10
Oct

El Campo de Magnolias. De Joan Castillo

El vigilante. Brassaï (pseudonym of Gyula Halász) (9 September 1899–8 July 1984)

El chofer del bus se disculpó con su único pasajero, Pedro, por dejarlo un kilómetro antes de la entrada del pueblo “hasta aquí llego” —le dijo, “no entro a ese caserío ni por todo el oro del mundo.” —reiteró, trazándole la ruta para llegar a la taberna del Gago, dónde podía conseguir las instrucciones que le llevaran a su destino. Empezó a caminar por una senda tan pedregosa que en algunas ocasiones debió hacerlo con manos y pies para no caer. Al subir la última loma alcanzó a ver que una bruma gris oscura arropaba por completo las que parecían chozas arruinadas. En la medida que avanzaba reparó en que la gente se veía borrosa, inescrutable.
Hombres y mujeres vagaban semi desnudos mostrando sus partes íntimas. Los machos llevaban los cabellos, bigotes y barbas ensortijadamente sucios. Las mujeres aparentaban no sentir pudor alguno al mostrar sus nalgas y pubis repletos de pelos. Sus miradas como su andar, parecían vagar hacia la nada, se movían como simios borrachos, sin rumbo. Y sin embargo parecían alegres, reían hasta más no poder con sus bocas desdentadas. Sobre sus cuellos colgaban crucifijos de cuentas moradas.
Sin duda, se encontraba dentro de un pueblo espectral poblado de miserables que parecían fantasmas o viceversa. Siguió la ruta que le había trazado el chofer para llegar a la taberna, y llegó. Era la última construcción del pueblo y la única que no lucía arruinada. Frente a ella, un camino ribeteado de tulipanes que sin duda le conduciría al campo de magnolias.
Entró al garito y observó que todas las mesas estaban ocupadas por los hombres y mujeres andrajosos, que hablaban, cantaban y reían en voz alta. Sólo advirtió una mesa ocupada por un hombre distinto, de ojos vivaces, vestido a pantalón y camisa verdes divididos por una finísima correa amarilla. Caminó hasta el bar y pidió un café y una botellita de agua. El hombre del bar le atendió en seguida, y al darse cuenta que era un forastero le preguntó.
—¿Ha ha hacia dónde se se, se dirige el ca ca caballero?
—Al campo de Magnolia, —contestó Pedro entusiasmado.
El hombre lo miró con asombro y no volvió a abrir la boca a pesar de que Pedro le hizo unas dos o tres preguntas.
—No te contestará, —le gritó el cliente vestido de verde.
—¿Puedo sentarme con usted? —Aprovechó Pedro, un poco tímido. —El hombre asintió.
—¿Porque no me contesta el gago? —Preguntó.
—Por qué él prefiere esperar a que regrese, ya que todos los que entran por ese hermoso camino regresan, algunos enajenados como los que ves aquí, y los demás, difuntos en penas, como los que vienen a consumir de noche. Adivino que tú vienes en busca de una mujer.
—¿Como lo sabes?
—Porque a eso vienen todos.
—¿Y tú, que haces aquí? ¿Vienes también en busca de una mujer?
—No, —se defendió rápidamente el hombre. —Soy como un consejero, un mal consejero para ser exacto ya que mi trabajo es persuadir al caminante para que no penetre ese sendero, y nadie me hizo caso nunca. Más bien, aprovecho los visitantes como tú para poder mejorar el funcionamiento de mi vejiga. ¿Puedo pedir una cerveza?
—Todas las que se te antojen, —contestó Pedro —siempre que escuche con atención lo que quiero decirte.
El hombre pidió la cerveza y empezó a beber con avidez; Pedro se dispuso a contar lo que quería contar, pero el hombre le paró en seco.
—No tienes porque hacerlo —le dijo con amabilidad. Yo conozco tu historia, es la de todos, señor.
—Me llamo Pedro, y si conoces mi historia ¿porque no me la cuentas tú? —preguntó de manera burlona.
—Siempre que no falten las cervezas, lo haré. —respondió el hombre, y empezó. —Una noche bastante fría, tú regresabas al hogar caminando desde tu trabajo; al pasar por un parque viste a una jovencita descalza, sentada en unos escalones al lado de la estatua de una niña orinando; llevaba una raída blusa color beige, una bufanda color marrón desteñido y sus cabellos recogidos dentro de una boina gastada del mismo color, pero lo que más te llamó la atención en ese momento era su desabrigo ante esa noche tan fría. Sentiste pena por ella y le pediste llevarla hasta tu casa a lo que ella, luego de muchos ruegos, asintió. Camino a casa tú le preguntaste como se llamaba y te contestó que aún no tenia nombre, preguntaste por igual que dónde vivía y ella te contestó, señalando al Este, que vivía en el campo de las magnolias amarillas, donde la Luna brilla como un cristal encendido y todos los pájaros son de cartón azulados. Luego le inquiriste si tenía frío, hambre o sed, y a todo ello te contestó que si, por esa razón te quitaste el sobretodo y la cubriste. Tu abrigo se impregnó de un olor como el de las azucenas que es el olor de ella. Por último le preguntaste que porque andaba descalza y ella te contestó, que era la única forma de estar en contacto con su madre, la tierra. ¿Cierto?
Pedro no contestó, se encontraba ensimismado. El hombre siguió.
—Al llegar a la puerta de tu hogar ella se adelantó, se paró en frente del porche y te miró a los ojos —tú jamás había visto a una mujer con los ojos amarillos y te preguntó si tú estabas seguro que ella no te molestaba, y tú le contestaste que no, que no estaba molesto en lo absoluto, y en ese momento te avergonzaste porque percibiste un ligero temblor en tu cuerpo cuando viste parte de sus senos blancos bronceados a través de uno de los agujeros de su blusa raída, y no quitaste la vista de su pecho como queriendo apretujarlo en contra tuya para sentir su calor, su tiesura. ¿No es así?
—Sigue, sigue, —contestó Pedro con el rostro encogido por la sorpresa.
—Pídeme la otra cerveza —dijo el hombre. Y Pedro pidió dos cervezas porque él también empezó a beber cerveza. El hombre siguió la narración.
—Cuando entraron a tu casa, ella se dirigió a la chimenea y colocó su boina sobre la alfombra, al lado de la chimenea, donde se sentó, mientras tú te dirigiste a la cocina a preparar la cena. Dispusiste la mesa sobre la alfombra y cenaron a la luz y calor de la chimenea. Para esta ocasión ya tú tenías un deseo casi irreprimible de abrazarla porque cada vez que ella bajaba a prender algún bocadillo tú mirabas por encima de su blusa para vislumbrar sus pezones.
En ese momento a Pedro se le ruborizó el rostro.
—No te me pongas así, mi querido, —a todos les ha pasado, además debes esperar que concluya —tranquilizó el hombre, y continuó. Terminado de cenar, ella te dijo que necesitaba bañarse. Tú accediste y ella entró al cuarto de baño. Tú te encontrabas tan voluptuoso que al escuchar el agua cayendo sobre el piso de la ducha quisiste fisgonear, y al llegar a la puerta del baño la abriste sin querer, ella estaba frente a frente a ti completamente desnuda ya que no había corrido la puerta de la cortina. Se enjabonaba los cabellos con ambas manos. Tú te extasiaste observando los pelos que se deslizaban húmedos debajo de sus axilas, hiciste una mirada relampagueante por todo su cuerpo antes de que ella se tapara. Pero ella no se tapó, por el contrario, te dijo que le gustaba como tú la mirabas, y te invitó a enjabonarla. Tembloroso, accediste.
En ese momento Pedro interrumpió
—¿Pero cómo puedes saber todo eso con lujo de detalles?
—Esos hombres a tu alrededor y los que viste en tu trayecto hasta aquí me lo han contado decenas de veces. —contestó el hombre, y continuó. Tú, palpitante de deseo sensual, pasaste la esponja por su espalda pero no terminaste. Esa piel tan tersa y olorosa te enardeció. Lanzaste la esponja y empezaste a desabotonar tu pantalón mientras penetrabas tus dedos a través de su selva negra. Ella no lo evitó pero si te preguntó sobre lo que tú querías hacer con ella, y tú le contestaste acalorado que la quería follar, y ella te dijo que no, que prefería que tú le hicieras el amor, pero tú estabas demasiado encendido para hablar de follar o de amar, y bajaste por completo el pantalón, y los calzoncillos, y...
Pedro le cortó.
—Has cometido un error —dijo. —Cuando ella me pidió que quería hacer el amor, la comprendí, entendí que ella no sólo quería un simple deleite entre sus pudores y los míos, sino que necesitaba más que penetración y besos pasajeros, cariño, amistad, ternura que fue lo que a partir de ese momento traté de entregarle.
—Bueno, —dijo el hombre, la cuestión no está en follar o hacer el amor sino que te quedaste prendado de ella, al final de una larga jornada de sexo ella se durmió sobre tu brazo derecho con parte de su melena encima de tu pecho; cuando despertaste no estaba y jamás la volviste a ver. Solo te quedaste con el olor de la azucena que permanecerá por siempre en tu sobretodo, por eso has venido, a buscarla.
—Hice el amor con ella sobre la alfombra, —se defendió Pedro, —durmió tal y como dices, al despertar, no estaba. Hasta ahí estás en lo cierto, pero salí a la calle abotonándome la camisa y corrí como un desesperado hasta el parque donde me esperaba, porque me lo dijo “Te esperaba para decirte que volveré esta noche si es de tu gusto”. y le dije que si, y me repitió “Pues espérame.” Y regresó esa noche y todas las noches de todos los días durante semanas y meses, hasta que una mañana me dijo que al otro día no la esperara, que no volvería, que su campo de magnolia le llamaba porque hacia tiempo que no se acunaba bajo el fulgor de la luna encendida, ni caían sobre sus hombros los pajarillos de cartón azulado. Le hacían falta, me dijo, como estaba segura que le haría falta yo. Y no regresó ni al otro día, ni al día siguiente, ni a la semana, y por eso visité todas las jardinerías que encontré en la guía telefónica, para indagar cada pueblo del Este donde hubieran campos de magnolias, y los visité todos, éste es el último.
—Al parecer no te comportaste con ella como hicieron los otros, si es como dices, —indicó el hombre de verde, sorbiendo un largo trago de cerveza. —de todas maneras, yo que tú, no entro, y si lo haces mi deseo es que la encuentres. —finalizó.
Y entró. No bien había recorrido unos cuantos metros cuando sus ojos se extasiaron ante una extensa y ensortijada llanura sembrada de magnolias de variadas especies. Corrió por el campo como un chiquillo, buscaba palpitante de alegría alguna pista que la llevara a ella pero no encontró mas que magnolias de flores blancas brillantes en todo su derredor. Cansado, se recostó sobre la hierba y decidió esperar la noche. En ese momento sintió que algo se posó sobre su hombro izquierdo, lo agarró, era un pajarillo como de cartón azul cielo, le acarició, lo puso en la palma de sus manos y salió volando haciendo zig zag en el aire como un gesto de alegría, fue cuando la temperatura de color del campo varió a un tono desusadamente luminoso, miró hacia arriba y pudo ver la luna como si estuviera hirviendo entre un color blanco sonrosado. Sin embargo, percibió un olor nauseabundo, como el hedor a animales podridos que brotan de algunos árboles y flores. En ese momento observó a algunos hombres y mujeres recogiendo semillas de color morado que ensartaban con esmero en finas lianas del mismo árbol. Entendió que ese no era su lugar en aquel vergel por lo que continuó caminando hacia el Este, hacia donde voló el pajarillo, hasta encontrar un río. Descubrió en lontananza cientos de pajarillos azules alborotando sobre una mata de magnolias y allá se dirigió chapaleando las suaves corrientes debajo de sus pies. Observó fascinado las flores amarillas y debajo un pequeño huerto de azucenas en flor. Intuía su presencia inmanente a esta parte del bosque, y de nuevo un pajarillo se posó sobre su hombro, esta vez no lo tocó porque al parecer el avecilla no quería que le tocara. Miró alerta hacia todos los ángulos del horizonte y no la vio. Se envolvió en el árbol como si estuviera abrazado a ella. Allí permaneció toda la noche, deslumbrado en la extraña luz de la luna. En la mañana, el pajarillo seguía sobre su hombro izquierdo, al parecer no quería abandonarlo. Cortó un par de tallos de las azucenas y un ramillete de magnolias amarillas y sin poder eludir la tristeza, regresó. El hombre de verde, junto al gago, lo esperaban, y entraron a la tasca a terminar las cervezas.
—¿La la la encontraste?, —preguntó el gago casi al unísono con el hombre de verde, sorprendidos ambos por el extraño pajarillo.
—Si, —contestó Pedro.
—¿Te te te laaastimó?
—Si, me lastimó, Gago, —jamás podré vivir sin ella.
Agradeció a ambos sus atenciones y regresó a su hogar. Colocó el pajarillo azul encima de su cama; plantó los tallos de azucenas en una maceta y acomodó el ramo de magnolias dentro de un florero en su mesita de noche. Un deseo poderoso, como una fuerza irresistible lo llevó a mirar por la ventana. El parque lucía desierto, pero borrosamente se vislumbraba alguien sentado en los escalones al lado de la estatua de la niña orinando. La tenue bombilla encima de la estatuilla mostraba que la figura llevaba una boina, al parecer, roja. Se frotó los ojos para ver mejor y pudo figurar que llevaba los pies descalzos.

