Los girasoles. De Daniel Schallbetter

Si deseáis saber más sobre este artista Argentino, excelente pintor y mejor persona, aquí os dejo el link de su página web:

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Es extraña la historia de ese pueblo perdido en el lejano Sur de la República Dominicana en pleno 2005. Las jóvenes y niñas de la última generación lo saben, conocen su destino, un día pasarán unos hombres que se enamorarán de ellas, las invitarán a salir y jamás regresarán, porque allá fuera está la gloria, el Edén; sin embargo, nadie, ni hombres ni mujeres que han salido de allí han regresado, pero tampoco ninguno de los emigrados ha enviado una carta, un mensaje. Por eso la expectación, el cuchicheo por el rugido del motor de un automóvil que se escucha lejano, acercándose como un rumor lúgubre. Lucían conmocionados ya que se perdía en el péndulo del tiempo la última vez que un ser humano ajeno a ellos pasó por esta aldea ubicada en el culo del mundo, como gustaban llamarle a su ubicación geográfica.
Santiago se imaginaba que el recién llegado se llevaría a las hijas adolescentes de Harry, quien no podía negarse ya que ningún mortal puede torcer el destino de un pueblo maldito, arruinado, y desamparado de la gracia de Dios, como no lo pudo torcer él cuanto hace unas dos décadas aquel hombre vestido de azul se llevó a pasear a Mariam, Elisabeth y Norma, sus tres hijas adolescentes, a quienes aún está esperando.
Se paró en el porche de la ventana y observó al forastero, quien a pesar del enorme sombrero y el sobretodo azul que casi le llegaba a ras de tierra reconoció en él a Tomás, el prestamista, jamás pensó que lo encontraría ya que fue precisamente por culpa de él, es decir por la deuda que no podía pagarle, que hace unos 35 años dejó la capital, Santo Domingo, para internarse en este macondo tropical, en virtud de lo cual se adelantó:
— Tommy, soy yo, Santiago el Gringo, aún no puedo pagarte, tendrás que seguir esperando.
—Ya me pagaste Gringo ¿Acaso no recuerdas? Me pagaste, repitió, ¿Por qué he de cobrarte de nuevo?
—-Mientes, nunca te pagué, contestó con la misma contundencia.
— Me pagaste. Además no he venido aquí a discutir deudas ni nada que se le parezca. He venido a escuchar jazz con las mujeres más lindas del mundo, y vine a invitarte porque sé como disfrutas del jazz.
-¿Recuerda nuestras veladas con Miles, Coltrane y Mancini? Me informaron que se pueden escuchar en vivo en las barcas del viejo puerto.
—Pues claro, claro, y el “Misty” de Ella y el Duke, el “Mambo Swing” de Goodman, -contestó Santiago, extrañado de cómo Tomás había dado con él, y de las barcas del puerto, ya que a su entender el viejo astillero no tenía actividad desde unos cincuenta años atrás.
Pero Tomás insistió y le habló del sexo libre, de las barcazas atestadas de las mujeres más hermosas de la tierra, de las bebidas más costosas, de tuberías terminadas en grifos que contenían cervezas de todas las marcas, piscinas de coñac; le afirmó que en aquel nuevo Edén colgaban de los árboles pipas gigantescas de opio y marihuana así como jeringuillas de todos los tamaños para la administración de morfina, cocaína y derivados, y jazz de los grandes en todos los ángulos del embarcadero. También Le afirmó que todo era gratis porque a un hombre sólo se le permitía entrar allí una sola vez en la vida.
Santiago, como es de suponer, no le creyó ni media palabra, pero decidió ir con él pensando encontrar a sus tres hijas que nunca regresaron, de manera que se despidió de su mujer y sus hijos, suministrándole la certeza de que volvería, y salió junto con su antiguo compañero de parrandas y orgías rumbo al viejo ancladero a la búsqueda de un goce que de antemano reconocía concebido por la mente delirante de Tomás.
Sin embargo un sentimiento de emoción placentera le embargaba cuando miraba a Tomás guiando sin dejar de cantar alegremente un rock antiguo de Priscilla Rollins al tiempo que chocaba sus manos rítmicamente contra el guía. Al doblar la vieja carretera que conducía al puerto abandonado recibió su primera sorpresa. La avenida había sido recién asfaltada, las potentes luces de neón de las isletas del centro daban la sensación de que era el mediodía, las barreras laterales la constituían tubos galvanizados de color amarillo que por su brillo parecían haber salido de la fábrica ese mismo día. Ningún peón de la aldea, recordó, había trabajado en el área de construcción por muchos años.
Empezó a temer, pero al llegar al puente una vez más le embargó el sentimiento de felicidad al observar a los barquichuelos que parecían de pescadores, una barcaza grande donde se observaban borrosamente parejas danzando, lanchas de motor fuera de bordas que despedazaban las aguas en violentas rompientes, cepillando el aire con su velocidad y dejando rastros espumantes de vitalidad. Lo único que hasta el momento le perturbaba un poco eran los barcos y viejos buques que desfilaban sin hacer ruido como si carecieran de motores o los tuvieran apagados, y el sol, un sol extraño rojinegro apagado, y la sensación de que detrás de la tupida floresta verde obscura se escondían entidades ominosas.
Pero era sólo eso, una impresión, porque al cruzar el puente se conmovió de tanta belleza; una gran cantidad de ríos y riachuelos desembocaban en el río principal, los árboles, el paisaje todo parecía dibujado y en lontananza el océano que parecía un gran espejo azul ribeteado de espejuelillos espumantes; el ambiente musical se sentía en lo más íntimo del alma, trompetas, violines, fagotes, oboes, acariciaban el oído al son de una música salerosa. Sin embargo hasta ese momento el primer ser humano que observó fue el niño rubio, sin camisa, enredado en lo que parecía un trombón, que se interpuso en el camino para tocar una melodía triste, casi tétrica lo que produjo que mirara interrogante a Tomás, quien sonrió diciéndole: — Es nuestra bienvenida.
Efectivamente, tres mujeres desnudas, las más hermosas que sus ojos habían visto alguna vez llegaron hasta él, le tomaron de la mano y lo acostaron en un chair long, lo desnudaron suavemente y al ritmo de “its a wonderfull World” de Armstrong, juguetearon con todos sus utensilios íntimos, mientras la rubia de ojos azules le acariciaba el rostro con su enorme lengua, la morena de ojos y busto grandes mimaba el área de su pecho mientras la negra mas hermosa que jamás imaginara bailaba tan lentamente como el ritmo de la tonada de Armstrong dentro de su falo erguido como cuando rozaba la adolescencia.
Luego llegaron, igualmente desnudas dos hembras más, cargada una de un cesto colmado de frutas, las que iba colocando en su boca una por una, mientras la pelirroja le ofrecía calimetes sujetos a copas con bebidas que no había saboreado ni en sueños. La morena, la rubia y la negra se turnaban con su diamante, mientras las dos nuevas también se alternaban restregando tibiamente sus vellos y labios anteriores en su bigote bajo la voz sensual de Ella Fitzgerald y su “Blues Skies”.
Las cinco chicas derretían sus apetencias en su cuerpo que anhelante se sumergía en aquel océano de ardores desconocidos. Era tanta la pasión, tanto los divinos goces que experimentaba que no deseaba un orgasmo, lo que quería era alargar ese momento tan memorable, y por eso trató de pensar en algo serio como sus hijas desaparecidas, por lo que miró al derredor buscando encontrar algún elemento desagradable y lo que encontró fue innumerables chicas hermosas de todas las razas masturbándose en todas las posiciones, se introducían dedos y consoladores de todos los colores y tamaños en unos gemidos tan sensuales que a veces bloqueaban al “Salt Peanuts” de Dizzie Gallespie que sonaba en aquellos momentos.
