El Rock'n'Roll de Miss Samuels

La música llegaba con fuerza desde la calle. La ventana abierta permitía aquella intrusión que pronto fue interrumpida por la rápida intervención de Miss Samuels, que reclamaba la atención sobre el cálculo matemático que Carol intentaba desentramar.
A los alumnos les había resultado graciosa la penetración en clase de aquella antigua canción.
Miss Samuels, se acercó hasta el encerado y comenzó a correguir los errores de su alumna, antes de concluir el ejercicio.
El timbre que avisaba del final de la clase sonó. Los alumnos abandonaron el aula como locos. Carol, aún en pie, esperaba algún comentario de su profesora.
— Aproveche el fin de semana, señorita, la juventud no dura siempre, no corra el riesgo de perderla.
Los sones volvieron a violar el silencio. El vehículo, un Buick descapotable, un clásico, aparcado en la calle, volvió a la carga con el volumen a mayor potencia.
Miss Samuels tomando el bolso salió. En el ambiente seguía flotando aquel Rock’n’Roll. Miss Samuels, comenzó a generar chasquidos rítmicos con sus dedos. Los que se cruzaron con ella, tuvieron que esquivarla, pues aquella tranquila mujer, ahora se desplazaba ligera contoneando el cuerpo siguiendo el ritmo de la canción. Su rostro sonriente parecía haber recuperado la lozanía.
Pasados unos minutos, y antes de alcanzar su destino —la sala de profesores—, la música paró, y ella comenzó a palidecer de nuevo.
Entró como pudo en el aseo donde se encontraba Carol, preocupada por disimular las espinillas de su piel.
— Tiene mala cara. ¿Llamó a su esposo?
— No, pequeña, no. No estoy casada. Abre mi bolso, por favor, y si encuentras un pequeño monedero dámelo.
Miss Samuels extrajo de él una diminuta medalla de plata, que besó antes de colgársela del cuello.
— San Zadkiel, me devuelve la alegría y las ganas de vivir. Esta es la medalla de mi novio. Murió días antes de nuestra graduación. Aquel día íbamos a asistir a un concurso de baile. Bailábamos el Rock’n’Roll como nadie, pero un accidente de coche se lo llevó.
La voz y el ritmo pegadizo del rey, sonó de nuevo. Miss Samuels cerró su bolso, pellizcó cariñosamente el moflete de la joven, y se marchó.
Dos días más tarde, encontraron a Miss Samuels muerta en su domicilio. Calzaba unos hermosos zapatos de gamuza azul, y el disco de Elvis seguía sonando en el tocadisco con su inconfundible voz.
CRSignes 17/01/10
Las mujeres que amó

Alejarse del hogar ya fue todo un logro. La soledad forjó su especial forma de sentir, de creer, siempre en oposición a sus pensamientos. No podía seguir así. Debía descubrir, conquistar, convertirse en el ser ambicioso que hubiera querido aquella madre que murió demasiado pronto entre sus brazos. “Hijo mío, algún día conquistarás a una mujer”. Y ¿cuándo será eso?—Le preguntó. “Tú sabrás cuándo”. Su madre, hermosa como pocas, no había tenido tiempo de educarlo, quizás se precipitó. Sabía que de ella había heredado el cabello rubio y la sonrisa, pero no los ojos. ¿De dónde le venía aquella penetrante mirada de azul intenso? Si hubiera conocido a su padre, seguramente éste le habría dicho aquello de que las mujeres son engañosas y falsas, y se lo habría creído.
Le tiraba la piel, tenía frío. El sol estaba levantándose. Agradeció la llegada de tan cálido aliado.
Una noche en vela dando vueltas a su deseo le animó. Apareció a tientas por la esquina de la casa. Desde el quicio de la ventana, el humeante pastel dejaba escapar su aroma en dirección a sus pasos. Lo tomó presto, era su primera conquista.
Vociferando, aquella mujer salió buscando al ladronzuelo. ¿Gruñía? ¿Qué extraño lenguaje era ese? Le recordó a su madre. Los ojos azules eran la señal que estaba buscando.
Lo había tramado minuciosamente. La llevaría a casa, más adelante ya pensarían en mudarse. Aunque él era reacio a abandonarlo todo.
Apenas sintió el tacto frío y escamoso alrededor de su tobillo, se desmayó. La tomó en brazos, ya podía regresar. Sintió alivio al notar el húmedo fango bajo sus pies. Poco a poco se fue adentrando en la ciénaga. Tenía ganas de despertarla, de enseñarle todas sus cosas, de explicarle la razón de su conquista, de su necesidad.
El agua del pantano no llegaba nunca a calentarse, el sol con dificultad apenas si alcanzaba el fondo. El frío húmedo pudo más que la impresión, y despertó.
Miró el tímido pero aparentemente complacido rostro de aquel monstruo rubio, sin comprenderlo, antes de gritar y convulsionarse desesperadamente. Los decepcionados ojos de un azul intenso de la bestia se desdibujaron del reflejo del agua cuando se sumergió con ella entre sus brazos.
En el fondo pantanoso de la ciénaga ahora descansa la bestia junto al los restos de las dos única mujeres que ha amado.
CRSignes 060209


