3
Mar

Las mujeres que amó

Alejarse del hogar ya fue todo un logro. La soledad forjó su especial forma de sentir, de creer, siempre en oposición a sus pensamientos. No podía seguir así. Debía descubrir, conquistar, convertirse en el ser ambicioso que hubiera querido aquella madre que murió demasiado pronto entre sus brazos. “Hijo mío, algún día conquistarás a una mujer”. Y ¿cuándo será eso?—Le preguntó. “Tú sabrás cuándo”. Su madre, hermosa como pocas, no había tenido tiempo de educarlo, quizás se precipitó. Sabía que de ella había heredado el cabello rubio y la sonrisa, pero no los ojos. ¿De dónde le venía aquella penetrante mirada de azul intenso? Si hubiera conocido a su padre, seguramente éste le habría dicho aquello de que las mujeres son engañosas y falsas, y se lo habría creído.

Le tiraba la piel, tenía frío. El sol estaba levantándose. Agradeció la llegada de tan cálido aliado.
Una noche en vela dando vueltas a su deseo le animó. Apareció a tientas por la esquina de la casa. Desde el quicio de la ventana, el humeante pastel dejaba escapar su aroma en dirección a sus pasos. Lo tomó presto, era su primera conquista.
Vociferando, aquella mujer salió buscando al ladronzuelo. ¿Gruñía? ¿Qué extraño lenguaje era ese? Le recordó a su madre. Los ojos azules eran la señal que estaba buscando.

Lo había tramado minuciosamente. La llevaría a casa, más adelante ya pensarían en mudarse. Aunque él era reacio a abandonarlo todo.
Apenas sintió el tacto frío y escamoso alrededor de su tobillo, se desmayó. La tomó en brazos, ya podía regresar. Sintió alivio al notar el húmedo fango bajo sus pies. Poco a poco se fue adentrando en la ciénaga. Tenía ganas de despertarla, de enseñarle todas sus cosas, de explicarle la razón de su conquista, de su necesidad.

El agua del pantano no llegaba nunca a calentarse, el sol con dificultad apenas si alcanzaba el fondo. El frío húmedo pudo más que la impresión, y despertó.
Miró el tímido pero aparentemente complacido rostro de aquel monstruo rubio, sin comprenderlo, antes de gritar y convulsionarse desesperadamente. Los decepcionados ojos de un azul intenso de la bestia se desdibujaron del reflejo del agua cuando se sumergió con ella entre sus brazos.
En el fondo pantanoso de la ciénaga ahora descansa la bestia junto al los restos de las dos única mujeres que ha amado.

CRSignes 060209

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22
Feb

San Chamuel, Viena, y el vals

Camille, se alejó de la comitiva acercándose al río que atravesaba el campo santo. Las aguas dibujaban remolinos acompasados que la abstrajeron hacia el recuerdo de los bailes en Viena. Aquellos en los que reinaba la paz; en los que destacaba por su esbelta silueta y la gracia de sus movimientos; aquellos que llenaban de color las noches de velas, espejos y lujuria, y que la alejaron de su destino. El vals que Peters, sin saberlo, compusiera para ella, sonó en sus oídos.
La congoja la hizo tambalearse. Un extraño evitó su caída. La acompañó hasta la orilla remojando su pañuelo para que pudiera refrescarse.

¿Conocía bien a Peters, madame?
No creo que sea de su incumbencia —dijo eludiendo una respuesta.

Mientras volvía a esconder su rostro tras el velo del sombrero, que sin duda podía comprometerla, se alejó.
La ceremonia continuaba. El cementerio de la localidad austriaca, acogía más gente de la que podía albergar. El motivo, que Peters, su hijo predilecto, entregado al amor en Cristo, que evidenciaba con actos bondadosos y a la música, sería recompensado con todos los honores. Así como su afiliación política despertó más dudas que certezas, indiscutible era su grandeza como compositor. Entre aquella multitud, una decena de hombres camuflados del gobierno, vigilaban ante la posibilidad de hallar independentistas servios con los que se creía que Peters había confabulado.
Lo único cierto de toda esta pérfida historia: la bala asesina. Por que Peters, fue víctima del fuego cruzado. Lo encontraron sobre las escaleras de una catedral.
Camille, sabía que no había hecho bien asistiendo al entierro. Pocas horas atrás lo había visto por vez primera.

Un placer conocerla. Ahora sé, que no equivoqué ni una nota en mi composición.

Él, tomándole la mano, le entrego su medalla del Arcángel San Chamuel.

Permítame el atrevimiento, y le ruego que abandone la calle.

Camille, recelando de su ofrenda, no podía dejar a los suyos. Sus orígenes, su nación, de los que tantas veces renegó, ahora estaban primero.
Y fue aquel pequeño forcejeo el que la salvó de una muerte cierta, pues la bala que atravesó el corazón de Peters, estaba destinada a ella.
Tras aquel día, y presa de una intensa nostalgia, Camille, colgó de su cuello la medalla, y pese a que nunca renunció al placer de bailar un vals, jamás regresó a Viena.