No pudo más, su cuerpo se tensó, sus nervios se englobaron como si fueran a reventar y en un gemido que estremeció la selva limítrofe se recogió en una posición que pareciera como si de su figura sólo hubiera quedado la piel. Exhausto, miró a su alrededor y allí estaban todas dispuestas a servirle, y otras que habían llegado por la noticia de la llegada de ese hombre nuevo.
Sorbió un trago raro pero exquisito y fumó una pipa que le fue ofrecida por la pelirroja; la rubia enredó sus rosados labios dentro de su boca deslizándole una fruta de un sabor tan suave como excitante, su pene volvió a encenderse, y delirante tomó la iniciativa e indistintamente penetró los agujeros de aquellas hembras que se saboreaban de placer abriendo sus intimidades ante este hombre poderoso, dueño de un palo enorme e inagotable así como de la capacidad y calidad incomparable de acariciar sus partes íntimas.
Parecía un desequilibrado repartiendo penetraciones en aquellas sensuales nalgas abiertas para él, y se creía un Dios al escuchar aquellas guapas mujeres gemir de satisfacción ante el hundimiento vehemente de su estaca y las sensaciones que le producían su lengua infatigable, y bajo la voz inconfundible de Etta James “At Last” produjo un grito que movió las aguas del arroyuelo mas cercano en un nuevo orgasmo prodigioso.
Aún no se había recuperado cuando una despampanante morena de senos enormes y pubis colmado de vellos sedosos le tomó de la mano, parándole suavemente con el propósito de darle un paseo por el río, a lo que él se resistió:
— No, prefiero quedarme aquí, por el Jazz, -le pidió.
— El jazz está en todas partes, mi querido, -afirmó la hermosísima mujer quien dijo llamarse Andrea, agarrándole de la mano, subiendo con él a una de las barcazas que llevaban orquestas. Si sus percepciones no le engañaban era el propio Herbie Hancock en persona quien dirigía la Banda, y bajo la cadencia de “Tell me a Bedtime Story” todos en aquel barco hacían el amor.
Andrea le tomó suavemente por sus sienes e introdujo su rostro entre sus dos grandes melones, luego le dirigió a chupar cada uno de sus redondos pezones marrones, estaba de nuevo enardecido ya que sintió su pene que alcanzaba su mayor tamaño, sin embargo se molestaba con una adolescente que en la gran excitación con su pareja chillaba de manera extravagante y molestosa. No tuvo mucho tiempo para fastidiarse ya que Andrea, siempre dirigiéndole con las manos en sus sienes, se sentó en un taburete abrió sus piernas lo más que pudo y dirigió su cabeza hacia el centro de su poder aterciopelado.
Disfrutaba acariciando aquella mujer tan atractiva, lamiendo sin dejar de mirar de reojo las demás parejas que no paraban de acariciarse y penetrarse por todos los agujeros. Los músicos de Hancock, comprobaba, no miraban a ningún lado, tocaban como si estuvieran en el paraíso, sin embargo le seguían molestando los aullidos de excitación de la chiquilla, por lo que se excusó con Andrea, quien le dispensó el permiso para conversar con la chica que lo irritaba.
— Señorita, ¿no podría usted por favor, aminorar sus chillidos, le solicitó, al tiempo de verificar que aquellos ojos verdes claro le parecían conocidos.
— ¿Papá? la chica buscó rápidamente una toalla y se tapó, -¿papa? ¿Eres tú? -dime que sí, dime que viniste a rescatarnos?
Se quedó embelesado, era Norma, la menor de sus hijas, pero habían pasado casi 20 años y ella no había envejecido.
— ¡Elisabeth! ¡Papi esta aquí, llegó a rescatarnos! -voceó Norma y una preciosa adolescente desnuda quien en ese momento acariciaba el pene de un negro musculoso, buscó igualmente una sábana para cubrirse y de unos cuantos pasos llegó hasta donde él, quien recordó ruborizado que también estaba desnudo.
Sintió vergüenza delante de sus hijas, e igualmente se cubrió. Había encontrado a Norma y Elisabeth, faltaba Mariam. –Ella está en la barca de Benny Goodman, Papi, -dijo Norma empujando una palanca de mango verde que bajó lentamente una de las lanchas que había visto a su llegada a aquel extraño lugar.
Remontaron río arriba hasta alcanzar un enorme barco tipo crucero de donde se oía perfectamente la dulce “Moonligh Serenade” de Goodman, subió la escalerilla y de nuevo sintió la vergüenza de ver a Mariam con un hombre debajo y otro que la penetraba por detrás, lo que no fue óbice para sacarla de allí llorosa de la alegría por el hecho de ver nuevamente a su padre y de vislumbrar por primera vez su libertad.
Dirigieron la lancha de nuevo río arriba en busca de Tomás a quien encontraron en una playa con unas seis muchachas que le bañaban y acariciaban: —Tomás, -dijo con vehemencia, —tenemos que salir de aquí, -notando que sus hijas escondían sus rostros de Tomás.
— Es imposible Santiago ¿Acaso no has oído Hotel California de Eagles? preguntó Tomás, hasta cierto punto sorprendido.
— Ya sabes que no me gusta el Rock.
— Pues oye, allí viene la barca de Eagles, es la única tonada que tocan aquí. ¡Escúchala! dijo Tomás resignadamente.
Algunas notas de aquella melodía pretérita endulzaron sus oídos:
— 'Relax,' said the night man,
We are programmed to receive.
You can checkout any time you like,
but you can never leave...!
No quiso escuchar, esa canción la había estado oyendo desde que era un mozalbete, remontó de nuevo el río buscando la ruta donde habían parqueado la Todo terreno pero sólo encontraron al chico del Trombón quien le señaló el bosque que tanto le temía.
Esa selva daba miedo, pero le era obligatorio entrar por la necesidad de localizar la camioneta que lo sacaría de allí junto a sus hijas. Ingresó e inmediatamente empezó a temblar de los escalofríos que le producían unos lamentos lúgubres, aullidos aterradores y gemidos orgásmicos como de miles de almas en penas, pero la encontró. Parecía como si hubiera chocado frontalmente con un camión. Estaba totalmente destrozada y aún se veían dos cuerpos en su interior. Sólo reconoció el de él.
Al salir de allí oyó la canción predilecta de su artista preferido: “Tenderly” de Chet Baker, pero esta vez el sonido de la trompeta le parecía al de la corneta del diablo. Ya sabía que estaba en el infierno, pero ¿y sus hijas? ¿Por qué estaban allí? ¿Y el otro hombre en la camioneta que no era Tomás? ¿Por qué sus hijas escondieron sus rostros cuando hablaba con Tomás?
Decidió entrar a la espantosa selva de nuevo, bajó por el terraplén hasta donde estaba la camioneta destruida y miró el rostro de cerca del joven que le acompañaba, también observó la chapa de la camioneta “Santo Domingo, 1985”. Y comprendió que en verdad había pagado la deuda con creces, comprendió también y se apenó de la vergüenza de sus hijas ante Tomas. Salió de allí muy turbado.
En esta ocasión sus hijas no le esperaron, caminó alerta hasta alcanzar a ver al chico del trombón desnudo, con su cuerpo tan adherido al de Norma que parecían uno sólo; más adelante sobre la arena blanca observó, ya sin sorprenderse, a Mariam quien acostada recibía la lengua de Elizabeth sobre sus pezones adolescentes, mientras sus dedos entraban y salían presurosos del oscuro interior de su hermana.
Sintió nauseas, y cabizbajo dio la espalda, pero de repente sintió la necesidad vital de continuar la tarea que había empezado con Andrea, y al escuchar que de nuevo se repetía “its a Wonderful World” supo de inmediato que odiaría el Jazz para toda la vida… o para toda la muerte.
©Joan Castillo
Pilar Edo inaugura el día 22 jueves, a las 8 de la tarde en el Centro Municipal de Cultura (C/Antonio Maura,4) de Castellón, y tendrá expuestos sus cuadros desde el 22 de enero al 7 de febrero de 2009.