Joan Castillo
©Derechos reservados.

SEGUIREMOS SIEMPRE PENSANDO EN TI, AMIGO JOAN. TE AÑORO

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16
Jun

El Olor de la Cebolla de Joan Castillo

"Joan nos ha dejado" Con esta frase amanecí ayer. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, una sensación que aún hoy tengo. El dolor de la pérdida de un amigo, de alguien con el que has compartido, aunque sea en la distancia, tanto, es indescriptible. Tal vez es esa misma lejanía la que le da a este hecho un toque surrealista, pues nunca se ha tenido la amistad del todo, me refiero a que faltaba el contacto, el verse, sentirse, llorarse, y reírse juntos.
Durante todos los años en los que lo conocí (desde el 2002), la vida siempre sentí que se hacía fácil en su presencia. Era cordial, encantador, afectuoso y muy buena persona. Tenía talento, y lo mejor de todo, no era dado a los alardes, simplemente era natural. Es por esa naturalidad que la mejor forma que tengo de homenajear al hombre, al amigo, al hermano, a Joan, es dejando un texto de su autoría, de esos que tanto nos gustan por buenos, para que lo leáis.
En este El Olor de la Cebolla, se palpa el amor y la admiración que sentía por nosotras, las mujeres. Es un cuento con un erotismo desbordante, sensual. Olores, sabores y sensaciones que se alían en una historia palpitante. Al terminar de leerlo, te da la impresión de que has ejercido de voyeur, y has disfrutado haciéndolo.

¡Ay Joan! ¡Cuánto te añoraremos!
Espero y deseo que su familia, y las personas que le han querido más allá de todo, como yo lo he querido, comprendan y acepten mis palabras, pues han surgido desde la admiración y el cariño que he tenido y siempre tendré hacia esta gran persona, este excelente escritor, este gran hombre que es y será Joan Castillo.

Bill Brandt (3 de mayo de 1904 - 20 de diciembre de 1983)

EL OLOR DE LA CEBOLLA

Hace ya tanto tiempo que la abandoné, a Ana, que no sé si hice bien en regresar. Me parece que nada ha cambiado. No hago más que acercarme a nuestra casona y ya siento el desagradable olor de los condimentos, ese olor a carne tostada por la cual hace dos años me fui; antes de entrar ya molesta mi olfato ese tufo mezclado de pescado frito y manzana fresca, el mismo hedor por el que una vez me quejé y sólo me dijo que podía largarme cuando quisiera. Y me marché, y ahora no sé porque volví.

Acabo de entrar y ya tengo el estómago revuelto con la hediondez a huevos fritos con mantequilla en escabeche de oréganos y pimentones que inunda la sala. No quiero, aunque se que terminaré sentándome en ese sofá que hiede a bacalao precocido. Tendré que acostumbrarme de nuevo a verla llegando de la carnicería con esos filetes de res chorreando sangre que tanto me asquean y el olor de la cebolla, ese olor protervo que desencajan mis ojos en un rojo encarnado que me produce lágrimas hirvientes y dolorosas. Prefiero no subir a nuestra habitación porque ya sé como aturdirá los nervios de mi nariz esa repugnante emanación de vainilla, hierbabuena y azafrán que golpea fuerte desde que abro la puerta.

Volví, y puedo reparar que ella está donde le gusta, en la cocina, y sé perfectamente lo que está cociendo ahora solo por el ruido que hacen las cacerolas, porque hasta eso aprendí, sé cuando está cocinando una paella, un guiso, un asado, tanto por el olor como por el ruido que hace con los tenedores, los cuchillos y los cucharones; así como interpreto al dedillo los olores, por igual aprendí a identificar en los ruidos que salen del cuarto de la grasa —como suelo llamarle— sus estados de ánimo. Porque Ana cocina silbando, cantando, tocando las ollas, las cucharas, y comiendo. ¡Que barbaridad! Ahora mismo sé que está untando los pastelillos de la miel que cubre su cuerpo desnudo, lo que significa que está contenta, que espera a alguien. ¿No será a mí? Quiera Dios que no cante su detestable estribillo: ¨Amo mi cocina, laralalalara, amo mis guisados, laralarala…

Creo que ella no se ha dado cuenta de que estoy aquí, sentado en este sillón donde tantas veces hicimos el amor rodeados de frutas y cajas de chocolates bendecidos por el fétido olor del arenque estofado. Parece ser que quise perderme porque no podía soportar la pestilencia de las zanahorias escaldadas, ¡como detesto el hedor de los pescados y mariscos hervidos! Y ¡como tiemblo cuando escucho los golpes secos de la cuchilla sobre la madera cuando descuartiza un pollo fresco! Y ¡como lo disfruta ella!. Quizás ahí pueda estar la clave de mi regreso, el que no pude reconocer, y aceptar a tiempo que la cocina es su credo y su única religión, a la que debí someterme.