CRSignes 130110

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31
Ene

Escucha San Rafael el corrido de la niña Maria Elena

…Esta es la historia
de la niña Maria Elena,
de su madre devota,
de su novio y de su padre…”
cantan los mariachis.

“Se cumplirá el destino”, decía amá. Había desaparecido de su mirada la fiebre que arrastraba. Vestida siempre de negro, una sombra la seguía. “Es el ángel —afirmaba —y cuidará de ti”. No recuerdo ni un solo minuto, en el que no rezara. Devota a San Rafael, llevaba su escapulario hasta para dormir. Mis padres discutían precisamente por eso. Nuestra familia se desmoronaba desde hacía años. “San Rafael, mi niña, es el único que puede salvarnos”, decía llorando, mientras de rodillas, rezábamos esperando a apá de alguno de sus largos viajes.
A apá, le caía de madre Eduardo, y si lo aguantaba, era por los favores que le regalaba. “Esto si que es amor por una hija”, gritó el día en el que anunciamos el enlace, dos semanas antes del juicio que condenaría a Eduardo, padre del niño que esperaba, a cinco años de prisión por tráfico de armas.

“…En el rancho paterno,
el tequila y la birria
bañan y perfuman el suelo,
mientras, en otro estado
la sangre de las armas exportadas.
se derrama por todas partes…”
los mariachis acompañaron el desfile nupcial, intentando disimular el cansancio que arrastraban de tanto tocar.

De blanco inmaculado entré en la iglesia.

…En la ceremonia los mariachis
seguimos cantando.
aguardando que la boda termine
para después seguir con el borlote
de la niña Maria Elena,
echar papa como animales,
y chupar hasta empedarse...”

Con el beso, las puertas volvieron a abrirse.
Desde la sacristía podían escucharse los gritos de apá. El lenguaje soez, se mezcló con los lloros y las súplicas. Eduardo no purgaría los delitos de su jefe. La sombra misteriosa de amá, intentó apartarme. No la dejé y el traje se tiñó de rojo. Todo había terminado.
Desde el otro lado, veo las consecuencias de mi muerte. A Eduardo lo mató mi padre, por haberme asesinado. “Se rompió la familia”, repite mi madre, mientras aquella sombra se aleja. Parece un ángel.
Los mariachis concluyen su corrido, al ritmo lento del cortejo que me acerca al rancho.

“La niña Maria Elena desea
probar un pedazo de su tarta
amá no la deja,
si antes no le limpia la falda
que le manchó su novio
que descansa como ella
al lado de María Guadaña.”

CRSignes 041209

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6
Ene

Un fandango por San Miguel

El fuego no deja de crepitar. La húmeda leña, hace saltar chispas impidiendo que acabe de prenderse. El ritmo improvisado, anima al palmeo en un intento de conseguir el calor que no llega. Julio, conocido como “el velas”, da vueltas alrededor de la hoguera esperando a Antonia, su mujer. Acompañado de su tío a la guitarra, y de su tía y primos con las palmas, improvisa con un zapateado sobre el suelo de grava, salpicando de barro los bajos de su pantalón. El fuego que calienta el puchero de conejo y patatas, que cuelga sobre la llama, aromatiza el frío ambiente de la tarde que se desvanece de exquisito romero.
Antonia cree, que si consigue que bauticen a sus hijos podrán quedarse. Con sus tres vástagos y otro que está en camino, a cuestas, se acerca hasta la iglesia de San Miguel Arcángel.
Don Anselmo, pese a que la gitana no ha perdido misa desde su llegada, no acaba de fiarse de ella. Los vecinos, que estudian cómo echarlos, han llamado a la Guardia Civil. Aquella visita le incomoda.
Don Anzelmo uzted zabe que deceo lo mejó pa mi familia. Bautice a miz hijos, ze lo ruego.
Doña Crispina y Doña Engracia, escuchan escandalizadas la petición, y mientras se persignan, aguardan la contestación del párroco. Don Anselmo intenta razonar con Antonia, que no comprende los “pero” del representante de Dios, que la despacha hasta otro día.

Julio está demasiado entregado al baile como para ver al forastero, que contempla el arte de aquel espectáculo callejero, al que se une Antonia cantando a su regreso
¿Decea algo? —dice Julio.
Mu buenas caballero. No tenemos na que ofrecerle, pero seguro que hay puchero pa tos —afirma Antonia.
Tomando las manos de la pareja, las une con una pequeña cadena de la que pende una medalla.
No sois bienvenidos aquí. Tu corazón, Antonia, está destinado a encontrar un lugar en el que se os quiera, tienes fe y la suficiente fortaleza como para no rendirte. Pronto vendrán, y no es justo que os encuentren. Tomad vuestros cosas, vuestras carretas e idos. Tenéis mi bendición.
El palmeo y la guitarra no habían cesado ni un segundo, la vista de los gitanos se pierde en la medalla de un San Miguel Arcángel, que aprovecha el brillo que entrelaza aquellas manos, para desvanecerse, mientras la música acalla la llegada de la benemérita.