Si las DiosAS quieren...
Madre nuestra que estas en los Cielos, Santifica este baño con el que el Arte limpia tu alma Divina
Hágase de mí voluntad la vuestra y compartamos el Pan fruto de nuestro pasado para nuestro presente y por nuestro futuro...
... Allí Diosas y Dioses se darán encuentro con las madres de la tierra y los cielos... Santificando el Arte femenino
Atraeremos los reinos a voluntad de nosotras, las mujeres,
y del mejor fruto celestial haremos un placer compartido con los Dioses y Diosas de carne y hueso.
Amén.
Os espero, si DiosA quiere...


La balanza se ha roto.
La maldad se apodera del fértil Valle de That,
Donde las flores duermen
(e incluso roncan)
tu cuerpo no teme al castigo
el tribunal tiembla al dictar sentencia
-¿Sabias, que está prohibido hacer el amor en verano?
-¡Si!
Los jorobados e impotentes lanzan piedras sobre ella.
Deforman tu cuerpo con espejos
Mientras se escuchan trompetas.
-El Gran Viejo, ha visto.
Las lenguas venenosas, se tornan rosadas.
Exclaman los ciegos:
-Lo hemos visto.
Los blancos y asquerosos se suicidan en masa.
-“El Gran Viejo ha sido visto, mientras hacia el amor,
con una tierna criatura de nueve años. El primer día de Verano.”
Alguien en silencio ha reparado la balanza.
La maldición, se ha roto.
Pero tu cuerpo sigue descuartizado,
rodeado, de flores, que duermen (... y roncan)
en el fértil Valle de That.
©Ricardo Acevedo Esplugas
Este será el segundo texto que aparece en el blog de mi buen amigo Luís Oliver Guasp. Hace años, dediqué gran parte de mi tiempo, ilusión y esfuerzo a la radio. Miembro fundadora de una emisora libre en Castellón, llevaba un programa semanal en el que leía cuentos y poemas de escritores noveles y grandes literatos. Hasta él llegaron las cartas de Luís, que como veréis en el texto que sigue, aportaban al programa algo más que los deseos de colaborar. Este texto, junto con el anteriormente publicado aquí “Hablar como el agua”, fueron regalos que me hizo. Maravillosas muestras de amistad que ya de paso alimentaron mi ego, pues estaban creados para mis palabras, para mi voz.
Gracias amigo Luís, estas pequeñas joyas, todas y cada una de las que enviaste, las guardo, además de en un lugar destacado de la estantería, en el corazón.
Os dejo con este pequeño cuento que rubricaba una de las cartas que me mandó.