—¿Quién está ahí?

¿Cómo diablo sabe que hay alguien aquí si entré disimuladamente porque quise darle una sorpresa? Nunca vi unas manos más hermosas que las de Ana y sin embargo no recuerdo haberlas visto desprovistas de ese hedor combinado de ajo, cebolla, pescado, o vegetales. Nunca pude acariciar esos senos tan hermosos sin tener que soportar la terrible peste del vinagre, y besarla a ella —es innegable— es como besar a una diosa por esa lengua tan suave y su saliva siempre tibia y agradable ¡Pero me maltrata ese aliento de fresa, de limón o de chocolate! Y que decir de introducir la lengua con todo y boca dentro de su gruta caliente como un volcán apagado a recoger las almendras y nueces previamente introducidas por ella como si de un juego se tratara…

Ella no sabe que soy yo quien estoy aquí, desconoce que regresé, y está donde siempre, con sus amores de siempre, me la imagino introduciéndose los guineos por los agujeros de su estrecha vulva y su ano, mientras disfruta con deleite el golpeteo de la cacerola hirviendo las habichuelas, y el movimiento de las carnes cuando penetra la cuchara, escucho sus manos lanzando la harina para hacer los bollitos, mientras se introduce el cucharón, aún caliente, por su vagina. Estoy seguro de ello porque me llegan como un eco sus siseos, sus gemidos suaves de satisfacción. Esos ecos —supongo— llegaron hasta mi tranquila isla y al parecer favorecieron mi decisión de regresar.

¡Antonio, sé que eres tú, recibiste mi carta y volviste!

Si, claro, su carta que leí ayer, pienso que si, que esa carta tuvo que ver con mi regreso tan inesperado, la carta… la carta… aquí está:-¨Querido Antonio, ¿porque no vuelves a encerrarte en mi sudario de vellos negros para observar desde nuestra ventana la mediocridad de mis vecinos con tu estaca atravesada entre mis nalgas? Te necesito, Antonio mío, necesito ver tu pañuelo tapando la nariz porque odia el olor a la cebolla de mis manos, mientras tu proyectil perfora mis extrañas como si buscara mi alma, o quizás la encontraste y te la llevaste amor mío. Te la llevaste a esas tierras lejanas dejando mis agujeros vacíos de ti, de la rudeza de tu bate de carne caliente apaleando mis hendiduras ¿Por qué amor? ¿Qué te hice que no fuera mezclar tu semen con bizcocho para alimentarme y de esa manera complacer tus más sanos deseos? Regresa, Antonio mío, regresa a introducirte entero entre mi cueva para que puedas observar la oscuridad que te aterra, y a comerte mis labios, y beberte mis caldos mientras trituro y acaricio con mi lengua las fresas del otoño. Aún te quiero, Ana.¨

¡Antonio, coño, no te hagas el de rogar, sé que estás ahí, volviste como todos!

¨!Como todos!¨. Sí, todos regresan a Ana, todos, hembras y varones, regresaron como regresé yo. Y seguro estarás pensando hacerme lo que a ellos, lamer sus nalgas después de 30 días sin bañarse, recoger a lengüetazos y beber sus sudores de ajo, de cebolla y de mugre. Eso les hizo a todos, a varones y hembras que hoy la reniegan, y eso tratará de hacerme a mí: Meterme un rábano por el culo para chuparlo y comerlo mientras acaricia mis testículos; empujar un huevo hervido en su vagina para que yo lo saque con mi lengua, lo pele con mi boca y no los comamos entre ambos sin utilizar las manos. Es lo que ha hecho con todos y por eso la temen.

¨!Como todos!¨. Por eso la carta, me imagino que esa misiva se la hace a todos, y me llama a la cocina para hacer el amor sentados en la estufa con sus hornillas encendidas ¿Cuántas nalgas de hombres y mujeres habrán salido de esa cocina achicharradas? Desea la cocina para escuchar el aceite hirviendo y combinarlo con el sonido de mi sangre que también hierve cuando se sienta encima del refrigerador, abre sus piernas y con sus dedos abre sus labios para mostrarme el último reducto de su intimidad, se introduce un vino de cocina entero y agarra mi cabeza con dos cucharones y me obliga a beberlo hasta la última gota.

¡Antonio, coñazo, si deseas puedes irte por donde mismo llegaste!

¿Podré irme? ¿Tendré fuerza para abrir esa puerta, o la abriré y después no podré llegar al aeropuerto? ¿No habré regresado para comprobar el insólito placer que disfrutaron sus anteriores amantes cuando orina en sus bocas abiertas llenas de galletitas y luego le restriega su vulva para comprobar que se tragaron hasta la última pizquita? ¿Acaso no volví para conocer el secreto placer de sentir un cigarrillo encendido en mis testículos mientras Ana acaricia mi pene atado con hojas de vergel y de albahacas mientras me obliga a degustar un bistec encebollado? ¿O para ser colgado con la cabeza hacia abajo para azotar mis nalgas con un plátano hasta que el dolor produzca una erección a mi falo y un posterior orgasmo? ¿O para que yo recoja con mi lengua las hormigas feroces que coloca en sus nalgas mientras aprieto su cuello hasta dejarla sin aliento? ¿No es eso lo que quiero? ¿Carne al carbón con mermelada de ajíes? ¿O que me baje al sótano amarrado y desnudo para que horrorizado, me huelan y laman sus lobos hambrientos? ¿Acaso no fue la búsqueda de esos dolorosos placeres por lo que regresé? ¿O acaso la amo?

¡Antonio, coño, acábate de ir y déjame para siempre!

De nuevo me llega ese maldito vaho de la cebolla y de nuevo no sé porque estoy aquí. Pero no puedo negar que me embriaga, me dejo envolver de esos olores apestosos de huevos, rábanos y apios guisados…y cebolla; y camino –no lo puedo evitar- Me dejo ir en pasos cortos y titubeantes hacia esa cocina donde no hay duda que me espera una experiencia perversa e inevitable.

Y la encuentro, a Ana, como siempre, en un rinconcito, descalza, frágil como una muñequita de porcelana desnuda, titiritando de frío y de miedo, con un racimo de uvas blancas que muerde con tanta impaciencia que algunas caen en su regazo y se humedecen de sus lágrimas; me descubre y penetra sus grandes ojos azules en los míos en una mirada carente de sensualidad, pero con un deseo enorme de ser amada afectuosamente, decentemente.

Mientras el rugir de las ollas me asegura un suculento manjar de bienvenida… me pierdo en los universos de su vorágine… en el olor de la cebolla.

Como los otros: varones y hembras.

©Joan Castillo
28 de Noviembre 2005

Podéis leer más creaciones de Joan Castillo en los siguientes enlaces:

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http://www.grupobuho.es/biblioteca/16894/la-chica-del-campo-de-magnolias
http://www.grupobuho.es/biblioteca/16377/mi-nombre-es-rencor

Amigo Joan, allá donde estés deseo que seas feliz. Te quiero mucho.

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29
Nov

Los girasoles. De Daniel Schallbetter

Si deseáis saber más sobre este artista Argentino, excelente pintor y mejor persona, aquí os dejo el link de su página web:

http://www.schallbetter.com.ar/

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17
Jul

Jazz en el infierno. De Joan Castillo

Es extraña la historia de ese pueblo perdido en el lejano Sur de la República Dominicana en pleno 2005. Las jóvenes y niñas de la última generación lo saben, conocen su destino, un día pasarán unos hombres que se enamorarán de ellas, las invitarán a salir y jamás regresarán, porque allá fuera está la gloria, el Edén; sin embargo, nadie, ni hombres ni mujeres que han salido de allí han regresado, pero tampoco ninguno de los emigrados ha enviado una carta, un mensaje. Por eso la expectación, el cuchicheo por el rugido del motor de un automóvil que se escucha lejano, acercándose como un rumor lúgubre. Lucían conmocionados ya que se perdía en el péndulo del tiempo la última vez que un ser humano ajeno a ellos pasó por esta aldea ubicada en el culo del mundo, como gustaban llamarle a su ubicación geográfica.

Santiago se imaginaba que el recién llegado se llevaría a las hijas adolescentes de Harry, quien no podía negarse ya que ningún mortal puede torcer el destino de un pueblo maldito, arruinado, y desamparado de la gracia de Dios, como no lo pudo torcer él cuanto hace unas dos décadas aquel hombre vestido de azul se llevó a pasear a Mariam, Elisabeth y Norma, sus tres hijas adolescentes, a quienes aún está esperando.