CRSignes 211109

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12
Dic

El danzón de San Gabriel

“Quien el danzón interpreta,
siente con dulce alma
en el fondo de su alma,
que está cantando un poeta,
siente que la brisa
modela tierna canción,
siente que su corazón
late gozoso y más presto.
Quien no siente todo esto,
no sabe lo que es danzón”.

(Danzón anónimo)

Al entrar en el patio sentí como penetraba con cada nota, el soniquete acompasado de las trompetas, que elevaban su voz más allá de las nubes, hasta ocultar el ritmo contagioso de los timbales, la melodía del piano, y el canto de los violines. Dentro de aquella competencia musical, destacaba la figura enjuta del solista, un hombre de mediana edad, casi rozando los cincuenta, con un brillo poco habitual, que es sólo visible en aquellas personas con ángel.
Yo, buscaba el éxito que me acercara hasta La Habana, aunque en el empeño tuviera que poner en venta mi honra, comprometiendo a su vez la de otros. Siempre tuve la convicción de que estaba destinada al triunfo. Sin un ápice de humildad, con osadía, recorrí los escenarios de provincias, con un éxito, ¿por qué no decirlo? Nulo. “¡Oye chica! Con esa cara pretendes algo. Mírate, ¿pero dónde vas con tanto hueso? Ni buena voz tienes. Anda. Búscate un chulo que te mantenga, y quizás así logres cantar en algún cuchitril del Puerto de Matanzas.”
Aquellas palabras no consiguieron atorar mi empeño. Hasta aquel día.
Por efecto de aquella música, me ericé al completo. La contagiosa canción, corrompía con una excitación tan picante como dulzona. Nadie podía resistirse al baile. Se absorbía por la piel como un ungüento capaz de resucitar a cualquiera.
En el punto álgido en el que la melodía alcanza su mayor esplendor, cuando la trompeta aguanta suspendida en el aire la nota más aguda capaz de estremecer al más pintado, lancé una mirada al intérprete, que con un guiño me invitó a acompañarlo en escena. Vestida para la ocasión, cuidando hasta el mínimo detalle, con un traje rojo ajustado, zapatos de tacón del mismo tono, y un sombrero de ala ancha que acompañaba mis movimientos sensuales, creí conquistarlo.
Como poseída, contoneé el cuerpo bailando alrededor de aquel hombre que deslizaba la punta de su pie marcando el centro perfecto de mi deseo. “No soy yo, el que buscas. Y éste temo que tampoco es tu camino. Nunca luché contra ti ni contra nadie, no tengo necesidad. Deja que este cuerpo alcance la virtud que le está destinada.”
Jamás supe de aquel trompetista, ni yo, ni ninguno de sus compañeros de orquesta. El único rastro que dejó fue su música, que sigue estremeciendo los sentidos y erizando hasta el último poro de la piel, invitando al baile con su danzón.

CRSignes 021109

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6
Dic

Hechizo de amor

El roce de las rocas abría, a cada golpe, una nueva brecha sobre la piel de Ariel.
Temía mirarla. Le pesaba la responsabilidad por lo sucedido. De todos los días de su vida, este había sido el peor. Sin esconder la aprensión que le producía el tacto de la carne fláccida, buscó la forma de hacerse con ella para vararla hasta la orilla. En la laxitud de los miembros zarandeados por las aguas, creí ver movimiento real. Aquellos brazos parecían reclamar su ayuda; aquellos labios, los suyos; aquel cuerpo, que tantas veces deseó, la incursión de su sexo quizás por vez primera. Pronto llegaría a la orilla.
Ariel parecía dormida. Sin descansar ni un segundo reaccionó buscando el milagro que la resucitara. Había alcanzado la arena sofocado, y lo intentó derramando la totalidad de sus fuerzas. Pero su boca no insufló vida, ni sus brazos lograron animar el corazón encallado.
Abrió sus párpados esperando ver algún reflejo animado y amable, pero la masa vítrea de las pupilas se había apagado.

Seguía sin creer lo sucedido. El océano, cruel y hermoso, le había arrebatado, con la misma rapidez que se lo dio, el más preciado de sus tesoros. Pisó en firme por última vez, miró a sus espaldas, creo que intuyó mi presencia. Saltó con su amada entre los brazos. El cuerpo se tornó liviano al contacto con el agua. Retornó la fantástica sensación que momentos antes me hizo creer que ella le reclamaba. La sensual fuerza del vaivén, les meció, arrastrándoles cada vez más allá del seguro y seco refugio en el que había crecido, hacia el oscuro abismo de las profundidades.

Corrí desesperada. Con un gritó dejé escapar la angustiosa fuerza del miedo. Debía llamar su atención o lo perdería para siempre. En ese momento comprendí que nunca había sido realmente mío. No alcancé a calibrar como correspondía, el sentimiento que había unido a mi amado con Ariel.