Déjame recordar el futuro.
Tendré que pedir auxilio a algún trovador inspirado, como nuestro amigo Bernat de Ventadorn, para que cante, a medias con su laúd y al pie de tu ventana, la canción de la alondra.
Al romper el alba, entre sueños, te llegarán las notas melancólicas de una música lejana, que viene de una Edad Media remota; y entre las palabras occitana de una voz acariciante, tal vez entiendas algo de una alondra enferma que se deja caer al fondo del corazón herido.

A unos pasos del cantor, yo estaré atento a sus versos flotantes en la penumbra, para aprender en ellos el arte del buen trovar... ¿No te asomarás, aunque sea un instante, a recibir el obsequio de esa poesía?...
Sí, seguro que lo harás.
De ese modo, cuando él y yo nos retiremos, huyendo del sol que todo lo descubre, podré interrogarle sobre ti. En una taberna oscura, soñolientos por la noche en vela, brindaremos con grandes copas de rocío campestre, que una cuadrilla de gnomos ha recolectado en el bosque...
¿La has visto, amigo trovador?
¡Si la hubieras escuchado reír...!
¿Has visto cómo se reclinaba en la ventana, posando sus manos blancas en los hierros forjados?...

Amigo trovador, tienes que componer una canción que hable de sus encantamientos, desde la claridad de su frente y el légamo de sus labios, hasta la flor de sus pasos...
Todo esto le diré al bueno de Bernat, pero ya se habrá quedado dormido, echada la mano en el hombro de su antiguo laúd.
También yo quedaré dormido, y cuando despierte, su lugar en la mesa estará vacío, y nadie sabrá decirme adónde ha ido; lo que sí me contarán es que las bellísimas canciones del trovador, una por una, han sido compuestas con el corazón y el pensamiento anegados en ti; cualquiera del castillo lo sabe, y está dispuesto a referirlo prolijamente.
Estoy literalmente rendido: no sabes lo cansado que es recordar el futuro.
©Luis Oliver Guasp 1993

Antes de dejaros pasar a la lectura de tan excelente texto, deseaba expresar mi satisfacción al poder contar con él en mi blog, no será el último de mi amiga Chajaira, pero he querido que sea el primero por hablar y contener palabras de dos grandes amigas, a las que deseo lo mejor y a las que aprecio mucho.

“Transito la joven sinestesia
de una copulación nublada de aciertos,
como un alud temeroso de las brazas
me acomodo a tus rincones hambrientos
y niego las ruedas fortuitas, las ciudades prohibidas
el fuego lerdo de la oración cobarde”
Hallie Hdez. Alfaro -Holanda-, fragmento del poema “Desnuda”
UN CUENTO SURREALISTA: LAS HERMANAS Y UN DESTINO. (Sólo para mujeres)
En un espacio cualquiera de un mundo cualquiera vivían dos mujeres idénticas hermanadas en el salvaje inicio de la feminidad.
Una era tierra, la otra fuego; una sedentaria, la otra nómada; una apegada a la carne, la otra aferrada a lo divino; una alta, la otra baja, una corpulenta, la otra esbelta; ambas maduras, ambas madres, ambas blancas y morenas, ambas mirando a la marea, ambas fuertes y fieras.
La primera, la que nunca abandonó el sitio, tejía, remendaba, cocinaba, amasaba la tierra y plantaba semillas y, mientras lo hacía, cuidaba el hogar y la familia. Su casa estaba en un barrio obrero en una tierra de flores, de luz, de camisa arremangada y falda suelta; con macetas en la azotea. Coche y garaje y un pequeño buzón compartido en la puerta. En sus armarios no hay maletas, solo ropa con olor a detergente y alguna que otra muñeca.
La segunda cambió de casas, de familias, de tierras. Cocinaba en una casa con tejas en lugar donde las aguas sobran, no hay que regar las macetas, no hay garaje ni coche, pero sí bono de metro, trenes, buses... y bicicletas. Sus armarios llenos de velas, poemas, recuerdos, redes para hilvanar respuestas.
Cuando acaba el día, en el peso de la noche, buscan dentro del cuerpo cansado el corazón enorme que les late pidiendo amar, no porque no amen, no. Quieren como pudiera querer la primera madre, la primera mujer, la madre de todas las madres y, como tales, buscan más cariño que dar en un púlpito invisible. Aman a sus hijos, consortes, aman a su clan completo, aman más allá de su frontera inmediata. Aún así, no es suficiente, buscan almas que vaguen dóciles o siniestras, para alimentar y alimentarse en el sentido más específico de sus vidas.
Primera, para intentar comunicarse con los sentidos, un día cogió un bolígrafo y escribió, cogió un pincel y pintó, fue a una iglesia y dejó de creer en seres superiores para admirar la obra de los terrenales. Miró dentro de sí y luego vio salir poesía de sus manos.
Segunda ni siquiera buscó el lápiz, estaba allí, sobre su mesa y escribió... y escribió... y las palabras crearon poemas e insaciable dio a luz la búsqueda de su alma inquieta. Miraba a los cielos y ansiaba, miraba los horizontes y ardía, miraba los mares y se embarcaba brava.
Un día inesperado, el mundo (de ellas) se mostró plano, tan plano que la inmensidad de las distancias se acortó en una línea recta atravesando cada punto por donde los pies (de ellas) pasaron. Tropezaron sin verse investigando la nueva ruta vetada y al hacerlo, las palabras de ambas se esparramaron y se sintieron las unas con las otras.
Las imágenes que no vieron los ojos las pintaros sus manos, lloraron las ausencias, celebraron cada amor, acariciaron los hijos mimados en los senos de madres como madres. Supieron así su destino, una sin moverse, la otra transitando; su sino, ser mujeres, como lo fue la primera mujer, la madre de todas las mujeres.
Mientras Otra agrupaba los astros en esotéricos augurios y descifraba los planetas y los símbolos estelares y Una, intentaba averiguar el porqué una hoja pequeña y débil aguantaba el peso de un caracol, fue entonces cuando ellas, apenas sin darse cuenta, se encontraron con las bestias.
Como todas las bestias no gratas, venía disfrazada de falsa hermosura, de un mágico encantamiento que deja perplejo y paraliza las reacciones. Así cayeron en los abrazos peligrosos de las promesas falsas, en las pasiones de la carne envenenada, en el brillo superfluo de la inteligencia ajena.
Por un momento, un largo espacio en el tiempo, apartaron la intuición, dejaron la fiera y se mostraron mansas. Pero, cuando las fauces se abrieron para devorarlas, salió de ellas el inicio, sacaron el poder y sus más valiosos instrumentos, abrieron el abismo de sus almas y allí dejaron caer a las bestias, para que murieran y una vez cerrada la piel, volvieran, Una a tender poesías en la azotea, Otra a grabar poemas en los planetas.
©Chajaira 2008