Se paró en el porche de la ventana y observó al forastero, quien a pesar del enorme sombrero y el sobretodo azul que casi le llegaba a ras de tierra reconoció en él a Tomás, el prestamista, jamás pensó que lo encontraría ya que fue precisamente por culpa de él, es decir por la deuda que no podía pagarle, que hace unos 35 años dejó la capital, Santo Domingo, para internarse en este macondo tropical, en virtud de lo cual se adelantó:

Tommy, soy yo, Santiago el Gringo, aún no puedo pagarte, tendrás que seguir esperando.
Ya me pagaste Gringo ¿Acaso no recuerdas? Me pagaste, repitió, ¿Por qué he de cobrarte de nuevo?
—-Mientes, nunca te pagué, contestó con la misma contundencia.
Me pagaste. Además no he venido aquí a discutir deudas ni nada que se le parezca. He venido a escuchar jazz con las mujeres más lindas del mundo, y vine a invitarte porque sé como disfrutas del jazz.
-¿Recuerda nuestras veladas con Miles, Coltrane y Mancini? Me informaron que se pueden escuchar en vivo en las barcas del viejo puerto.

Pues claro, claro, y el “Misty” de Ella y el Duke, el “Mambo Swing” de Goodman, -contestó Santiago, extrañado de cómo Tomás había dado con él, y de las barcas del puerto, ya que a su entender el viejo astillero no tenía actividad desde unos cincuenta años atrás.

Pero Tomás insistió y le habló del sexo libre, de las barcazas atestadas de las mujeres más hermosas de la tierra, de las bebidas más costosas, de tuberías terminadas en grifos que contenían cervezas de todas las marcas, piscinas de coñac; le afirmó que en aquel nuevo Edén colgaban de los árboles pipas gigantescas de opio y marihuana así como jeringuillas de todos los tamaños para la administración de morfina, cocaína y derivados, y jazz de los grandes en todos los ángulos del embarcadero. También Le afirmó que todo era gratis porque a un hombre sólo se le permitía entrar allí una sola vez en la vida.

Santiago, como es de suponer, no le creyó ni media palabra, pero decidió ir con él pensando encontrar a sus tres hijas que nunca regresaron, de manera que se despidió de su mujer y sus hijos, suministrándole la certeza de que volvería, y salió junto con su antiguo compañero de parrandas y orgías rumbo al viejo ancladero a la búsqueda de un goce que de antemano reconocía concebido por la mente delirante de Tomás.

Sin embargo un sentimiento de emoción placentera le embargaba cuando miraba a Tomás guiando sin dejar de cantar alegremente un rock antiguo de Priscilla Rollins al tiempo que chocaba sus manos rítmicamente contra el guía. Al doblar la vieja carretera que conducía al puerto abandonado recibió su primera sorpresa. La avenida había sido recién asfaltada, las potentes luces de neón de las isletas del centro daban la sensación de que era el mediodía, las barreras laterales la constituían tubos galvanizados de color amarillo que por su brillo parecían haber salido de la fábrica ese mismo día. Ningún peón de la aldea, recordó, había trabajado en el área de construcción por muchos años.

Empezó a temer, pero al llegar al puente una vez más le embargó el sentimiento de felicidad al observar a los barquichuelos que parecían de pescadores, una barcaza grande donde se observaban borrosamente parejas danzando, lanchas de motor fuera de bordas que despedazaban las aguas en violentas rompientes, cepillando el aire con su velocidad y dejando rastros espumantes de vitalidad. Lo único que hasta el momento le perturbaba un poco eran los barcos y viejos buques que desfilaban sin hacer ruido como si carecieran de motores o los tuvieran apagados, y el sol, un sol extraño rojinegro apagado, y la sensación de que detrás de la tupida floresta verde obscura se escondían entidades ominosas.

Pero era sólo eso, una impresión, porque al cruzar el puente se conmovió de tanta belleza; una gran cantidad de ríos y riachuelos desembocaban en el río principal, los árboles, el paisaje todo parecía dibujado y en lontananza el océano que parecía un gran espejo azul ribeteado de espejuelillos espumantes; el ambiente musical se sentía en lo más íntimo del alma, trompetas, violines, fagotes, oboes, acariciaban el oído al son de una música salerosa. Sin embargo hasta ese momento el primer ser humano que observó fue el niño rubio, sin camisa, enredado en lo que parecía un trombón, que se interpuso en el camino para tocar una melodía triste, casi tétrica lo que produjo que mirara interrogante a Tomás, quien sonrió diciéndole: — Es nuestra bienvenida.

Efectivamente, tres mujeres desnudas, las más hermosas que sus ojos habían visto alguna vez llegaron hasta él, le tomaron de la mano y lo acostaron en un chair long, lo desnudaron suavemente y al ritmo de “its a wonderfull World” de Armstrong, juguetearon con todos sus utensilios íntimos, mientras la rubia de ojos azules le acariciaba el rostro con su enorme lengua, la morena de ojos y busto grandes mimaba el área de su pecho mientras la negra mas hermosa que jamás imaginara bailaba tan lentamente como el ritmo de la tonada de Armstrong dentro de su falo erguido como cuando rozaba la adolescencia.

Luego llegaron, igualmente desnudas dos hembras más, cargada una de un cesto colmado de frutas, las que iba colocando en su boca una por una, mientras la pelirroja le ofrecía calimetes sujetos a copas con bebidas que no había saboreado ni en sueños. La morena, la rubia y la negra se turnaban con su diamante, mientras las dos nuevas también se alternaban restregando tibiamente sus vellos y labios anteriores en su bigote bajo la voz sensual de Ella Fitzgerald y su “Blues Skies”.

Las cinco chicas derretían sus apetencias en su cuerpo que anhelante se sumergía en aquel océano de ardores desconocidos. Era tanta la pasión, tanto los divinos goces que experimentaba que no deseaba un orgasmo, lo que quería era alargar ese momento tan memorable, y por eso trató de pensar en algo serio como sus hijas desaparecidas, por lo que miró al derredor buscando encontrar algún elemento desagradable y lo que encontró fue innumerables chicas hermosas de todas las razas masturbándose en todas las posiciones, se introducían dedos y consoladores de todos los colores y tamaños en unos gemidos tan sensuales que a veces bloqueaban al “Salt Peanuts” de Dizzie Gallespie que sonaba en aquellos momentos.

No pudo más, su cuerpo se tensó, sus nervios se englobaron como si fueran a reventar y en un gemido que estremeció la selva limítrofe se recogió en una posición que pareciera como si de su figura sólo hubiera quedado la piel. Exhausto, miró a su alrededor y allí estaban todas dispuestas a servirle, y otras que habían llegado por la noticia de la llegada de ese hombre nuevo.

Sorbió un trago raro pero exquisito y fumó una pipa que le fue ofrecida por la pelirroja; la rubia enredó sus rosados labios dentro de su boca deslizándole una fruta de un sabor tan suave como excitante, su pene volvió a encenderse, y delirante tomó la iniciativa e indistintamente penetró los agujeros de aquellas hembras que se saboreaban de placer abriendo sus intimidades ante este hombre poderoso, dueño de un palo enorme e inagotable así como de la capacidad y calidad incomparable de acariciar sus partes íntimas.

Parecía un desequilibrado repartiendo penetraciones en aquellas sensuales nalgas abiertas para él, y se creía un Dios al escuchar aquellas guapas mujeres gemir de satisfacción ante el hundimiento vehemente de su estaca y las sensaciones que le producían su lengua infatigable, y bajo la voz inconfundible de Etta James “At Last” produjo un grito que movió las aguas del arroyuelo mas cercano en un nuevo orgasmo prodigioso.

Aún no se había recuperado cuando una despampanante morena de senos enormes y pubis colmado de vellos sedosos le tomó de la mano, parándole suavemente con el propósito de darle un paseo por el río, a lo que él se resistió:

No, prefiero quedarme aquí, por el Jazz, -le pidió.

El jazz está en todas partes, mi querido, -afirmó la hermosísima mujer quien dijo llamarse Andrea, agarrándole de la mano, subiendo con él a una de las barcazas que llevaban orquestas. Si sus percepciones no le engañaban era el propio Herbie Hancock en persona quien dirigía la Banda, y bajo la cadencia de “Tell me a Bedtime Story” todos en aquel barco hacían el amor.

Andrea le tomó suavemente por sus sienes e introdujo su rostro entre sus dos grandes melones, luego le dirigió a chupar cada uno de sus redondos pezones marrones, estaba de nuevo enardecido ya que sintió su pene que alcanzaba su mayor tamaño, sin embargo se molestaba con una adolescente que en la gran excitación con su pareja chillaba de manera extravagante y molestosa. No tuvo mucho tiempo para fastidiarse ya que Andrea, siempre dirigiéndole con las manos en sus sienes, se sentó en un taburete abrió sus piernas lo más que pudo y dirigió su cabeza hacia el centro de su poder aterciopelado.

