Tras el impacto brillante que repartió amargura

Malos vientos arrastraron, de punta a punta del planeta, fragmentos punzantes que traspasaron pieles y vidas. Aquella arbitraria y compleja infección, producto de la malévola ambición de un diablillo perverso que vio destrozado su invento al querer enseñárselo a Dios, dejó al mundo partido en dos. De una manera u otra, nadie quería saber o hacerse cargo de aquel destino cambiado y disconforme. Unos por no comprenderlo y otros por no ser conscientes. Así sucedió que, en mi búsqueda, topé con un individuo perfecto: un niño, un alma pura que en su desesperante cambio era incapaz de reconocer los vínculos más cercanos. Se había vuelto insensible y distante.
Observé desde las alturas, mientras repartía mis gracias, cómo las criaturas simples, sobrevivientes al impacto brillante que repartió amargura, intentaban aliviar la baja temperatura con juegos. La nieve en su cara más amable, cuando comienza a ocultar los objetos, sirve para desenvolver las más variadas artes de diversión. Y en eso estaba él, intentando reír las gracias de una muchacha de su misma edad, que no comprendía el porqué de su serio rostro, de su tristeza, de su distanciamiento. Ante la negativa del muchacho por divertirse no tardó en quedar solo.
Lo sentí cercano, era como yo hermoso y frío. Aquel fragmento clavado en su retina oscurecía su visión; y el del corazón, sus sentimientos. Ambos seríamos felices. Por eso, sabiendo que nadie nos miraba, le ofrecí el cálido cobijo de mi abrigo, y lo rapté.
Atravesamos el cielo hasta acomodarnos en palacio. Parecía sentirse bien, tocaba mi rostro, me alisaba la melena. Con un beso logré que resistiera las gélidas condiciones a las que yo estaba acostumbrada, pero sólo en apariencia, pues no logré mitigar los efectos que le hacían. La tintura de su piel fue tornándose cada vez más oscura. Al poco tiempo, las costras y heridas que la congelación le causaba afearon sus rasgos, y me cansé de él. Su compañía me resultó tediosa. El mundo no paraba, y yo debía partir para seguir administrándolo, continuar mi búsqueda.
Cuando regresé había desaparecido. Como únicas huellas de su paso por palacio: la cartera que le había regalado, en la que guardaba los pedazos de hielo con los que jugaba a construir palabras y formas; dos fragmentos diminutos de aquel espejo endemoniado; y en el suelo helado un agujero que aún guardaba el cálido contenido en lágrimas, que consiguieron salvar su alma.
CRSignes 181009
…et bête

Parece asombrarse de sí misma, de cómo aguanta el tipo después de haber sido capturada y encerrada. Intenta guiarse por un hilo de luz al principio apenas perceptible, que entra a hurtadillas en aquel húmedo habitáculo en donde descansa del pánico. Aquella rendija dosifica, a partes iguales, el hedor acre de las inmundicias de años de clausura, y la blanca línea —que desaparece por momentos— con la que pudo dibujar los contornos. Teme, y con razón, que la interrupción intermitente de la luz, se deba al paso de las figuras que la aguardaban al otro lado. “¡Prudencia!” Suspira imperceptible. Comprende que su destino no es terminar en aquella oscura y maloliente sala.
Cuando su renacido valor toma posesión de su ánimo, se alza para avanzar siguiendo la pared. A lo lejos, puede contemplar una primera forma, más o menos conocida, que se le insinúa como un obstáculo que debe ser sorteado, pero como por arte de magia, aquella silla desaparece. Su aventura no vería su fin, hasta que lograra salir.
Fuera como fuese, con pericia, pese a ser consciente de que todo en su entorno —sombras difusas de silueta conocida— se mueve, alcanza el corredor cerrado por una gruesa puerta de madera que abre.
La húmeda y fuerte ráfaga de viento, le hace retroceder. Un relámpago ilumina el pequeño patio interno de aquella construcción ciclópea y fría, que corona las alturas con gárgolas de piedra de formas amenazantes.
¡Creí haberla encontrado!
La lluvia irrumpe con fuerza y entra en una nueva estancia. La luz de las velas y candelabros titilantes tranquilizan su ánimo. Se acerca hasta la gran chimenea para calentar su cuerpo aterido, y aguarda fregando fuertemente sus manos, para devolverles el calor.
El tiempo transcurre lento…no pude dejar de mirarla.
Se envalentonó, era una muchacha de fuerte talante. Decidida a escapar de palacio, guía sus pasos hacia la entrada. El lujo exquisito deslumbrante, que la rodeaba, la entretiene, despierta su ambición, y entonces…
Se repite la historia por cuarta vez. Ninguna de ellas ha mostrado la sumisión y respeto anhelado. Debemos seguir aguardando.
Su rostro desencajado —me gustaría creer que no por mi aspecto de animal salvaje, sino al contemplar a mis sirvientes transformados en las piezas lujosas, antaño inanimadas, que me envanecieron y me hicieron presa de la maldición de la que tal vez podamos salir pronto—, me confirma que debo seguir buscando.
CRSignes 011109