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* Si algún hombre lo entendiera, mi teoría se confirmaría y el resto del mundo estaría equivocado.
~ pluscuamperfecto.
1. m. Gram. Tiempo que indica una acción o un estado de cosas acabados antes de otros también pasados. En indicativo, había amado, había temido, había vivido; en subjuntivo, hubiera o hubiese amado, hubiera o hubiese temido, hubiera o hubiese vivido.

Ya no quedaba otra elección. Nadia tenía que escapar antes que la detuviesen. Recogió los escasos enseres que le pertenecían, y que podía llevar consigo sin despertar sospechas: un mini computador personal al que previamente había anulado la sincronización con la Red principal, un juego de destornilladores del siglo pasado y que pertenecieron a su abuelo, unas pastillas alimenticias suficientes para un mes y un bote de oxígeno de emergencia por si se producía una disminución en el escudo protector que envolvía Megalópolis-100, la ciudad donde habitaba. Sabía que era una actitud suicida puesto que el Gobierno Global había decretado recientemente el máximo nivel de protección para las mujeres blancas que estuviesen en edad de procrear. El pretexto esta vez era la última guerra mundial bacteriológica, que también había exterminado la práctica totalidad de la razas negra y amerindia, así como había reducido a la mínima expresión a los asiáticos y caucásicos. El conflicto, también se había llevado por medio lo que quedaba de especies salvajes, y los únicos animales vivos eran los adscritos a las templo-granjas. Los seres humanos se reproducían mediante técnicas in vitro y los fetos crecían en úteros artificiales situados dentro de los templo-hospitales. Este sistema fue establecido por las autoridades a raíz de las últimas revueltas de género de finales del siglo XXI. Ya para entonces el sexo se practicaba mayoritariamente de manera virtual, y engendrar un ser humano fue finalmente considerado algo primitivo y propio de animales inferiores. Las nuevas generaciones aceptaron eso como algo bueno y válido. Finalmente, el nuevo orden-máquina promovido por los tele-templos se había impuesto. Nadie iba ya a votar a sus gobernantes. El Gran Ordenador Central periódicamente enviaba un cuestionario a una serie de individuos que consideraba representativos en todas las megalópolis, y en función de sus respuestas, nombraba los dirigentes y representantes de entre los distintos candidatos. Todos confiaban en el buen Gobierno Global, el del Gran Ordenador Central. Cada rincón de cada megalópolis estaba equipado con tele cámara de seguridad para prevenir la delincuencia. No había cárceles porque ya no se cometían delitos. Y cuando, de forma esporádica, se producía un crimen, la Ley Suprema contemplaba un único castigo, la expulsión de la ciudad. A pesar de todo, fuera de los grandes núcleos urbanos, aún existían algunos reductos que vivían de forma salvaje e incontrolada en los escasos bosques o las exiguas zonas pantanosas. Allí se cobijaban todo tipo de individuos. Cuentan que en un principio fueron disidentes del sistema, delincuentes, discapacitados, mutantes, e incluso animales que buscaban como en un oasis, escapar de los inmensos desiertos que separaban los dos largos centenares de megaciudades que quedaban en pie en el mundo y, claro del propio control que ejercían esas urbes. Si alguien intentaba huir de Megalópolis-100 o cualquier ciudad, podía pagarlo con su vida. Un complejo sistema de detectores y armas de variada índole servían más para impedir la salida que la entrada o un hipotético ataque exterior. Todas las megaciudades estaban dotadas con una protección a base de arcos magnéticos entrecruzados, capaces de convertir los distintos gases en oxígeno y reducir el dióxido de carbono. De tanto en tanto fallaba el suministro de electricidad y disminuía su protección. Entonces unas sirenas indicaban a los habitantes que debían ponerse su mascarilla y enchufar el bote de oxígeno. Pero Nadia había cometido ciertas irregularidades, una de ellas, la de practicar el sexo con el agravante de no haber usado protección alguna. En cualquier momento la podían venir a detener para conducirla a un templo-escuela.
Nadia sabía lo que le esperaba si intentaba escapar, pero estaba decidida. Aprovechó la confusión que se produjo al estropearse la climatización en un templo-farmacia para anular una telecámara. Así pudo hacerse con algunas medicinas con las que esperaba sobrevivir en el desierto hasta encontrar un refugio más libre que seguro. También se llevó ropa con chips-identidad del personal del templo-farmacia. Pensaba que le servirían en su huída. Tenía que actuar con rapidez. Inicialmente pensó que la mejor manera sería utilizar uno de los transportes automáticos de desperdicios, o quizá los del racionamiento del agua. Desechó enseguida lo del agua porque pensó que sería la manera más previsible de escapar. Aunque pareciese que actuaba de manera inconsciente o poco realista, en realidad estaba siguiendo los pasos que su abuelo le trazó muchos años atrás. Gracias a él, había aprendido cosas muy diferentes de las le mostraba a diario su templo-teleprofesora. Y el viejo, siempre soñó con un nuevo renacer fuera del orden-máquina establecido por los tele-templos.
Caminaba con el paso firme pero aparentando normalidad. De tanto en tanto miraba los paneles informativos para vigilar cuándo iba a ser denunciada por prófuga social. Seguramente en menos de una hora su fotografía y holografía tridimensional estarían en todas las pantallas. Llegó al primer control. El chip de templo-farmacia funcionó y no tuvo que pasar el test del iris y tampoco el del vaho. Aún le quedaban dos inspecciones más hasta alcanzar al vehículo de los desperdicios. Cuando llegó a la siguiente frontera, la foto de Nadia estaba en los noticiarios. Aún así, el chip realizó su tarea y le franqueó el paso. Tenía que ir más deprisa para ganar tiempo. Al llegar a la última aduana se le pidió una muestra de aliento. Fue identificada de inmediato. Los vigilantes intercambiaron conversaciones con sus superiores y éstos a su vez con uno de los mandos en el Gran Ordenador Central. Pero para su sorpresa no la detuvieron y le permitieron acercarse al transporte de residuos. Sólo unos cuantos funcionarios, fieles obedientes del Gran Ordenador Central, no daban crédito a como Nadia podía salir por su propio pie y sin que se activasen ninguno de los resortes de seguridad. Ella tenía la gran oportunidad que no había buscado pues realmente se tenía que estar un poco loco para abandonar la seguridad de la urbe. Subió al control de conducción del vehículo sin ningún problema. El conductor era un hibrido humano que se limitaría a hacer su trabajo sin hacer preguntas ni protestar. Transcurridas unas cuantas horas de viaje, empezó a sentirse cansada. Aquel conductor no necesitaba alimentación y lo único humano debería ser su aspecto. Durante el trayecto pudo ver aquello que las noticias no enseñaban. Así no todo era un desierto e incluso llovía y nevaba en distintas zonas de su territorio. Le llamó la atención que las precipitaciones fuesen de colores, unas amarillas, otras azules o rojas, e incluso, verdes turquesa. Llegaron al vertedero. A partir de ese momento se las debía arreglar sola con su ordenador personal que seguía desconectado del resto aunque sus funciones de posicionamiento eran útiles todavía.
Miró el calendario. Ahora sabía que cuando su abuelo no mentía cuando le enseñaba que había otra realidad. Y se sentía orgullosa por ello. Era verano y entonces debía ir hacia el sur para buscar un poco de humedad. Tenía los labios resecos por el largo viaje pero los productos químicos que traía consigo hicieron su función. Quedó sorprendida porque aunque la vegetación era pobre, el terreno no era tan árido como le habían dicho. Fueron pasando los días y el oasis más cercano parecía estar más lejos de lo que indicaba el sistema de posicionamiento. Por fin cuando ya no le quedaba ni alimento ni sustituto del agua, encontró unas extrañas construcciones de madera, plásticos y otros materiales. Lo más importante era que había gente, seres humanos. Unos iban vestidos con ropas estrafalarias que nunca antes había visto. Otros simplemente iban desnudos o semidesnudos. Aquí no había vigilantes, ni cámaras, ni máquinas. Quedó aún más sorprendida al ver un vehiculo que había visto en las enciclopedias, un carro de dos ruedas tirado por un caballo de verdad. Pronto supo que, aunque su computador pudiese funcionar con energía solar, allí no serviría de nada. Viviría por fin de otra manera. No comían pastillas sino alimentos que obtenían de la tierra. El aspecto de todos aquellos individuos era mucho más fuerte y sano que el suyo. Le recibieron afectuosamente en cuanto advirtieron su presencia. Siguió caminando. Atravesó el poblado. Dejó atrás las chabolas y pudo observar una masa forestal bastante grande junto a un lago cuya agua iba del verde al marrón. Decidió quedarse a vivir.
Se integró muy rápidamente. Se sentía a gusto en una comunidad que la había acogido con naturalidad y sin recelos. Aprendió a colaborar con los demás en las tareas diarias. Se olvidó de todo, hasta de su condición de mujer. Atrás quedó un largo periplo por el desierto expuesta a medicamentos que facilitaban la reutilización de líquidos y fluidos corporales en situaciones extremas. Las preguntas de sus compañeros sobre cómo había podido escapar le hicieron atar cabos. Entonces supo porqué las alarmas no se habían disparado, porqué se le permitió el paso cuando escapaba a pesar de estar señalada como prófuga. Una vulnerabilidad en el sistema había dado prioridad a la orden de proteger cualquier hembra embarazada por encima de la orden de eliminación de prófugos. Pasó del estupor al malestar pero aceptó la situación cuando reparó que allí no había ni templos-hospitales ni máquinas procreadoras.