El roce de las rocas acarició los cuerpos de los danzarines amantes, que el sensual empuje de las olas unía en la dicha de un amor consumado.

CRSignes 051009

Nota: Versión libre de "La sirenita"

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30
Nov

Un tango por San Jehudiel

El exquisito sonido de aquel tango, sorteaba la tarde espesa y húmeda del arrabal bonaerense. El calor resbalaba sus gotas sobre las siluetas alargadas de los paseantes, que se dejaban acariciar por el embrujo de la canción surgida de un viejo gramófono… y bailaban, o más bien se deslizaban a su compás. Catalina aguardaba a su amante. Aspiraba despacio el humo de su pitillo, mientras sostenía con la otra mano una copa de coñac. Lejos de ocultar su pecado, lo exhibía sin reparo. Había dicho que su esposo no la deseaba, que sólo se había casado con ella por su belleza, que quería sentirse arropada por los brazos de la pasión, aunque sólo fuera con el baile. Por eso bailaba como nadie. Se lanzaba en brazos de cualquier compadrito, para pasar con él la tarde y, por que no, la noche. Nunca se dejó ver dos veces con el mismo hombre. Era sumisa en los comienzos, e implacable y cruel en las despedidas.

Manuel había entregado su vida a la persona equivocada, y ésta, en lugar de evitarle el escarnio, lo exhibía en los suburbios. Aquella situación le encendió los celos. Al adentrarse en el arrabal le pareció reconocerla a cada paso, en cada esquina, en brazos de todos los hombres con los que se cruzaba. Aquella sería su última aventura.
En la noche cerrada seguía sonando la música. Las baldosas barridas por las pisadas de los bailarines, brillaban. La pericia de aquellos hombres y mujeres le hipnotizó. Creyó reconocer en ellos, la pasión olvidada de su esposa. Mientras tanto Catalina seguía aguardando. Ni siquiera alcanzaron a verse.
De entre las sombras dos figuras surgieron al unísono. La primera se acercó hasta ella, la segunda se situó frente a Manuel, y dándole una medalla le dijo:

Es una historia vieja, una canción conocida, amigo mío. ¿Por qué dejarse atrapar por los celos, cuando fuera de este ambiente existe otro canto más amable y dulce?

Catalina se entregó al baile. El último giro terminó con ella. La sangre de la puñalada salpicó su rostro. Murió de la mano de un amante despachado. Se derrumbó sobre sus brazos con el ritmo final del tango. Sin comprender lo sucedido todo el mundo aplaudió.
Manuel se alejó de allí, sin ser consciente de nada. La figura que le convenció había desaparecido. Sobre su mano abierta una medalla de Jehudiel.

CRSignes 251009

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20
Nov

Una nueva vida le espera…

A Philip K. Dick con todo mi respeto y admiración

Inasible como el paso del tiempo, la nave barrió la ciudad. “Una nueva vida le espera en las colonias del mundo exterior. La ocasión de volver a empezar en una tierra de grandes oportunidades y aventuras. Un nuevo clima,…” Apática, escrutó la solitaria avenida decenas de metros bajo sus pies. Estaba nerviosa, dieciséis años sin pisar la calle. “Issobel, desaparece. Sobre todo hija mía, tu paradero debe ser secreto. Y no te fíes de nadie. ¿Comprendes?”. Su padre temía que los mataran. Miró al bebé, y mientras la abrazaba, agradeció la sensación de calor. Issobel al echar los cerrojos, activó todas las claves de seguridad, nadie más cruzaría el umbral de la casa.
¿Tienes hambre?
¿Qué hay para comer mamá?
Abrió el refrigerador y sacó un par de lonchas de bacón que picó bien fino. Revisó nuevamente el electrodoméstico, creía que aún le quedaban un par de frascos de huevos liofilizados. Con un poco de sucedáneo de leche y harina improvisó un mejunje pastoso, que una vez sazonado cocinó junto con el bacon simulando huevos revueltos.
Prométeme que mañana harás las tareas de casa.
¿Por qué no voy contigo?
Otro día mi vida, en otra ocasión.
De acuerdo.
Issobel elogió la obediencia de su hijo.
La ciudad casi abandonada —cien años de lluvia ácida mermaron las ilusiones de encontrar una solución— se había convertido en un supermercado para vagos y maleantes, “La gente honrada jamás viviría aquí”, rezaba una pintada en la fachada de la catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles. Issobel, ocultó entre su busto la pistola. Esperaba no tener que enfrentarse. Años atrás, había sido preparada para situaciones peores, pero las tornas giraron, y su libérrimo destino mutó en una reclusión voluntaria marcada por el miedo. Una turba descontrolada cruzó la calle sin verla forzando la entrada de un local. Estaba de suerte, aquel edificio había sido un comercio. Confiaba sacar de él suministros suficientes como para no volver a enfrentarse al peligro. Pacientemente aguardó a que se marcharan. Entró. Una presión en el tobillo la hizo caer. Rápida de reflejos, extrajo la pistola y disparó.
¡Muere pellejudo! —gritó.
La deflagración alertó al grupo, pero uno tras otro cayeron todos.
El mundo había sucumbido ante los Replicantes, pero mientras un Blade Runner quedase vivo, habría esperanza.
Recogió lo que necesitaba y regresó a casa, unos cuantos años más y su hijo estaría también preparado.

