen
besos Prima : D
Carmen
Dejar un comentario