Todo era natural, todo era como antes. Consideró la posibilidad de interrumpir la gestación de un ser en un mundo tan cruel pero al final decidió apostar por empezar de nuevo, no estaba sola. Buscó en su bolsa los destornilladores de su abuelo. Aquí tenían sentido y le iban a ser de utilidad. Tenía ganas de empezar algo nuevo.
© Manel Aljama, febrero de 2007/ julio 2008.
http://manelaljama.blogspot.com/
Por amor a ti, puedo esperar toda una vida y vivir otra a tu lado sin lamentar la mezquina tortura de un pasado tan doliente. Siempre estarías en un pedestal, a la altura exacta de tu sexo en mi boca.
JML

Versos encontrados en alguna esquina de mi cama
y desperté
ante la oscuridad
(restos de un amor
se disponen a sobrevivir)
ya no queda nada en el firmamento
sólo algunos besos temblorosos
en lo alto de tus pechos.
Ahí he subido cuando tú con certeza
me enseñaste la palabra jamás escrita
el dardo encantado
que a su intensa luz cultivó
mis pétalos de carne.
Nosotros los poetas tenemos
un bosque invisible
una vieja lágrima desgarrada del corazón
un sueño reluciente
(esplendor y lucidez en un bellísimo deseo)
pero este orgasmo llevándonos a un manantial
es fruto de una terrible dulzura
un alocado atardecer sobre piedras preciosas.
Pura poesía es tu cuerpo desnudo
como una dalia mordida en su frescura
he aquí el bosque de mis labios
mi lengua prosigue, penetra y deshoja tu clítoris
como una llovizna que adquiere la humedad
viscosa de un turbulento final.
Besos resbalándose por tus muslos
y de pronto
un hermoso amor regresa al punto de partida:
desnudos otra vez
sujetas mi vida sin la herida
y sorprendes al dolor
en su desesperada huida.