Disfrutaba acariciando aquella mujer tan atractiva, lamiendo sin dejar de mirar de reojo las demás parejas que no paraban de acariciarse y penetrarse por todos los agujeros. Los músicos de Hancock, comprobaba, no miraban a ningún lado, tocaban como si estuvieran en el paraíso, sin embargo le seguían molestando los aullidos de excitación de la chiquilla, por lo que se excusó con Andrea, quien le dispensó el permiso para conversar con la chica que lo irritaba.

Señorita, ¿no podría usted por favor, aminorar sus chillidos, le solicitó, al tiempo de verificar que aquellos ojos verdes claro le parecían conocidos.
¿Papá? la chica buscó rápidamente una toalla y se tapó, -¿papa? ¿Eres tú? -dime que sí, dime que viniste a rescatarnos?
Se quedó embelesado, era Norma, la menor de sus hijas, pero habían pasado casi 20 años y ella no había envejecido.
¡Elisabeth! ¡Papi esta aquí, llegó a rescatarnos! -voceó Norma y una preciosa adolescente desnuda quien en ese momento acariciaba el pene de un negro musculoso, buscó igualmente una sábana para cubrirse y de unos cuantos pasos llegó hasta donde él, quien recordó ruborizado que también estaba desnudo.

Sintió vergüenza delante de sus hijas, e igualmente se cubrió. Había encontrado a Norma y Elisabeth, faltaba Mariam. –Ella está en la barca de Benny Goodman, Papi, -dijo Norma empujando una palanca de mango verde que bajó lentamente una de las lanchas que había visto a su llegada a aquel extraño lugar.

Remontaron río arriba hasta alcanzar un enorme barco tipo crucero de donde se oía perfectamente la dulce “Moonligh Serenade” de Goodman, subió la escalerilla y de nuevo sintió la vergüenza de ver a Mariam con un hombre debajo y otro que la penetraba por detrás, lo que no fue óbice para sacarla de allí llorosa de la alegría por el hecho de ver nuevamente a su padre y de vislumbrar por primera vez su libertad.

Dirigieron la lancha de nuevo río arriba en busca de Tomás a quien encontraron en una playa con unas seis muchachas que le bañaban y acariciaban: —Tomás, -dijo con vehemencia, —tenemos que salir de aquí, -notando que sus hijas escondían sus rostros de Tomás.

Es imposible Santiago ¿Acaso no has oído Hotel California de Eagles? preguntó Tomás, hasta cierto punto sorprendido.
Ya sabes que no me gusta el Rock.
Pues oye, allí viene la barca de Eagles, es la única tonada que tocan aquí. ¡Escúchala! dijo Tomás resignadamente.

Algunas notas de aquella melodía pretérita endulzaron sus oídos:

'Relax,' said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
but you can never leave...!

No quiso escuchar, esa canción la había estado oyendo desde que era un mozalbete, remontó de nuevo el río buscando la ruta donde habían parqueado la Todo terreno pero sólo encontraron al chico del Trombón quien le señaló el bosque que tanto le temía.

Esa selva daba miedo, pero le era obligatorio entrar por la necesidad de localizar la camioneta que lo sacaría de allí junto a sus hijas. Ingresó e inmediatamente empezó a temblar de los escalofríos que le producían unos lamentos lúgubres, aullidos aterradores y gemidos orgásmicos como de miles de almas en penas, pero la encontró. Parecía como si hubiera chocado frontalmente con un camión. Estaba totalmente destrozada y aún se veían dos cuerpos en su interior. Sólo reconoció el de él.

Al salir de allí oyó la canción predilecta de su artista preferido: “Tenderly” de Chet Baker, pero esta vez el sonido de la trompeta le parecía al de la corneta del diablo. Ya sabía que estaba en el infierno, pero ¿y sus hijas? ¿Por qué estaban allí? ¿Y el otro hombre en la camioneta que no era Tomás? ¿Por qué sus hijas escondieron sus rostros cuando hablaba con Tomás?

Decidió entrar a la espantosa selva de nuevo, bajó por el terraplén hasta donde estaba la camioneta destruida y miró el rostro de cerca del joven que le acompañaba, también observó la chapa de la camioneta “Santo Domingo, 1985”. Y comprendió que en verdad había pagado la deuda con creces, comprendió también y se apenó de la vergüenza de sus hijas ante Tomas. Salió de allí muy turbado.

En esta ocasión sus hijas no le esperaron, caminó alerta hasta alcanzar a ver al chico del trombón desnudo, con su cuerpo tan adherido al de Norma que parecían uno sólo; más adelante sobre la arena blanca observó, ya sin sorprenderse, a Mariam quien acostada recibía la lengua de Elizabeth sobre sus pezones adolescentes, mientras sus dedos entraban y salían presurosos del oscuro interior de su hermana.

Sintió nauseas, y cabizbajo dio la espalda, pero de repente sintió la necesidad vital de continuar la tarea que había empezado con Andrea, y al escuchar que de nuevo se repetía “its a Wonderful World” supo de inmediato que odiaría el Jazz para toda la vida… o para toda la muerte.

©Joan Castillo

Podéis leer más creaciones de Joan Castillo en los siguientes enlaces:

http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/chajaira/joancastillo/
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18
May

El otro yo. De Mario Benedetti

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.

Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.

Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando.Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».

El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

"El otro yo" de Mario Benedetti Cuento extraído del libro "La muerte y otras sorpresas"