CRSignes 220709

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15
Nov

Un GodSpell por San Uriel

Los acontecimientos habían sucedido demasiado rápido. Confiadas, acudieron a la cita discográfica que las lanzaría al estrellado. Habían pasado de la seguridad del coro GodSpel de la iglesia evangelista, a un peregrinaje por los clubes en donde poder probar fortuna como cantantes. Eran jóvenes y hermosas, en una época en la que, por su color, sólo el triunfo podría sacarlas de la miseria. Las promesas tomaron forma de grabación. Pero al llegar al estudio, las vendas que cubrían sus ojos, con ingenua ilusión, saltaron de golpe. El precio por ver cumplido su sueño —ser como Aretha, Rosetta Tharpe, Ella,…—, tornó en lujuriosos requerimientos.
Aquí sólo hay dos formas de conseguir la fama: con la cartera llena o dándome lo que os requiero —afirmó Mr. Foodward.
En el callejón resonó el impacto de la puerta al cerrarse.
A poco menos de dos cuadras, la Sagrada Familia. Con sus puertas siempre abiertas, a Coraline, se le antojaba el lugar perfecto en dónde calmar los ánimos.
¿Por qué no regresamos a casa? —dijo entre sollozos Ángela.
Coraline, atusándose la melena, no le contestó. Mientras atravesaban la basílica, tomó el pañuelo del cuello, y se lo colocó en la cabeza en señal de respeto, sus dos compañeras hicieron lo mismo.
Se recogieron ante un pequeño altar. En la imagen representada de tinturas policromas, las figuras de Adan y Eva avanzaban desconsoladas mientras el arcángel San Uriel, amenazante, conminaba a desaparecer, espada en mano, a la serpiente.
Me siento sucia. —dijo Rose.
No digas tonterías —contestó Coraline.
Deberíamos regresar con alguien. Darle su merecido… Mis hermanos…
Ángela, cuida tu lengua. Estamos en la casa de Dios.
¿Puedo ayudarlas? —el monje apareció de improviso.
Ángela y Rose, habían quedado paralizadas. Coraline, más osada, avanzó hacía el capuchino.
San Uriel tiene muchos devotos, —les dijo — en el amor a Dios encontraréis la respuesta a vuestras inquietudes. ¿Necesitáis algo?
No sería correcto. No pertenecemos a su iglesia —afirmó Ángela.
Dios es el mismo para todos.
Tras una profunda conversación, que les hizo comprender la importancia de dejar atrás el atolondramiento, las muchachas partieron hasta su casa acompañadas por el monje.
De regreso, Mr. Foodward salió al paso del capuchino. Cuidándose mucho de no rozarle, lo esquivó. La mano del religioso asió con fuerza su flamante espada, el aguijón que salvó a las muchachas de la envidia de un demonio, que no soportaba saberlas al servicio de su contrario.

CRSignes 111009

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9
Nov

Rosado impredecible

La sensación de placer y la ausencia de cansancio y de miedo, vinieron a sustituir los sobresaltos y el insomnio. Hasta ese momento cerrar los ojos había supuesto algo más terrible que el peor de los castigos. Con aquellas pequeñas píldoras rosadas, habían logrado calmar ese ser oculto en la mente de su hija, que la mantenía en el mismo estado de alteración, despertándola una vez tras otra, en un sueño que parecía no tener fin. Con gritos, llantos, empapada en sudor, y el pis impregnado en las sábanas y el colchón, que apenas si tenía tiempo de secarse, la encontraban.
Todo aquello había acabado. Los elogios comenzaron cuando las pastillas color rosa hicieron desaparecer los sueños que torturaban el descanso infantil.
Pero la tranquilidad volvió a mutar en preocupación. Cada vez las noches se hacían más largas para la pequeña, hasta el día en el que no quiso despertar. ¿Qué había sucedido? Los doctores no encontraban explicación, se comportaban con vergonzosa apatía. Mientras, en el rostro de la niña dormida se podía intuir el miedo, y en el de su madre la angustia. Temía lo peor, asumía la imposibilidad de despertarla, pero acostumbrada al contacto directo con el pánico y el miedo de su hija, se preguntaba sobre ¿dónde habían quedado los malos sueños? Y ¿quién la rescataría ahora del acecho de la bruja? La imaginó presa en la casita de chocolate. Inasible hasta el momento, pues siempre se despertaba a tiempo, ¿cómo se libraría ahora si no podía abrir los ojos?
Necesitaba saber el paradero de aquellos sueños malditos, por lo que tomó las pastillas rosadas ella también.
El camino estrecho y oscuro la guió hasta la conocida casa de dulces formas. Se sintió atraída, no creía lo que pasaba, solía ser dueña de sus sueños. La bruja asomaba el busto por la ventana. Acabó rendida ante aquella situación conocida de final impredecible, libérrima voluntad desconcertante. Temiendo el final del cuento, deseó que el sueño terminara, pero los barrotes se interpusieron en su camino. Ya no podía salir, y su hija estaba con ella. Temió el terror que se reflejaba en los ojos de la niña. Deseó con todas sus fuerzas poderla sacar de allí. Rezó.
Despertó empapada en sudor, estaban fuera, habían escapado. Cogió a la niña en brazos y siguieron el camino, aquella senda estrecha que conducía a la casita de chocolate.