Epilogo:
El hombre no es un bien a disposición del dolor y eso lo quiero cambiar. No se trata ya de algún remordimiento varado perfectamente en la turbiedad del pasado. Es escribir y escribir es meditar la conciencia de la poesía, es el arte del alma y sus flores en la hierba, es el pensamiento como un sendero libre en un tiempo enloquecido de verdad.
©Javier Muñoz Livio
http://angelusaldesnudo.blogspot.com/

De tan joven se rebalsa en belleza. La Euclidiana Fontana como así la conocen, anda paseando sus caderas como si detrás de ellas se anclaran todas las miradas de todos los hombres de la tierra. Gira en torno a la plaza y de allí al muelle a esperar la llegada del gran barco que anuncian desde hace veinte años.
La primera noticia se tuvo cuando la niña tenía nueve años. Ya han pasado veinte, como si una nube de relojes redondos con agujas de sílex fuera regenerando el tiempo y comiéndose la vida de todos por igual. Sentada sobre durmientes de madera anciana, espera a que la chimenea diga aquí estoy llegando Euclidiana, vengo a buscarte. Pero la chimenea no aparece, sólo aparece el horizonte con su delgada línea de ojos misteriosos y con sus labios salados y apretados a los corales nonatos de las ilusiones irremediables.
Vuelve en el atardecer. Vuela sobre la tierra dando inestabilidad a las raíces y a los frutos a los que ruboriza sin compasión.
Los ancianos confirman que sólo suceden por la noche los hechos trascendentales y que esas mismas circunstancias son las que alimentan las pasiones y las leyendas de los pueblos que aún sostienen su peregrinación sobre un mundo imaginario. Que las matrices se vuelcan sobre las calles y construyen ornamentos de viento a los monumentos que soportan estoicos los peores temporales de la ignorancia.
Euclidiana repite el fenómeno de la espera durante años impregnados de tedio, de aburrimiento conseguido a fuerza de no cambiar nada en la nada de esas personas concluidas.
En tanto y en cuanto las voces sigan, la vida continuará. Mas todo sería culminación si la chimenea negra apareciera en el horizonte y se llevara a Euclidiana hacia donde Ella desea ir.
El consejo de los ancianos deportados de las redes y de las capturas, se reunió en la estación meteorológica abandonada a raíz de que ya no era necesario saber el modo en que se comportaría el clima. Ya no se zarpaba a capturar peces; los últimos habían sido muertos hacía más de una década. Los más intransigentes propusieron decir toda la verdad a Euclidiana antes de que la belleza se alejara de su cuerpo. Otros, más volátiles y soñadores propusieron guardar el secreto y dejar que la niña siguiera rebalsando ya que no había otra en el pueblo con esas condiciones naturales.
Finalmente llegaron a una decisión que sorprendió a los ancianos, aunque fuera propuesta por ellos mismos. Harían imprimir mapas, con detalles de todos los puntos importantes del pueblo, nombres de calles, números de propiedades, accidentes geográficos y características del clima y del terreno que circunda el mar. Se les repartiría a todos los habitantes, por lo tanto llegaría a manos de Euclidiana y ésta comprobaría que un barco de gran tamaño no podrá nunca llegar a ese puerto pues carece de calado suficiente. Así se hizo.
La mujer más bella nacida desde la fundación del pueblo tomó el mapa y leyó detenidamente. No comprendió el objetivo de aquel mapa y comenzó a recorrer calle por calle y número por número, muelle por muelle, madero por madero hasta que divisó a lo lejos la gran chimenea de un barco que apuntaba su proa hacia el puerto.
Se paralizó. Su corazón hablaba más que su boca. Esperó cuatro horas hasta que pudo divisarlo perfectamente. Un enorme trasatlántico blanco, con grandes banderolas al viento y mástiles erguidos como amantes en la primera cita. Corrió a su casa, tomó la valija preparada desde siempre y corrió nuevamente al puerto. Miró con una sonrisa amplia. El gran barco seguía avanzando. Lo hizo hasta que se detuvo y ancló a unos mil metros de la costa. Del gran y portentoso objeto marino partió una pequeña embarcación con dos marinos negros; amarraron justo debajo de Euclidiana y la invitaron a embarcase con ellos. Euclidiana descendió la pequeña escalera, se sentó en el medio del pequeño bote, y los dos remeros comenzaron a mover las palas que revolvían el agua del mar. La mujer más hermosa de todas las mujeres hermosas olió por primera vez el mar desde dentro del mar. Observaba a su pueblo que se alejaba y la soledad de aquellas casas, de su casa, la cual podía divisar y ver que había olvidado la puerta abierta.
Por fin embarcó. Un sonido de máquinas trabajando por mover aquel artefacto y la alegría profunda de Euclidiana por haber cumplido su sueño marítimo.
El trasatlántico giró sobre su quilla inmensa y se alejaron.
Un anciano muy anciano se acercó al muelle y con lágrimas vio que el mar se llevaba a la belleza. Pensó, con un dejo de tristeza y de justificación humana:”El funeral más triste acaba de suceder en el mar”
Victor Hugo Valledor. Argentina.

Bajo la luna nuestro cielo ofreció sus objetivos hermosos:
Tu cuerpo entre las flores
como una huella henchida de frenesí.
No tuvimos tanta vida en el lecho y,
sin embargo tuvimos tanta ternura
en la vida.
Colmaste de venablos el llanto de la brisa
y sus cansados acertijos ávidos de dolor
supieron clavar de olvido los disturbios del pasado.
Ahora, un nuevo porvenir nos espera.
Quiero sentir las flores en tus muslos
y agitar bajo el cielo
la sinfonía de mis besos en tu pubis
y llenar mis labios del carmín de tu vulva.
Eso, puede ser tan hermoso
como un libro floreado de versos
ajados por la lluvia.
Sí, debemos meditar aquel orgasmo dulcísimo
y copular después
enrojecidos
nuestro amor perfumado.
¿Te has dado cuenta que aún seguimos desnudos?
Amor y belleza van unidos
y este semen es un árbol frondoso
tan alto como un sauce de alguna ciudad
que no quisimos retener.
Te das cuenta ahora que nada es apacible
sin tus gemidos.
Sin tus lilas como almendras de una noche
en donde gorrioncillos
saltan en tu vientre
al amanecer.
Esa es la vida que hemos encontrado
y es la vida que no debemos
ocultar.
Tenemos flores,
palabras, misterios,
huesos que se abrazan en la tumba
para fornicar sin la vanidad
del alma.
Esa es la muerte esperada
el destino que nos alumbra
más allá de nuestras vidas.
Madrid, 2006
Pagina web:
http://javiermunoz-livio.com/index.html