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12
May

Muerte heroica de Charles Baudelaire

Fanciullo era un admirable bufón, casi un amigo del príncipe. Mas, para las personas consagradas a lo cómico por profesión, lo serio tiene atractivos fatales, y por raro que pueda parecer que las ideas de patria y de libertad se apoderen despóticamente del cerebro de un histrión, un día Fanciullo tomó parte en cierta conspiración tramada por algunos señores descontentos.
En todas partes hay hombres de bien que denuncian al Poder los individuos de humor atrabiliario, que quieren desposeer a los príncipes y operar, sin consultarla, la mudanza de una sociedad. Los señores en cuestión fueron detenidos, y con ellos Fanciullo, y condenados a muerte cierta.
Gustoso creería yo que al príncipe llegó a enfadarlo aquello de encontrar entre los rebeldes a su comediante favorito. El príncipe no era ni mejor ni peor que los demás; pero una sensibilidad excesiva le hacía en muchos casos más cruel y más déspota que todos sus semejantes. Apasionado por las bellas artes, y además entendido en ellas como pocos, mostrábase verdaderamente insaciable de placeres. Harto indiferente con relación a los hombres y a la moral, artista verdadero en persona, no conocía enemigo más peligroso que el aburrimiento, y los esfuerzos raros que hacía para huir de este tirano del mundo o vencerle le hubieran atraído ciertamente, por parte de un historiador severo, el epíteto de monstruo, si hubiera dejado que en sus dominios se escribiese algo que no tendiera únicamente al placer o al asombro, que es una de las más delicadas formas del placer. La gran desdicha de aquel príncipe fue no tener nunca un teatro suficientemente vasto para su genio. Hay Nerones jóvenes que se ahogan en límites sobrado estrechos; los siglos por venir han de ignorar siempre su nombre y su buena voluntad. La Providencia, imprevisora, había dado a aquél facultades mayores de sus estados.
Corrió de repente la voz de que el soberano quería otorgar gracia a todos los conjurados; y origen de tal rumor fue el anuncio de un gran espectáculo en que Fanciullo había de representar uno de sus papeles principales y mejores, y al que asistirían también, según informes, los caballeros condenados; signo evidente, agregaban los espíritus superficiales, de las tendencias generosas del príncipe ofendido.
Por parte de un hombre tan natural y voluntariamente excéntrico, todo era posible, hasta la virtud, hasta la clemencia, sobre todo si pensaba encontrar en ella placeres inesperados. Mas para los que, como yo, habían podido penetrar más adentro en las profundidades de aquella alma curiosa y enferma, era infinitamente más probable que el príncipe quisiera juzgar del valor de los talentos escénicos de un hombre condenado a muerte. Quería aprovechar la ocasión para hacer un experimento fisiológico de interés capital, y comprobar hasta qué punto las facultades habituales de un artista podían alterarse o modificarse ante la situación extraordinaria en que él se encontraba; después de esto, ¿existía en su alma una intención más o menos resuelta de clemencia? Punto es éste que jamás ha podido aclararse.
Llegó, al cabo, el gran día, y la reducida corte desplegó todas sus pompas; difícil sería concebir, sin haberlo visto, cuántos esplendores puede ostentar la clase privilegiada de un Estado con recursos restringidos en una verdadera solemnidad. Aquélla era doblemente verdadera; lo primero, por la magia del lujo desplegado, y después, por el interés moral y misterioso que llevaba consigo.
Maese Fanciullo sobresalía, ante todo, en los papeles mudos, o poco cargados de palabras, que suelen ser los principales en esos dramas de magia, cuyo objeto es representar simbólicamente el misterio de la vida. Entró en escena con ligereza y con perfecta soltura, y ello contribuyó a fortalecer en el noble auditorio la idea de benignidad y de perdón.
Cuando de un comediante se dice: «Ese es un buen comediante», se echa mano de una fórmula que implica que, tras el personaje, se deja adivinar el cómico, es decir, el arte, el esfuerzo, la voluntad. Pues si un comediante llega a ser, con relación al personaje que está encargado de expresar, lo que las mejores estatuas antiguas, milagrosamente animadas, vivas, andantes, videntes, podrían ser, con respecto a la idea general y confusa de belleza, ése sería, a no dudar, caso singular y totalmente improvisto. Fanciullo fue aquella noche una perfecta idealización, que era imposible no suponer viva, posible, real. El bufón iba, venía, reía, lloraba, entraba en convulsión, con una indestructible aureola en derredor de la cabeza, aureola invisible para todos, pero visible para mí, que unía en extraña amalgama los rayos del arte con la gloria del martirio. Fanciullo introducía, por no sé qué gracia especial suya, lo divino y lo sobrenatural, hasta en las bufonadas más extravagantes. Tiembla mi pluma, y lágrimas de emoción siempre presente se me suben a los ojos cuando intento describiros aquella inolvidable velada. Demostrábame Fanciullo, de manera perentoria, irrefutable, que la embriaguez del arte es más apta que otra cualquiera para velar los terrores del abismo; que el genio puede representar la comedia al borde de la tumba con una alegría que no le deje ver la tumba, perdido como está en un paraíso que excluye toda idea de tumba y destrucción.
Todo aquel público, por estragado y frívolo que fuese, pronto sintió el omnipotente dominio del artista. Nadie soñó ya en muerte, luto o suplicio. Cada cual se abandonó, sin inquietud, a los placeres múltiples que da la vista de una obra maestra de arte vivo. Las explosiones de gozo y admiración sacudieron varias veces las bóvedas del edificio con la energía de un trueno continuo. Hasta el príncipe, embriagado, mezcló su aplauso al de su corte.
Sin embargo, para los ojos clarividentes, su embriaguez no carecía de mezcla. ¿Sentíase vencido en su poderío de déspota? ¿Humillado en su arte de atemorizar corazones y embotar ánimos? ¿Frustrado en sus esperanzas y afrentado en sus previsiones? Tales supuestos, no exactamente justificados, pero no en absoluto injustificables, cruzaron por mi mente mientras contemplaba yo el rostro del príncipe, en el que una palidez nueva iba a juntarse sin cesar con su habitual palidez, como nieve sobre nieve. Apretábanse cada vez con más fuerza sus labios, y sus ojos se iluminaban con fuego interior, semejante al de los celos y al del odio, hasta cuando aplaudía ostensiblemente los talentos de su antiguo amigo, el extraño bufón, que tan bien bufoneaba con la muerte. En determinado momento vi a su alteza inclinarse hacia un pajecillo, colocado detrás de él, y hablarle al oído. La cara traviesa del lindo muchacho se iluminó con una sonrisa, y salió vivamente después del palco principesco, cual si fuera a cumplir un encargo urgente.
Pocos minutos más tarde, un silbido agudo, prolongado, interrumpió a Fanciullo en uno de sus mejores momentos, y desgarró a la vez oídos y corazón del artista. Del sitio de donde había brotado aquella inesperada desaprobación, un muchacho se precipitaba al pasillo ahogando la risa.
Fanciullo, sacudido, despertando de su sueño, cerró primero los ojos, los volvió a abrir casi enseguida, agrandados desmesuradamente, abrió luego la boca como para respirar convulso, vaciló un poco hacia adelante, otro poco hacia atrás, y cayó después muerto de repente en las tablas.
El silbido, rápido como el acero, ¿había frustrado en realidad al verdugo? ¿Había el príncipe mismo advertido toda la homicida eficacia de su treta? Permitida está la duda. ¿Tuvo sentimiento por su querido e inimitable Fanciullo? Dulce y legítimo es creerlo.
Los caballeros culpables habían gozado por última vez del espectáculo de la comedia. Aquella misma noche fueron borrados de la vida.
Desde entonces acá, varios mimos, justamente apreciados en diferentes países, han venido a representar ante la corte de ***, pero ninguno de ellos ha podido reanimar los maravillosos talentos de Fanciullo ni levantarse hasta el mismo favor.

*Muerte heroica Extraído del libro de Charles Baudelaire El Spleen de París

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7
Feb

Séptima, encantadora. De Marcel Schwob

Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de ésta fue esclava, y todas fueron bellas y obscuras, y los dioses infernales les revelaron filtros de amor y de muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa donde vivía Séptima eran de un rosa trémulo. Y la arena de la playa estaba sembrada de conchitas que arrastra el mar tibio desde la tierra de Egipto, en el lugar donde las siete bocas del Nilo derraman siete limos de diversos colores. En la casa marítima donde vivía Séptima, se oía morir la franja de plata del Mediterráneo y, a sus pies, un abanico de líneas azules resplandecientes se desplegaba hasta al ras del cielo. Las palmas de las manos de Séptima estaban enrojecidas por el oro, y las puntas de sus dedos pintadas; sus labios olían a mirra y sus párpados ungidos se estremecían suavemente. Así iba por los caminos de las afueras, llevando a la casa de los sirvientes una cesta de panes tiernos.
Séptima se enamoró de un joven libre, Sextilio, hijo de Dionisia. Pero no les está permitido ser amadas a aquellas que conocen los misterios subterráneos, ya que están sometidas al adversario del amor, que se llama Anteros. Y así como Eros gobierna el centelleo de los ojos y aguza las puntas de las flechas, Anteros desvía las miradas y atenúa la acritud de los dardos. Es un dios bienhechor que mora en medio de los muertos. No es cruel, como el otro. Posee el nepentas que da el olvido. Y porque sabe que el amor es el peor de los dolores terrestres, odia y cura el amor. Sin embargo, no tiene el poder de echar a Eros de un corazón ocupado. Entonces toma el otro corazón. Así Anteros lucha contra Eros. Por esto fue que Sextilio no pudo amar a Séptima. Tan pronto como Eros hubo llevado su antorcha al seno de la iniciada, Anteros, irritado, se apoderó de aquel a quien ella quería amar.
Séptima supo del poder de Anteros en la mirada baja de Sextilio. Y cuando el temblor púrpura aferró al aire de la tarde, salió por el camino que va desde Hadrumeto hasta el mar. Es un camino apacible donde los enamorados beben vino de dátiles recostados en las murallas pulidas de las tumbas. La brisa oriental sopla su perfume sobre la necrópolis. La joven luna, todavía velada, va allí a vagabundear, incierta. Muchos muertos embalsamados alardean alrededor de Hadrumeto en sus sepulturas. Y allí dormía Foinisa, hermana de Séptima, esclava como ella, muerta a los dieciséis años, antes de que ningún hombre hubiese respirado su olor. La tumba de Foinisa era estrecha como su cuerpo. La piedra abrazaba sus senos oprimidos por vendas. Muy cerca de su frente baja una larga losa cortaba su mirada vacía. De sus labios ennegrecidos se elevaba todavía el vapor de los aromas en que la habían empapado. En su mano quieta brillaba un anillo de oro verde con dos rubíes pálidos y turbios incrustados. Soñaba eternamente en su sueño estéril con las cosas que no había conocido.
Bajo la blancura virgen de la luna nueva, Séptima se tendió junto a la tumba estrecha de su hermana, contra la buena tierra. Lloró y pegó su rostro a la guirnalda esculpida. Acercó su boca al conducto por donde se vierten las libaciones y su pasión brotó:

-Oh, hermana mía, apártate de tu sueño para escucharme. La pequeña lámpara que ilumina las primeras horas de los muertos se apagó. Has dejado deslizar de tus dedos la ampolla de vidrio coloreada que te habíamos dado. El hilo de tu collar se rompió y los granos de oro se derramaron alrededor de tu cuello. Ya nada de nosotros es tuyo y ahora aquel que tiene un halcón en la cabeza te posee. Escúchame, pues tú tienes el poder de llevar mis palabras. Ve a la celda que tú sabes y suplícale a Anteros. Suplícale a la diosa Hator. Suplícale a aquel cuyo cadáver despedazado fue llevado por el mar en un cofre hasta Biblos. Hermana mía, ten piedad de un dolor desconocido. Por las siete estrellas de los magos de Caldea, yo te conjuro. Por las potencias infernales que se invocan en Cartago, Jao, Abriao, Salbaal y Batbaal, recibe mi encantamiento. Haz que Sextilio, hijo de Dionisia, se consuma de amor por mí, Séptima, hija de nuestra madre Amoena. Que arda en la noche; que me busque junto a tu tumba. ¡Oh, Foinisa! O llévanos a los dos a la morada tenebrosa, poderosa. Ruega a Anteros que enfríe nuestros alientos si le niega a Eros que los encienda. Muerta perfumada, acoge la libación de mi voz. ¡Ashrammachalada!