CRSignes 170709

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1
Nov

Diario de un rodaje

—Haga el favor de comenzar a leer.
—A sus órdenes…ejem, ejem…
“Día Uno
Después de dar vueltas como tontos hemos llegado a la localización propuesta por la esposa del productor. La mansión y sus alrededores tienen posibilidades, aunque un poco más, digamos céntrica, hubiera estado mejor. ¡Está en el culo del mundo!
El director de fotografía me ha dicho que en cuanto tenga las copias reveladas, me muestra sus ideas, espero que sea pronto y no se eche para atrás, pues con la borrachera que llevaba por la fiesta de bienvenida ha debido terminar tirado con alguna de las chicas.
Me aseguraron que llegaría hoy mismo el material, sin él no podemos comenzar.
Día Dos
Algunos de los actores se han mostrado en desacuerdo con la organización. Cierto es que debería haber estado todo listo, pero no dependía de mi. Ya veré cómo negocio con ellos, hay que comenzar los ensayos con la lectura del guión, despegar este proyecto de una, aunque esperando el material y las fotos. ¿Dónde coño se habrá metido ese fotógrafo? Tenía que ser mi cuñado. Si no fuera por que le conozco me preocuparía. No sé qué sucede, pero todos muestran gran apatía por la casa, dicen que no se encuentran cómodos, que les asusta, sienten por ella un odio increíble, pero ¿qué esperaban de una casona del siglo XXVIII?
Definitivamente, mi cuñado se ha largado con otra, confesaré que no me molesta, ahora el problema es decírselo a mi hermana. Comenzamos los ensayos, pero sin vestuario, sin atrezo, sin equipo de rodaje,… ¡Sin NADA! Me han asegurado que salió hace tres días.
Salvo alguna que otra gallina clueca y pichón desmelenado, estoy contento con el plantel de actores, espero que memoricen bien el guión, sobre todo la protagonista que es un bellezón, una autentica “Queen Screen”, además de muy complaciente… Las chicas, ya andan practicando los gritos.
Día Tres
Continúan quejándose por la casa, vale que es oscura y tenebrosa, que se escuchan ruidos donde menos te lo esperas, pero eso es lo característico para una película como la nuestra, y lo más económico. Menuda imaginación tienen.
Esa compañía de transportes ha escrito su epitafio. Hemos estado al borde de una rebelión, no ha sido sencillo convencer a estos actoruchos para que me ayudaran a rescatar nuestras cosas. A un kilómetro de la casa, abandonadas, en medio del camino, las hemos encontrado. ¿Cómo les haya sucedido algo?
Día Cuatro
Se han marchado cinco más. Ayer otros seis. Supongo que se ofendieron por tener que hacer de mozos de carga. Esta mañana encontré en la entrada las maletas de otros cuatro, aún puedo convencerlos para que no se larguen. Voy a estudiar qué les ofrezco. Esto parece una epidemia, no sé que están incubando.
Si sigue así, voy a enloquecer… ¡Esas tontas no paran de gritar! Me parece bien que practiquen, pero todo tiene un límite. ¡Encima el güisqui se acaba!
Hoy corrí hasta la biblioteca, no aguantaba sus estridentes alaridos, pero no había nadie. Hubiera jurado que salían desde allí, el “delirium”, seguro. El problema, es que siguen sonando, pero no sé desde dónde. Estoy comenzando a sentir respeto por este sitio. Tendré que retractarme de mis palabras, pues me estoy quedando sólo. Esta tarde se fugaron la actriz principal y cuatro más del equipo, incluida la del vestuario. Vaya panda de cobardes. Tendremos que buscar otro lugar por que de lo contrario voy a empacar yo también, y todo a tomar por saco.
Intentaré descansar, pero parece que tengo incrustados los chillidos en mi mente, debe ser por la falta de alcohol. A ver si regresa mi asistente, la envié al pueblo para comprar güisqui, pero aún no ha vuelto. Acabo de regresar del sótano y creo que contamos con el mejor de los equipos de FX. Vaya realismo, todo inundado en sangre. Se me puso la piel de gallina, creo que no volveré hasta mañana de día. De veras me impresionó.
No encuentro a nadie. ¿Dónde coño se metió todo el mundo? El silencio es aterrador, estoy comenzando a asustarme…”