Daniel Schallbetter nació el 24 de junio de 1952 en Diamante, provincia de Entre ríos, República Argentina. Es un destacado pintor Naif que pasó una buena temporada en España, llegando a vivir en Castellón donde le conocí hace más de quince años. Es un gran artista y un excelente amigo.
Pagina web:
Era como un rocío de asombro, cuando su voz aparecía en la penumbra de la habitación matizado con un fondo de música blandamente sincopada. Se preguntaba ¿cómo podido llegar hasta allí? Muchas veces le habían explicado aquello del dipolo radiante, las oscilaciones entretenidas columpiándose en las bobinas de cobre, el incomprensible camino del éter. Pero en vano. Le parecía mentira que la voz llegara con tanta calidez y dulce desenfado, unas veces con tintes casi tropicales de naranja o palmera; otras como bañada por un mar lejano del que eran recuerdo las conchas y estelamares que dormitaban en la estantería.

¿Quién era la dueña de voz tan sugerente? Como el manar de sus palabras había modelado un paraje extraño donde ubicarla. Se la imaginaba en una ventana abierta junto a una mesilla salpicada por diversos papeles, cuyo contenido de leyendas lanzaba al aire de la media tarde que le llevaba arriba y abajo, al país de las nubes y al ajedrez de las calles y manzanas de una ciudad bullente, para acabar depositándolo en un patio de luces, precisamente aquel donde asomaba su cuarto abigarrado.¿Y la música? También llegaba música.
Las notas viajeras debían proceder, sin duda, de un piano pequeño instalado a un paso de la mesilla y el pianista no podía ser otro que un inquieto mono bermejo al que probablemente ella le habría puesto de nombre Marcabrú. Y así, por tal cascada de amenos desvaríos andaba el pensamiento que habitaba el recinto vocalmente invadido. Carmen, al llegar a la ventana de comunicaciones se sumergía en un bosque de fábulas y luego dejaba que Marcabrú levantara el castillo de notas musicales sobre su piano. Arropada por la melodía, se colgaba del vuelo de una nube circulante en forma de gaviota que, a intervalos, cruzaba el espacio divisable. Cuando la nube se perdía de vista, ella se quedaba prendida en la transparencia del viento y solo bajaba una vez extinguida la última nota de la canción que fenecía. Así, le sorprendió un día algo inesperado. Un soplo de brisa, descargó de súbito, por la ventana, un tropel de hojas secas en amarillos y ocres, cubrieron la mesa, el piano y al desconcertado simio de oro viejo, hicieron del suelo de azulejos la senda de un parque en otoño y una esencia de humedad y enigmas se dejó sentir en el ambiente. Marcabrú no tardó en atreverse con las hojas intrusas y a puñados, las tomaba y esparcía por la estancia. ¿Pero cómo? ¿Van escritas? Cierto, todas llevan algunas palabras intrigantes. “¡Ya tengo una historia para la próxima semana!” Diciendo esto, Carmen recogió una cuantas de aquellas páginas peregrinas hasta que consideró que tenía suficiente. Caía la tarde con su esplendor acostumbrado y ya no tenía nada más que hacer en la ventana, de manera que se despidió del mono y salió a la calle con su cuadernillo de hojarasca. Se preguntaba sobre quién sería el autor de tan natural extravagancia. Como era de carácter jovial se inclinaba a dibujar en la imaginación las quimeras más afortunadas en torno al remitente fantasma. Lo representaba todo rodeado por cestas llenas de castaño de indias, puestas allí cuidadosamente para que fermentaran despacio con la sutil alquimia de varios mohos aromáticos. Se figuraba en unos estantes los frascos de la tinta verde cromo con las que escribía en los vegetales aquellas palabras errantes. Suponía en fin, una atmósfera de busca y horas poéticas sin límite. Pero acaso no imaginaba las telarañas del tiempo, las cadenas de hierro y niebla inmutables a pesar del óxido del verano. Y acaso no sabía de los lienzos oscurecidos que pendían de los muros, cobijo de un espacio donde llovía su voz intermitente, cambiando el juego de luz a más dulcificado. Al margen de muchos aconteceres cotidianos un pensamiento vacilaba como la llama de un cabo de vela: ¿se puede romper siquiera una brizna de verdad en un arroyo de palabras? Ciertamente, sí. Incluso una palabra sola tiene siempre algo de verdadero, un destello de realidad cercana. Entonces ¿cuál es tu preocupación? A veces las palabras, se nos van de las manos y sugieren, por su cuenta, reflejos dorados no previstos. Ese era el temor que rondaba al habitante del cuarto. Hacia nueve días desde que viera partir el tumulto de hojas secas, confiadas a una ráfaga tibia del norte. Recordaba la subida a la azotea llevando a cuestas el cestón rebosante de frondoso amarillo, el levantar la carga por encima de la cabeza y el surgir del espeso chorreón de hojas volando, sobre los tejados, hacia su destino. Recordaba también el tumulto de las golondrinas y vencejos, cuya alarma, al verse atropellados formaba una red de largos chirridos en la quietud atardecida. Y tales recuerdos le causaban alguna zozobra pues pensaba que aquello no tenía vuelta atrás. Más aún, el momento en que las consecuencias de todo ello se haría patentes estaba a punto de llegar. Siete campanadas cayeron pausadamente por la rendija de la ventana, luego la sintonía, como la evocación de un país remoto se apodera del tiempo unos instantes para bajar enseguida a segundo plano. La voz de lluvia, con su fragancia de tierra mojada comienza a verterse en un amable saludo que desemboca encima de una música diferente y después otra canción húmeda.

Ahora reaparece la voz y su acento de mujer cálido y apacible va trenzando una inverosímil y casi descabellada narración que dice de este modo: Hablar como el agua. “Era como un rocío de asombro, cuando su voz aparecía en la habitación matizado con un fondo de música blandamente sincopada. Se preguntaba como podía llegar hasta allí…”
Luis Oliver Guasp - Castellón 1992