Inmediatamente, la virgen vendada se levantó y penetró en la tierra mostrando los dientes.
Y Séptima, avergonzada, corrió por entre los sarcófagos. Hasta la segunda noche permaneció en compañía de los muertos. Espió a la luna fugitiva. Ofreció su garganta a la mordedura salada del viento marino. Fue acariciada por el primer oro del día. Después volvió a Hadrumeto y su larga camisa azul flotaba detrás de ella.
Mientras tanto, Foinisia, rígida, erraba por los circuitos infernales. Y aquel que tiene un halcón en la cabeza no escuchó su ruego. Y la diosa Hator permaneció tendida en su funda pintada. Y Foinisia no pudo encontrar a Anteros, pues ella no conocía el deseo. Pero en su corazón mustio sintió la piedad que los muertos tienen para con los vivos. Entonces, a la segunda noche, a la hora en que los cadáveres se liberan para consumar los encantamientos, hizo que sus pies atados se movieran por las calles de Hadrumeto.
Sextilio temblaba acompasadamente, agitado por los suspiros del sueño, con el rostro vuelto hacia el techo de su habitación surcado de rombos. Y Foinisia, muerta, envuelta en las vendas olorosas, se sentó a su lado.
Y ella no tenía ni cerebro ni vísceras; pero su corazón desecado había sido puesto de nuevo en su pecho.
Y en ese momento Eros luchó contra Anteros, y se apoderó del corazón embalsamado de Foinisia. En seguida deseó el cuerpo de Sextilio, para que estuviese acostado entre ella y su hermana Séptima en la casa de las tinieblas.
Foinisia posó sus labios tintados en la boca viva de Sextilio y la vida escapó de él como una burbuja. Después se encaminó a la celda de esclava de Séptima y la tomó de la mano. Y Séptima, dormida, se dejó llevar por la mano de la hermana. Y el beso de Foinisia y el abrazo de Foinisia hicieron morir, casi a la misma hora de la noche, a Séptima y a Sextilio. Tal fue el desenlace fúnebre de la lucha de Eros contra Anteros; y las potencias infernales recibieron una esclava y un hombre libre al mismo tiempo.
Sextilio está acostado en la necrópolis de Hadrumeto, entre Séptima, la encantadora, y su hermana virgen Foinisia. El texto del encantamiento está inscripto en la placa de plomo, enrollada y perforada por un clavo, que la encantadora deslizó por el conducto de las libaciones en la tumba de su hermana.

*Extraído del libro "Vidas imaginarias"(1896) de Marcel Schwob (Chaville, Hauts-de-Seine, 1867 – París, 1905)

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26
Ene

Los Funerales de Xiang Ti De Ricardo Acevedo



(A CRSU)

Le llegó la muerte a Xiang Ti justo el mismo día que se terminara de construir su tumba.
Malos presagios vio el mago de la corte y así lo hizo saber el nuevo Monarca.
-"Veinte mil obreros trabajaron horadando las montañas gemelas, otros diez mil artesanos la enriquecieron con su arte y la transformaron en fortaleza inexpugnable... Pero conocen el secreto de sus trampas y tarde o temprano profanarán los venerables restos de vuestro ancestro."
Enfurecido ante tal hecho el Nuevo Emperador impartió precisas órdenes y al otro día la devastadora acción del veneno se podía ver en los treinta mil rostros.
Pero el Rey fue más precavido y pensó en los pueblos vecinos y en los embajadores de rostros inquisidores.
Para cumplir la orden un secreto ejército ejecutó la selecta matanza, degollándose entre ellos al final.
Ahora las calles están vacías de cantos y chismes. Nadie vigila las puertas del Castillo, en el Gran Salón (ahora transformado en patíbulo) danzan la sombra satisfecha del Nuevo Rey.

Ricardo Acevedo E.

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21
Ene

Pilar Edo. Pintora, amiga

Pilar Edo inaugura el día 22 jueves, a las 8 de la tarde en el Centro Municipal de Cultura (C/Antonio Maura,4) de Castellón, y tendrá expuestos sus cuadros desde el 22 de enero al 7 de febrero de 2009.

Si las DiosAS quieren...


Madre nuestra que estas en los Cielos, Santifica este baño con el que el Arte limpia tu alma Divina

Hágase de mí voluntad la vuestra y compartamos el Pan fruto de nuestro pasado para nuestro presente y por nuestro futuro...


... Allí Diosas y Dioses se darán encuentro con las madres de la tierra y los cielos... Santificando el Arte femenino
Atraeremos los reinos a voluntad de nosotras, las mujeres,
y del mejor fruto celestial haremos un placer compartido con los Dioses y Diosas de carne y hueso.

Amén.

Os espero, si DiosA quiere...

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14
Dic

LLUVIAS de Ricardo Acevedo

Llueve sobre las estrellas

formándose charcos en espiral

hilos-vida infinita

que nos conducen siempre

a través del Tiempo

madurando mangos

limpiando calles

inundado mundos habitables

porque sus gotas son eternas

©Ricardo Acevedo E.

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3
Nov

La invitación al viaje. De Charles Baudelaire

Hay un país soberbio, un país de Jauja -dicen-, que sueño visitar con una antigua amiga. País singular, anegado en las brumas de nuestro Norte, y al que se pudiera llamar el Oriente de Occidente, la China de Europa: tanta carrera ha tomado en él la cálida y caprichosa fantasía; tanto la ilustró paciente y tenazmente con sus sabrosas y delicadas vegetaciones.

Un verdadero país de Jauja, en el que todo es bello, rico, tranquilo, honrado; en que el lujo se refleja a placer en el orden; en que la vida es crasa y suave de respirar; de donde están excluídos el desorden, la turbulencia y lo improvisto; en el que la felicidad se desposó con el silencio; en el que hasta la cocina es poética, pingüe y excitante; en el que todo se te parece, ángel mío.

¿Conoces la enfermedad febril que se adueña de nosotros en las frías miserias, la ignorada nostalgia de la tierra, la angustia de la curiosidad? Un país hay que se te parece, en el que todo es bello, rico, tranquilo y honrado, en el que la fantasía edificó y decoró una China occidental, en el que la vida es suave de respirar, en el que la felicidad se desposó con el silencio. ¡Allí hay que irse a vivir, allí es donde hay que morir!

Sí, allí hay que irse a respirar, a soñar, a alargar las horas en lo infinito de las sensaciones. Un músico ha escrito la Invitación al vals; ¿quién será el que componga la invitación al viaje que pueda ofrecerse a la mujer amada, a la hermana de elección?

Sí, en aquella atmósfera daría gusto vivir; allá, donde las horas más lentas contienen más pensamientos, donde los relojes hacen sonar la dicha con más profunda y más significativa solemnidad.

En tableros relucientes o en cueros dorados con riqueza sombría, viven discretamente unas pinturas beatas, tranquilas y profundas, como las almas de los artistas que las crearon. Las puestas del Sol, que tan ricamente colorean el comedor o la sala, tamizadas están por bellas estofas o por esos altos ventanales labrados que el plomo divide en numerosos compartimientos. Vastos, curiosos, raros son los muebles, armados de cerraduras y de secretos, como almas refinadas. Espejos, metales, telas, orfebrería, loza, conciertan allí para los ojos una sinfonía muda y misteriosa; y de todo, de cada rincón, de las rajas de los cajones y de los pliegues de las telas se escapa un singular perfume, un vuélvete de Sumatra, que es como el alma de la vivienda.

Un verdadero país de Jauja, te digo, donde todo es rico, limpio y reluciente como una buena conciencia, como una magnífica batería de cocina, como una orfebrería espléndida, como una joyería policromada. Allí afluyen los tesoros del mundo, como a la casa de un hombre laborioso que mereció bien del mundo entero. País singular, superior a los otros, como lo es el Arte a la Naturaleza, en el que ésta se reforma por el ensueño, en el que está corregida, hermoseada, refundida.

¡Busquen, sigan buscando, alejen sin cesar los límites de su felicidad esos alquimistas de la horticultura! ¡Propongan premios de sesenta y de cien mil florines para quien resolviere sus ambiciosos problemas! ¡Yo ya encontré mi tulipán negro y mi dalia azul!

Flor incomparable, tulipán hallado de nuevo, alegórica dalia, allí, a aquel hermoso país tan tranquilo, tan soñador, es adonde habría que irse a vivir y a florecer, ¿no es verdad? ¿No te encontrarías allí con tu analogía por marco y no podrías mirarte, para hablar, como los místicos, en tu propia correspondencia?