...Y aquí termina señor.
—Gracias teniente. Hallamos el camión de transporte a kilómetro y medio de aquí, pero sin rastro de los operarios. Y la mansión, supuestamente repleta de comediantes, totalmente vacía. Todos volatilizados. En fin, en cuanto terminen de recoger muestras, nos vamos. Este lugar me provoca escalofríos. ¡Ah! Se me olvidaba, al cerrar la biblioteca me pareció escuchar gritos. ¿Usted no los oyó? Estas casa viejas tienen este tipo de cosas. Por cierto, si ve a mi ayudante, dígale que venga enseguida, hace una hora que le mandé por un vaso de agua, y aún estoy esperando.

CRSignes 060109

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25
Oct

Más allá del sueño

Aurora, enojada, arrastraba a su hija a través del patio después de que ésta le desobedeciera para unirse al grupo de niños formado en torno al payaso. Hoy cumplía años, y estaba nerviosa. Alcanzó el salón, y fue de inmediato a hablar con su esposo.
¿Qué ha hecho ahora? —le preguntó.
¡Desobedecer! —afirmó ella.
Venga, no le des importancia, llévala con su ama, y tú Aurora regresa a tus quehaceres.
Media hora más tarde, estaba enfrascada entre cacharros, intentando organizar el banquete que se celebraría aquella misma noche en su honor. A él acudirían, como era acostumbrado, todos sus amigos y familiares. Sus padres hacía un par de días que se habían desplazado desde su retiro y, esa misma tarde, estaba prevista la llegada de sus madrinas.
Seis años atrás, en ese mismo lugar, la fiesta duró varios días, entonces Aurora cumplía dieciséis años de edad, y todo se auguraba perfecto. Pero apenas si lograba recordarlo. Eran tantas las cosas sucedidas desde entonces: la boda, el nacimiento de su hija, la jubilación de sus padres,… que una incomprensible cerrazón se había instalado en su memoria.
Arrullados por el trino de las aves, Aurora y Felipe, aguardaban a los invitados.
Por ti esperaría la eternidad entera.
Yo tampoco puedo imaginar la vida sin ti. Voy a buscar a nuestra hija, tuvo ya suficiente castigo —se compadeció ella.
Mientras atravesaba los corredores en dirección a los aposentos de la niña, bien por la soledad o por el silencio, sintió una música extrañamente conocida, y cómo las sombras parecían querer hablarle. Turbulentamente el presente se mezclo con las escenas de su pasado. Era el día de su dieciséis cumpleaños, y acababa de conocer a su amor. Negada a seguir los dictámenes de sus padres, se fugó. En su huída una insólita melodía, pareció guiarla astutamente hacia un corredor oscuro, en el que unas escaleras apuntaban bien alto. De repente, la sombra lunar de su mano se adelantó al roce punzante de la aguja de un huso, y perdió el conocimiento.
Abrió los ojos al reconocer la voz de Felipe y sentir sus labios pegados a los suyos, pero aquel no era su esposo, semejaba un anciano encorvado. Ante el avejentado entorno de ruinas desoladas sintió una fuerte opresión en el pecho.
He aguardado una eternidad entera por ti —le dijo.
Y Aurora, sintiéndose muerta, cerró los ojos buscando el retorno a la vida que había dejado atrás.

CRSignes 280809

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20
Oct

Las lecciones de mi abuela Ana

La abuela Ana me instruyó para no dejar nada en el plato. Mi madre decía que no iba a crecer, pero después de aquel verano, pasé de ser un enclenque a gastar, con diez años de edad, tallas de persona mayor. Tuvieron que sacarme del comedor escolar por culpa de mi voracidad desmedida; ni recoger los platos dejaba, si en ellos quedaban restos.
La abuela Ana me adiestró para que saltara las vallas con los ojos cerrados, decía “aunque lo hagas con ellos abiertos, en cuanto despegues los pies del suelo nunca sabrás ni dónde ni cómo vas a caer”. Estarán pensando que qué hacía un niño regordete tirando a obeso saltando así, pues la verdad es que no llegue a conseguirlo, pero incrusté tan bien el consejo, que gracias a él nunca temí las dificultades. No puedo enumerar la de veces que pisoteé a todos los que se me pusieron por delante. Metafóricamente hablando, claro.
La abuela Ana incubó en mí el instinto. Cada vez que me enfrentaba a ella, era un reto: conseguir la comida o simplemente conversar, eran una dura prueba en la que tuve que aprender a deducir por mi mismo. Creo que eso me agrió el carácter. No sé lo que es tener un amigo.
La abuela Ana me enseñó a no tener miedo del cuarto trastero. De pequeñito, solía evitarlo, hasta el día en el que se dio cuenta de ello. “La imaginación para los sueños —decía— sólo podemos tener miedo de aquello que no se encuentra allí encerrado”. Aprendí a guardar en él todo lo que me asustaba, y ahora no hay nada en el mundo que pueda aterrarme. ¿Me pregunto si los miedos son los mismos para todas las personas, o si soy el único en tener uno de éstos?
La abuela Ana me educó para decir la verdad. No puedo retractarme de ello. Siempre aproveché todas sus enseñanzas hasta el límite: cuando ambicionaba lo que los demás rechazaban, no me molestó engullirlos; salvando los obstáculos que impedían mi avance, humille sin remordimientos ni piedad incluso a la gente que me apreciaba; un sexto sentido me alertaba de los peligros, y yo actué siempre en consecuencia; y los miedos quedaron todos allí, en el cuarto trastero con nombre y apellido. Cuando crucen esa puerta comprobarán, hasta qué extremo he llevado las lecciones de mi abuela Ana.