¡Sueños! ¡Siempre sueños!
, y cuanto más ambiciosa y delicada es el alma tanto más la alejan de lo posible los sueños. Cada hombre lleva en sí su dosis de opio natural, incesantemente segregada y renovada, y, del nacer al morir, ¿cuántas horas contamos llenas del goce positivo, de la acción bien lograda y decidida? ¿Viviremos jamás, estaremos jamás en ese cuadro que te pintó mi espíritu, en ese cuadro que se te parece?

Estos tesoros, estos muebles, este lujo, este orden, estos perfumes, estas flores milagrosas son tú. Son tú también estos grandes ríos, estos canales tranquilos. Los enormes navíos que arrastran, cargados todos de riquezas, de los que salen los cantos monótonos de la maniobra, son mis pensamientos, que duermen o ruedan sobre tu seno. Tú, los guías dulcemente hacia el mar, que es lo infinito, mientras reflejas las profundidades del cielo en la limpidez de tu alma hermosa; y cuando, rendidos por la marejada y hastiados de los productos de Oriente, vuelven al puerto natal, son también mis pensamientos, que tornan, enriquecidos de lo infinito, hacia ti.

Charles Baudelaire (París, 1821-1867) Extraído del Spleen de París.

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3
Oct

Muñeca de trapo. De Chajaira

Pudieran ser,
mis pecas de trapo
el brotar de tu risa,

Pudieran ser,
mis pestañas de lana,
el aletear de tus tripas.

Pero soy,
tu juguete encantado,
sentada en el cuadro
de la azul camisa.

®Chajaira

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27
Sep

Zumurrud. De Arturo Uslar Pietri

Os dejo con uno de mis cuentos preferidos de Arturo Uslar Pietri, venezolano, nacido en Caracas en 1906, galardonado en 1990 con el Príncipe de Asturias de Literatura.

Se da cuenta, "pero Alah es más sabio, que un pobre pescador llamado Eddin, humilde alma y ardiente devoto del profeta, con el alba había salido aquella mañana sobre el mar a echar las redes. Era pobre de toda pobreza, tan pobre como un guijarro en una charca.
Sobre Eddin había pasado el frescor de la aurora, cuando el mar era pálido como una lejanía de floresta; había caído el bochorno del mediodía tornando el agua de una coloración de zafiro denso; y. por último, le había sobrevenido el crepúsculo, cuando el océano era todo glauco con toques de cobre.
En la jornada había echado la red incansable y persistentemente, y entre las cuerdas húmedas no había visto platear ni una sardina. Estaba extenuado; un sudor frío le corría por la piel áspera. Desesperanzado, en la última penumbra de las luces del oca¬so, se resolvió a echar la postrera redada.
Pensaba en sus pobres hijos y en su mujer que no habían comido en todo aquel día, se imaginaba su regreso, cuando saliesen a recibirlo jubilosos y lo hallasen con las manos vacías, todo esto le apretaba el alma; así fue que irguiéndose en un último esfuerzo gritó a pleno pulmón: «En el nombre de AIah, el Clemente sin límites, el Misericordioso», y arrojó el artefacto a lo lejos, en la profundidad móvil.

Largo rato estuvo al acecho. Al fin tiró de las cuerdas y las sintió pesadas. Entre el tejido burdo emergió del agua una gran ánfora de bronce labrado que las luces crepusculares policromaban de una maravillosa pedrería.
Loado sea Alah, se dijo el pobrete, y comenzó a bogar hacia tierra con su raro cargamento. Entretanto se había escondido el sol y empezaban a encenderse las estrellas. Allá, en lo lejano, sobre el perfil opaco de los montes, asomaba la luna la punta de su disco de tiza.
Varó su bote en la arena suave y sentándose sobre una piedra se dio a contemplar su hallazgo.
Mientras más lo veía y dilataba las pupilas en la contemplación más lo tomaba la sorpresa, como un vapor de embriaguez.
Seguramente Alah le había puesto en su camino para hacerle dichoso y rico hasta el día de la Recompensa, allí no podía estar la mano del Maligno (confundido sea), ya que el nombre del Clemente la había hecho surgir de las aguas.
Eddin dilataba su admiración en un largo y cadencioso «Aaah»; después más exaltado dijo en su honor los versos del poeta:

I1uminaría la noche más oscura entre las noches;
Es como la letra Mim;
Ante ella se aplacarían el simún de los desiertos y la
tempestad del mar;
Es digna de que los califas se postren ante ella como
perros esclavos;
Sola bastaría para volver a la vida a los caddveres
en putrefacción comidos de los gusanos.

Y más luego soltó la fantasía, como un potro de bríos incontenibles, y la fantasía galopaba y galopaba por esa ilimitada llanura de las maquinaciones.

Eddin soñaba...

Dentro estaba el tesoro de los sultanes perdidos en lo lejano del momento y de la edad: las grandes perlas, grandes como ojos de bueyes o como lunas recién nacidas; las enormes esmeraldas verdes de aguas quietas como lagos muertos; los rubíes desmesurados que arden en reflejos escarlata como una hoguera en la noche; y. las turquesas de un azul ingenuo como los pedazos de cielo que se ven a través de las curvas ventoleras de las mezquitas.
Sería rico, tendría alcázares fabulosos de alabastro, semejantes a los que construye la espuma en la cresta torcida de las olas, sus siervos cuajarían los campos; la seda de sus ropones sonaría grata como la música de las dulzainas; la extensión de sus tierras sería mayor que la que se divisa extenuando la mirada, desde lo alto de una palmera alta.

Eddin soñaba... .

Pero también había oído contar allá en el zoco, cuando en los días de descanso se reunían los hom¬bres de trabajo, una historia sorprendente.
Un pescador, igual que él, un día entre los días halló en el mar una gran ánfora de metal que tenía en la tapadera el sello de un sultán antiguo y malévolo. Del envase abierto brotó una efrit descomunal y cruel que le ofreció la muerte.
Eddin rememoraba y tornaba a ver el ánfora, sobre la tapa había un sello de plomo, quizá sería el sello de Soleimán.
El miedo le tomó con un oleaje frío de la sangre.
También podría haber allí un efrit temeroso que cargase sobre su miseria las maldiciones inexorables que se cumplen porque alteran el sino de las vidas.
Bien podía castigarle el Misericordioso por su avaricia desmedida. Si pobre había sido hasta entonces, ¿por qué no podría seguirlo siendo hasta que le sobreviniese la Separadora de los Amigos?

La luna mediaba el camino del cielo y estaba toda la playa blanca como si hubiese llovido cal.

Eddin había tornado del sueño...

Llegóse al borde del agua y arrojó el ánfora con violencia. «En el nombre de Alah y de Mahomed, su profeta», sonó un chasquido seco el mar se prolongaba en su canción ahogada.
Por la vereda ululaba la brisa como un can de mal agüero.

No sé si esto es un cuento o una glosa: en el “Alf lailah oua líala” hay algo parecido, mas lo cierto es que si no ha sucedido nunca, bien ha podido suceder.
El ánfora es el sueño y Eddin la vida, y cuando se tiene el sueño lo mejor es arrojado lejos, como una mala parásita, ya que después de la muerte será «como si nunca se hubiese sido»...

Zumurrud, cuento extraído del libro de Arturo Uslar Pietri: Barrabás y otros cuentos)

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21
Sep

Serie El Viaje de Gabriel Pacheco

Disfrutad del bello arte visual de Gabriel Pacheco. Un placer para los sentidos y una fuente de inspiración que espero os anime para visitar sus blog, y de esa forma conocerlo mejor:
http://gabriel-pacheco.blogspot.com/
http://gabrielpachecoprint.blogspot.com/

Y ahora recrearos en este “El Viaje” una de sus series pictóricas.

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31
Ago

Poema #1 De Ricardo Acevedo Esplugas

La balanza se ha roto.
La maldad se apodera del fértil Valle de That,
Donde las flores duermen
(e incluso roncan)

tu cuerpo no teme al castigo
el tribunal tiembla al dictar sentencia
-¿Sabias, que está prohibido hacer el amor en verano?
-¡Si!
Los jorobados e impotentes lanzan piedras sobre ella.

Deforman tu cuerpo con espejos
Mientras se escuchan trompetas.

-El Gran Viejo, ha visto.
Las lenguas venenosas, se tornan rosadas.
Exclaman los ciegos:
-Lo hemos visto.
Los blancos y asquerosos se suicidan en masa.
-“El Gran Viejo ha sido visto, mientras hacia el amor,
con una tierna criatura de nueve años. El primer día de Verano.”

Alguien en silencio ha reparado la balanza.
La maldición, se ha roto.

Pero tu cuerpo sigue descuartizado,
rodeado, de flores, que duermen (... y roncan)
en el fértil Valle de That.

©Ricardo Acevedo Esplugas

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