CRSignes 291208

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12
Oct

Cómpreme una caja, mister

Ahora pasan los copos de nieve frente a ella, seguidos del flujo constante de viandantes que da cuenta del animado bullicio, de la frenética actividad del lugar. Pero por más que eso ocurra siempre termina sola. Nadie repara en ella. Apenas una pequeña luz, como un chispazo es visible, pero sólo en ocasiones. Un destello apagado, que se eclipsa con el sonido de las campanadas que marcan el paso de las horas.
Tiempo atrás aún podía esperarse una reacción acorde a su presencia, pero las costumbres han cambiado. Le pertenece el tiempo, lo tiene todo. Hay quién ve en ella, la grosera forma con la que la vida nos muestra sus carencias; algunos desearían ayudarla; pero la mayoría la ignoran. Los destellos contabilizan el tiempo, que no acaba. El ciclo se repite, siempre existe un momento en el que se le acercan, la agasajan, escuchan, y ella sonríe antes de ver como se alejan, la desprecian, ignoran… para terminar llorando. Su historia, contada una y mil veces, no es más triste que la de cualquier otro.
Una noche me abstraje en sus sonidos, formas y colores, huyendo de los regaños de mi jefe, imaginándome frente a ella en el espacio estrecho que la separaba de la realidad. Y ahí estaba, calada hasta los huesos, el frío atenazaba sus palabras. “Cómpreme un par de cajas, mister.” En ese mismo momento la hubiera tomado en brazos rescatándola de su destino, pero no lo hice.
No comprendo el porqué de retenerla en esta rueda sin fin al compás de este engranaje sonoro, que marca a destiempo su vida. Encuentro atroz el esfuerzo de aquel artista, posiblemente suizo, fabricando, pieza a pieza, los fragmentos de aquella fantasía helada. Suena la triste canción del fin del cuento, a las doce se quedara sin fósforos—demasiados que encender, la caja se vacía— y en ese momento, esconderá su diminuto cuerpo en el interior del cuco. De niño ocultaba ahí las cerillas que le robaba a mi madre. Los falsos copos se espesan, y por un momento desaparece. Una hora más tarde resurge, y mientras suena la primera nota, un fulgor brillante la devuelve a la vida.

CRSignes 260409

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6
Oct

El cazador de ratas

Los roedores intentaron huir de la absorción que los elevaba en un remolino ascendente, mientras eran aspirados por la cámara de vacío. No sobrevivió ninguno.
Tenía poco tiempo y escasos recursos, necesitaba conseguir sustitutos, por lo que decidí regresar al mismo lugar.
Aquellos hombres que tan amablemente me habían recibido por la mañana, cuando me ofrecí para librarles de las ratas, parecían incómodos ante mi retorno, incluso hicieron lo posible por deshacerse de mí. Poco menos que me trataron como un adversario, un maleante No es que me importara demasiado, más bien poco, ningún vínculo tenía con aquella gente, pero no comprendía el porqué del cambio.
Fue sencillo capturar a mis presas, aunque me sorprendió que especies distintas, pudieran ser atraídas de igual modo. Mi abuela siempre decía que con la música se puede conseguir cualquier cosa. Por tercera vez en un mismo día, recorrí el camino de regreso. La niebla espesa que difuminaba el paisaje nos ocultó. Todo hubiera sido más rápido de no quedar el cortejo casi bloqueado en aquel embudo que comunicaba con la nave. Al paso de la comitiva se cerraría la compuerta. Aún no había terminado de desfilar el último de ellos, cuando desde el fondo del pasillo, escuché los gritos, casi ahogados por la distancia, de uno de ellos que había quedado rezagado.
¡Qué os zurzan! —Creí entender.
No me importó que no llegara, estaba tullido.
Apreté el botón que accionaba el dispositivo de absorción, y a los pocos minutos las jaulas estaban repletas.
El desacoplamiento se haría efectivo en 55 segundos, después me aguardaría un largo viaje de regreso al hogar, con tiempo suficiente para la investigación, y ¿quién sabe? Puede que incluso consiga algún premio si alguno de ellos llega vivo: son tan jóvenes.

CRSignes 110909

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